Presentación

Se ha escrito poco, muy poco, acerca de la vida y obra de Juan E. Hernández y Dávalos. En los escasos artículos, reseñas y minibiografías que hay sobre el autor que nos ocupa hay mucho material fragmentario, disperso, poco fundamentado y hasta contradictorio: se le ubica como nacido ¡en Tlacotalpan! por una famosa enciclopedia mexicana, en otros lugares equivocan su fecha de nacimiento y/o muerte, se le adjudican textos que no escribió y se le niegan o ignoran otros que sí son de su autoría; se le piensa combatiendo contra los conservadores en la Guerra de Reforma, y por la república contra el Imperio y los franceses mientras trabajaba como vendedor; se cree que un difunto le sugirió que iniciara la búsqueda, compra o copia de documentos, o se habla de decenas de tomos que nunca integraron la obra que ahora publicamos. Pero a pesar de todo lo anterior, su trabajo historiográfico habla con gran elocuencia ya que, al mismo tiempo, se cita su obra, y principalmente esta Colección de documentos para la historia de la guerra de Independencia de México, de 1808 a 1821, en una relación directamente proporcional al desconocimiento que tenemos sobre su vida es decir, se le cita abundante y profusamente, hasta cientos de veces en algún libro, y en decenas y quizá centenas o millares de trabajos de muy variada índole y extensión. Cuando de la Independencia de México se trata, su obra ha sido y sigue siendo capital para las personas estudiosas de este periodo de nuestra historia, nacionales o extranjeras; obra magníficamente valorada y calificada incluso por sus contemporáneos y de la que, desgraciadamente, sólo llegaron a la imprenta seis volúmenes que ahora entregamos a las y los lectores en una nueva edición cuyas características describiremos oportunamente.

Está pendiente entonces la investigación que esclarezca los puntos oscuros sobre la vida de Juan E. Hernández y Dávalos y que llene los vacíos que hay respecto de su labor historiográfica y bibliohemerográfica, estadística y hasta paleográfica. Quien tenga interés, medios, curiosidad y rigor, mucho hará desempolvando viejos archivos civiles y eclesiásticos, públicos y privados, para trazar la huella de este historiógrafo tan olvidado pero al mismo tiempo tan citado. Y lo anterior no es ningún contrasentido.

Por lo pronto y debido a la falta de medios, tiempo y luces para llevar a cabo una labor como la antedicha, aquí sólo reseñaremos y comentaremos la poca información existente con el objetivo de esbozar, mínimamente, la silueta intelectual y moral de nuestro personaje y desde luego la obra que nos ocupa.

* * *

 

 

Un coleccionista elusivo.

 Juan E. Hernández y Dávalos (en adelante HyD) nació en Aguascalientes, Aguascalientes, el 6 de agosto de 1827, sus padres fueron José María Ruiz Esparza y Peredo y Bruna Dávalos de Rincón Gallardo, supuestamente miembros importantes de la sociedad hidrocálida de aquella época, aunque nosotros creemos que los datos sobre su familia no son muy sólidos.[1] Al parecer, no estamos seguros, HyD en un principio se llamaba José Justo Pastor Ruiz de Esparza y Dávalos, nombre que tuvo cambiar a fines de la década de los cincuenta del siglo xix obligado por “una serie de leyes promulgadas contra los ‘constitucionalistas’”.[2] Se ubica a HyD como nacido en el seno de una familia distinguida y se condensa lo poco que se sabe de su infancia, adolescencia y juventud diciendo que tuvo que estudiar la preparatoria en el Colegio y Seminario de Durango y que luego se fue a Zacatecas a estudiar jurisprudencia en el Instituto Literario de aquella ciudad, con su maestro Teodosio Lares; de ello, desgraciadamente no conocemos con certeza las circunstancias ni las fechas exactas.[3]

Es un hecho que HyD no terminó sus estudios de jurisprudencia pero respecto del motivo los datos no concuerdan. Nos dice Pacheco Chávez que

Al iniciarse la guerra de Reforma, Hernández y Dávalos se unió a la causa liberal, razón por la cual no pudo concluir su carrera. A partir de entonces se estableció en la ciudad de Guadalajara, donde trabajó de 1854 a 1863 como vendedor…[4]

 

Las cursivas son nuestras, nótese la contradicción entre los sucesos que cita y las fechas. También, Luis González Obregón escribió, en El Nacional, que:

