Una presentación literaria

Un día Protolobillo se quedó sin trabajo. No se puede decir que fue de repente pues entre el caos de cuartillas, papel y tinta ya se avistaban las señales. A los dos días de estar desempleado le llegó, así como si nada, el ofrecimiento de un taller de imprenta, modesto pero relativamente completo, que incluía no sólo máquinas sino muebles, utensilios y hasta papel; y lo mejor: a un precio de locura, literalmente. Sin reflexión ninguna, por puritita intuición, y viéndolo como una señal —aunque es escéptico entre los escépticos— lo compró. El taller pronto transmutó en barco-imprenta-lobezno, buró loco de locos proyectos que ha navegado lento, apenas una brisilla infla las velas, aunque ha visto huracanes que lo empujaron rápido, fuerte y lejos, eso sí, sin hundirlo ni encallarlo. Quien lo guía todo lo atiende y todo lo hace, o al menos quiere. Y se equivoca y compone como mejor puede y trata de aprender.

Pero como el capitán de dicho navío tiene más de editor que de impresor, además de marino (o eso cree él), en algún momento antes de 2010 y ante la necesidad de fuerzas y rumbo para navegar, se impuso como derrotero un proyecto de edición que si fuera mínimamente cuerdo ni siquiera habría considerado.

Lo guiaba el refrán marinero, archiconocido, que dice que “nunca hay viento favorable para quien no sabe a dónde va”. Se trataba de la obra de Juan E. Hernández y Dávalos (en adelante, HyD), Colección de documentos para la historia de la guerra de Independencia de México, de 1808 a 1821, que en seis gruesos, complicados y densos tomos había sido publicada entre 1877 y 1882, a razón de un tomo por año. El compilador, HyD, viajó, buscó, localizó, copió, transcribió e incluso compró cuando fue posible (dejando sin comer a su familia pues no era, lo que se dice, un tipo acaudalado) todos los documentos que pudo relativos al tema, entre ellos partes de guerra, sermones, periódicos, correspondencia de uno y otro bando, gacetillas, informes, despachos, protocolos, representaciones, notas diplomáticas, expedientes judiciales, inventarios, relaciones, y un sinfín de tipos de documentos. Y lo hizo durante más de treinta años. Hay que estar loco para sostener semejante esfuerzo durante tanto tiempo y HyD, al parecer, lo estaba.

La edición implicaba digitalizar más de seis mil páginas (cerca de doce mil o trece mil cuartillas), limpiar el texto, adaptarlo a las convenciones ortográficas actuales sin que por ello perdiera el sabor de la época, hacerle las correcciones necesarias, investigar los pasajes oscuros, agregarle algunas notas al pie aclarando errores tipográficos, ortográficos y de imprenta o composición, y luego de ello imprimir (hacer la formación editorial, negativos, placas, offset, etcétera) y encuadernar a mano. Y todo sin ayuda (era mucha la soberbia del capitancillo). Muchas veces sintió que se había echado un alacrán en los calzones, que había convocado ángeles pero había desatado demonios; muchas veces pensó renunciar, tirar todo por la borda y luego se rehacía, enamorado como es, como está, de la mar de letras, papel y libros, negándose a soltar el timón para no perder el rumbo, aunque estuvo a punto a cada momento. A falta de SPG (GPS, pues) siguió y se guió por las estrellas, por las constelaciones, por la brisa marina; ayudado por el Sol, por las aves viajeras, por una luz en el horizonte que nunca existió aunque él, en el delirio, sí veía; por pura inspiración, en resumen.

La idea era tener todo listo para los festejos del bicentenario de la Independencia, aprovechar la marea, las corrientes marinas, el efecto Coriolis y sobrevivir gracias a un trabajo digno y valioso hasta donde fuese posible (hubo quien publicó, por citar sólo un ejemplo, un libro que describe en qué consistió la cena oficial porfirista del entonces centenario de la Independencia: qué platillos se sirvieron, quiénes asistieron, cómo iban vestidos[as]… ¡uff, para banalidades estamos!).

Y claro, como hubiera podido suponer cualquier persona con sentido común, el proyecto tardó más de lo esperado y, al final, el capitán tuvo que alistar una pequeña tripulación, tan loca como él, compuesta de algunos pocos sobrestantes y grumetes. El resultado del trabajo fueron seis tomos en dos volúmenes cada uno (doce libritos) que por fin han quedado listos, luego de siete años o un poco más y gracias a un apoyo financiero del Fonca/Conaculta y gracias una mecenas a quien le debe mucho. La obra salió a la luz bajo el pabellón de la nave: “Los libros dEl Lobo” (sic) como sello editorial, ISBN y todo.

Comerciantes, libreros, tinterillos, carniceros, estridentistas por convicción o por fatalidad, tenderos y tablajeros varios, mujeres especialistas en las técnicas de los procedimientos simples para la modulación de la complejidad del caos, aguadores, tamemes, nigromantes, léperos y leperillas, vecinas y circunvecinas, ánimas del purgatorio, habitantes todos y todas de la ilusión y de la realidad real… en fin, gente y entes de toda laya, sugieren ya dejar así como está ese trabajo, pero a estas alturas del viaje el capitán, ¡maldito y estúpido perfeccionista!, necea y porfía haciéndole más, insiste en que quede máaas bonito: tal vez con una camisa sensacional para cada librito, tal vez con una cajita-contenedor que le hace mucha falta a la obra, tal vez decorando los cortes de algún modo, cortes que de por sí van pintados y eso ya es algo pues no muchos libros los tienen así; tal vez haciendo todo lo anterior y más, si se puede. Pero ya pagó hasta el último escudo y doblón del que pudo echar mano y espera, inspiración o fortuna o ambas cosas.

El capitán no quisiera presumir pero, hasta donde está, la cosa ha quedado mejor de lo que hubiera podido esperarse… buuueeno… ¡séeee!, un poco sí quiere presumir y se lo pidan o no a todo mundo muestra una postal de su trabajo que lleva escondida en la faja, junto a la espada; esta vez no será la excepción y la pega orgulloso al final de estos párrafos.

Este esfuerzo ya se presentó en sociedad, debidamente, y ha recibido muy buenas críticas, pero el navío aún no atraca en librerías, lo que le permitiría fondearse en puertos mayores y muy interesantes, reales o imaginarios, viejos o nuevos, nacionales o internacionales, sensatos o delirantes, de este mundo o del otro.

Y en ésas anda el barquito de papel que, siendo apenas y a-penas botecito, se da ínfulas de galeón y carabela no por chata vanidad sino por aquello de entrar en personaje para mejor representarlo. Mientras esto escribe, el capitán sueña, otea la mar a barlovento, hace planes, alista el velamen y mira las estrellas en busca de un guiño, ¡una fugaz! que le dé la señal para ordenar que suelten amarras. Sin embargo, por ahora las estrellas sólo hacen lo que saben: titilan impasibles. Ya será.

cartel-02

Diciembre de 2016.
Antonio García Lobo,
quien se hace llamar Capitán Malatesta
cuando, delirante, empuña el timón
sientiéndose marinero.

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