…continuó después los cursos de derecho en Zacatecas bajo la dirección del señor don Teodosio Lares, y de seguro hubiera concluido su profesión, si otra clase de acontecimientos no se lo impidieran. Durante las guerras de Reforma y del Imperio, al lado de distinguidos liberales, prestó importantes servicios, luchando sin tregua por el triunfo de su causa, con las armas en la mano y en medio de mil peligros, que le trajeran como única recompensa un reumatismo crónico e incurable que en invierno lo tenía postrado en los últimos años de su vida.[5]

 

Sabemos que HyD y Teodosio Lares coincidieron en el Instituto Literario de Zacatecas como alumno y director, respectivamente; y que Lares estuvo en la dirección hasta 1847, pues el 7 de enero de 1848 se presentó como candidato a diputado por Zacatecas y el 1 de mayo del mismo año ocupó el cargo.[6] Luego, sabemos que la Guerra de Reforma ocurrió de diciembre de 1857 a enero de 1861. Si HyD hubiera abandonado sus estudios con motivo de su participación en la Guerra de Reforma, habría estado estudiando jurisprudencia a fines de 1857 o principios de 1858, a la edad de treinta años, aproximadamente. Se comprenderá que, de haber sido así, no habría sido Lares el director del Instituto Literario. Por otro lado, si convenimos que trabajó como vendedor en Guadalajara, de 1854 a 1863, parece difícil que haya participado en las guerras de Reforma y contra la Intervención francesa y al mismo tiempo hubiera estado trabajando en alguna cosa.

Sea cual fuere su participación, “con las armas en la mano”, los archivos tendrían que decírnoslo, si es que existen. Nosotros pensamos que, si participó en alguna guerra, ésa tendría que ser la que se libró contra la Intervención Norteamericana (1846-1848), que sí coincide en tiempo con ese posible periodo de su vida de estudiante. No sabemos de dónde o con base en qué documentos, hechos o dichos, hace esta afirmación González Obregón (contada también y/o repetida en otras fuentes), no sabemos si el mismo HyD la tenía en el paquete de historias personales que todas las personas cargamos y que vamos desgranando en unos u otros momentos, entre unas u otras personas, y que en el caso de HyD, en algún momento se generó la confusión.[7] HyD tenía 18 años y nueve meses en mayo de 1846, cuando el congreso estadunidense declaró la guerra a nuestro país y si participó en esta lucha no sabemos durante cuánto tiempo (¿durante todo el conflicto?), en qué batallas, en qué lugares o en qué formas y niveles. Así, con base en la información disponible, podemos aventurar la hipótesis de que, de haber participado en este conflicto no lo hizo de manera destacada, no se distinguió como para que su participación hubiera quedado registrada en algún documento, parte de guerra, reporte informativo o archivo civil o militar, y no obtuvo medalla o reconocimiento alguno, pues seguramente lo habría conservado (o incluso tan sólo el dato de tal cosa) y de seguro mostrado o comentado después; ya veremos más adelante que sí estaba al tanto de los textos que usaban su trabajo de compilador, que citaban sus documentos, y que llegó a mostrar una lista de trabajos y reconocimientos en la que nunca hubo mención de su participación ni en la Guerra de Reforma ni en ninguna otra.

En resumen, sabemos que nació en Aguascalientes, y que estudió en Durango y en Zacatecas. Y luego se avecindó en Guadalajara aunque no conocemos con exactitud cuánto tiempo vivió y trabajó ahí.

HyD nos dice en la sección “El autor”, del documento[8] Enumeración de firmas, ilustraciones y de las partes que forman el todo de los cuadros. Conmemoración de varios beligerantes en la insurrección de la Nueva España,[9] que de la obra Noticias varias de Nueva Galicia, intendencia de Guadalajara

…las piezas contenidas en este volumen la mayor parte las remitió [él mismo, HyD, pues escribe en tercera persona del singular] al señor Ignacio Aguirre haciendo la traducción paleográfica, de las del siglo XVI, de los originales que posee el señor don Joaquín García Icazbalceta. Los del siglo XVII, cuyas fechas están equivocas figurando como de cien años antes, los adquirió de otra fuente y los artículos del Diccionario histórico del Estado de Jalisco, son los que constan en el tercer tomo del Boletín de la Sociedad de Geografía.[10]

 

Pero además

…formó una interesante colección de diecisiete, volúmenes en folio, compuesta de documentos estadísticos, geográficos e históricos, en su mayor parte originales, la que intituló Estadística de Jalisco y la cual se conserva inédita en la Biblioteca Nacional.[11]

 

Si fuera correcto el razonamiento de que el mejor lugar para recabar documentos sobre Jalisco está en Jalisco mismo —en ese momento y en ese contexto—, entonces podemos pensar que conoció muy bien el estado y sus alrededores, lo que hace factible que haya trabajado y vivido ahí. Nos dicen Castañeda y Autrey que en sus primeros años HyD tuvo la suerte de ser empleado como vendedor en una prominente firma de negocios en Guadalajara y que, debido a ello, su trabajo lo llevó no sólo a Jalisco todo sino a los estados vecinos, lo que le dio oportunidad de disfrutar de su afición en una amplia zona que fue el teatro principal de la guerra de Independencia, siendo capaz de reunir raros documentos de interés en los lugares que visitó durante sus viajes.[12]

Entonces el interés, la pasión y hasta la compulsión de HyD por la colección de documentos históricos de todo tipo bien pudo comenzar estando él en Guadalajara.[13] Pero ¿cuándo y de dónde provino esta gana, esta necesidad o este amor por la historia y sus documentos que en principio fue afición y luego de plano consagración (o cómo decirle cuando se dedicó a ello durante cuarenta años aproximadamente, según el propio HyD)? Castañeda y Autrey nos dicen que fue alrededor de 1850, a sugerencia del veterano general insurgente José María Lobato, mismo que, incluso, fue su padrino de bautismo.[14] Pero resulta que dicho general murió, aproximadamente, en 1829.[15] ¿Cómo pudo sugerírselo? ¿Cuando HyD tenía año y medio de edad? Sin más información, no podemos considerar correcto el dato.

Y de Guadalajara las informaciones saltan hasta la capital del país. ¿Cómo y por qué cambió de residencia? ¿En qué año y bajo qué condiciones? No lo sabemos, pero es en la Ciudad de México en donde dejó más rastros de su paso por la vida, es en este lugar en donde su actividad de compilador y difusor de la historia se despliega.

Empleado primero en la Secretaría de Hacienda,[16] HyD nos hace saber en la Enumeración de firmas… que redactó los documentos anexos a la Memoria de Hacienda de 1874[17] (presentada el 16 de septiembre del mismo año) correspondientes a la sección sexta de la misma secretaría (la sexta era el Archivo), que contienen la historia de los edificios públicos de México, y la noticia de los funcionarios que tienen protocolos abiertos y encargados de los edificios de hipotecas en la república. Y también los informes del Departamento de Rezagos de Bienes Nacionalizados, que constan en la Memoria de la Secretaría de Hacienda de 1881, así como otros informes relativos a la nacionalización de bienes eclesiásticos. Entonces, podemos ubicar a HyD trabajando en la Secretaría de Hacienda en 1874 (no sabemos desde cuánto tiempo atrás) y aunque la segunda Memoria está fechada en 1881 sabemos que él ya no trabajaba en Hacienda en 1876, pues se empleaba en la Administración General de Correos[18] como veremos enseguida. Esto es lo que sabemos con certeza sobre su actividad en la Secretaría de Hacienda.[19]

Y de Hacienda pasa a la Dirección General de Correos. Fechado en 1876, el Directorio para las oficinas del servicio público de correos de la república mexicana[20] es uno de los textos que HyD reconoce como trabajo suyo en la Enumeración de firmas… Algunas de las personas que han escrito sobre HyD consideran que sobre este texto lo más destacado es la parte sexta, titulada “Ligeros apuntes para la historia del establecimiento de correos en México”[21] pues, ciertamente, HyD escribió una historia muy interesante sobre el correo desde la época prehispánica, sin olvidar los tiempos coloniales y la Independencia, hasta llegar al “estado actual”, es decir, el que a él le tocó vivir. Sin duda su interés por coleccionar documentos (que para cuando hizo la redacción seguramente ya sumaban una buena cantidad) y el conocimiento histórico adquirido con ello le sirvieron mucho para tal empresa, aunque la redacción no la hizo exclusivamente con base en su colección.[22] Por ejemplo, hay un apartado en el que trata acerca de “los trastornos que ocasionó el movimiento iniciado el 16 de septiembre de 1810: órdenes del señor Hidalgo; restablecimiento de oficinas y vías de comunicación”, etcétera. Nosotros creemos que, además, es igualmente interesante la quinta parte, que habla de la “Correspondencia de nombres antiguos y modernos” y que trata sobre los decretos con base en los cuales se hicieron cambios en los nombres de algunas poblaciones y la corrupción de éstos por el uso; hay una parte que vale la pena leer titulada “Inconvenientes de mudar los nombres geográficos de las poblaciones”, que echa mano de documentos escritos por algunos miembros de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, en la que participaba.[23]

Igualmente, enlista como trabajos suyos, en la Enumeración de firmas…, el Informe presentado al c. ministro de gobernación, por el administrador general de correos, en 1877 (véase la nota 18), y el Informe del estado del Correo en 1878, con la noticia de cambio de nombres y fundación de algunas poblaciones.

Tenemos elementos entonces para ubicarlo trabajando en 1876 en la Dirección General de Correos aunque no sabemos la fecha exacta en la que inició ahí como empleado. En el Informe presentado al c. ministro de gobernación…[24] podemos leer que:

El 15 de septiembre del año próximo-pasado, al concluir el informe que tuve la satisfacción de presentar a ud., manifesté, que las mejoras que debían introducirse en el servicio que me está encomendado, eran un periódico, órgano de la Administración general de Correos; la baja del previo franqueo; y la formación del Código de Correos.
De estas tres importantes mejoras, cardinales para el Correo, la primera está en ejecución, siendo conocidos de ud. los cincuenta y seis números que van publicados de “El Sistema Postal de la República Mexicana…”[25]

 

Entonces es en septiembre de 1876 cuando el administrador de la dependencia, P. de Garay y Garay, propone al ministro de Gobernación iniciar la publicación del órgano de la Administración General de Correos, y para septiembre de 1877 ya se habían impreso 56 números. Esta información es muy valiosa pues con este periódico (que HyD redactaba en colaboración con Alfredo Chavero, José María Vigil, Manuel Orozco y Berra y otros intelectuales de la época[26] tan interesados en la historia y en sus documentos como él mismo) se repartieron, por entregas,[27] los seis tomos de la Colección de documentos para la historia de la guerra de Independencia de México, de 1808 a 1821. No sería improbable que HyD mismo propusiera la idea del periódico, por inspiración propia o a sugerencia de alguno o varios de los intelectuales con los que se relacionaba. En todo caso lo que nos importa ahora es encontrar las pistas que relacionan su trabajo en Correos con la publicación de su Colección de documentos… Así, en el Informe presentado al c. ministro de gobernación… se lee que:

…y a la sombra de ese periódico [El Sistema Postal de la República Mexicana] han visto la luz pública documentos para la historia de la independencia de México, cuya importancia no es ni aun cuestionable, resultando además con esa publicación un servicio al país, que hace honor a México, y con el tiempo servirá para escribir nuestra verdadera historia, sin que los fondos públicos del ramo hayan sufrido menoscabo, en razón a que por el contrato celebrado, y aprobado por el C. Presidente Constitucional, se redujo a tomar los ejemplares necesarios para su circulación a todas las oficinas del ramo, a un precio módico, sin tener que pagar el cuerpo de redacción, ni otra subvención.
Ningunas apreciaciones haré acerca de esa publicación, pues ha sido calificada ya por la prensa nacional y extranjera, aun reproduciendo ésta algunos de los artículos de fondo de “El Sistema Postal:” la general aceptación y circulación que tiene, es el mejor comprobante del aprecio y utilidad con la que ha sido considerado y aceptado el órgano de la Administración general de Correos.[28]

 

Salta a la vista lo confuso y ambiguo de la redacción de la parte que habla de que la Colección de documentos… se imprimió “sin que los fondos públicos hayan sufrido menoscabo”. Podríamos plantear varias preguntas pero pensamos que bien pudo haberse escrito así a propósito para que la impresión y distribución de los suplementos no se viera en riesgo. Importa, además, registrar el dato de que el “cuerpo de redacción” no estaba cobrando. Por último y en relación todavía con el multicitado informe, en la página XXV del mismo se dice que el periódico llegaba a todas las oficinas dependientes de la Administración General de Correos

…por lo que no hay población, por pequeña que sea, en que exista oficina de Correos, en donde no se lea ‘El Sistema Postal;’ de donde resulta que es la publicación de más circulación en el país, y esto como dije al principio, á muy poco costo.[29]

 

Sí, en esto puede haber la exageración típica de los informes oficiales, además del hecho de que los ejemplares llegaran no quiere decir, necesariamente, que se leyeran, no completos, no en todas las ocasiones y no en todos los lugares; y sin embargo ¿cuántos impresos, de cualquier tipo, podían decir lo mismo, cuántos tenían semejante red de distribución?

Resumiendo: La Colección de documentos… se imprimió y distribuyó periódicamente, como suplemento de El Sistema Postal de la República Mexicana, a lo largo de seis años, en decenas de ciudades y poblaciones del país. ¿Por qué emprendió semejante tarea HyD? Para “dar más ensanche y ramificar la circulación de toda clase de impresos, despertando el amor a la lectura, para que así venga el adelanto del pueblo”.[30] ¿Y cómo pudo sostener esta tarea? De mismo modo que sostuvo su empeño de coleccionista durante cuatro décadas.

La obra Colección de documentos para la historia de la guerra de Independencia, de 1808 a 1821.

Ya se podrán imaginar, quienes hayan tenido la paciencia para llegar hasta esta parte de la presentación, lo que pudo haber significado coleccionar documentos durante tantos años, mérito que solamente podemos dimensionar considerando las circunstancias en que se hizo. No fue ésta la labor de una persona con dinero suficiente para practicar un pasatiempo en el que no se juega su estabilidad económica, no fue tampoco la de quien, con tiempo de sobra, se ocupa en algo para distraerse y no le roba horas al sueño; y no fue tampoco la labor de quien realiza una actividad buscando con en ello ganancias materiales o esperando reconocimientos sociales. Dice Luis González Obregón:

Es la historia de un hombre que sólo por el amor a su patria, consagra su existencia entera para enaltecer a sus libertades. Recoger los archivos que en nuestras guerras fratricidas regaban por los caminos los revolucionarios, emprender viajes a puntos lejanísimos por encontrar un legajo de papeles que algún anciano insurgente conservaba como recuerdo de sus pasadas glorias, copiar de su puño y letra originales guardados en archivos públicos y particulares, gastar para enriquecer su compilación; esta fue la tarea lenta, pero meritoria; ignorada pero digna de ser conocida, a la que consagró el señor Hernández y Dávalos muchos años de su vida y todo el fruto de sus trabajos.[31]

 

Genaro García apunta que el trabajo de HyD implicó

…una labor inmensa sostenida durante muy largos años con perseverancia que nunca desfalleció, y a costa de fuertes gastos, excesivos a veces para el modesto patrimonio del señor Hernández y Dávalos, y también de repulsas, desaires y verdaderos sufrimientos ocasionados por la indiferencia u hostilidad de los incapaces de comprender el inestimable valor de esa obra colosal, que es una de nuestras más importantes colecciones de documentos históricos porque, aunque comprende muchos impresos antes, andaban éstos desperdigados en hojas sueltas, folletos o libros, cuya mayor parte es, por su extremada rareza, de adquisición casi imposible.[32]

 

No vamos a abundar ahora en declaraciones como las anteriores pues luego de este texto de presentación incluimos varias reseñas, opiniones y comentarios sobre la Colección de documentos… y sobre HyD. Ahora lo que nos interesa es dilucidar un asunto sobre el cual hay muchas confusiones y que tiene que ver con la estructura y organización de la Colección de documentos…, con algunos aspectos de su contenido, con la cantidad de documentos que la conforman, con lo que pasó con el material que no alcanzó a publicarse y con otras varias cuestiones adyacentes.

El Diccionario Porrúa de historia, biografía y geografía de México, señala, citando a González Obregón, que HyD:

…pudo reunir, sin más elementos que la admiración a nuestros héroes y su constancia infatigable, 217 autógrafos, 4 267 originales, 3 604 minutas y 584 copias autorizadas de documentos de la época; 2 396 testimonios modernos, sin legalizar; 641 traslados simples, y 140 copias contemporáneas, y 4 531 impresos publicados entonces o posteriormente, que comprenden bandos, proclamas, edictos, excomuniones, etcétera, etcétera, y cuantos papeles salían de las prensas realistas o insurgentes que hacen una suma total de 16 380 documentos, y que constituyen una colección única en su género…”[33]

 

Aunque se pueden encontrar citadas otras cantidades en distintas fuentes, las cifras contenidas en el diccionario, con algunas variaciones debidas posiblemente a errores de transcripción, aparecen en la mayoría de los textos que consultamos, pero en ninguno de ellos se menciona el lugar exacto donde fue publicado el párrafo originalmente; nosotros no pudimos encontrarlo, no forma parte de la nota necrológica escrita y publicada por González Obregón al día siguiente de la muerte de HyD, en El Nacional del 27 de enero de 1943, y por tanto lo consignamos con reservas. Así, no sabemos si en la publicación original se especifica de dónde salieron estos datos y si corresponden únicamente a la Colección de documentos… o a todo lo que coleccionó de todos los temas y periodos. No deja de llamarnos la atención la exactitud con la que se enlistan las distintas clases de documentos y creemos que esta información, con este grado de precisión, de ser cierta, necesariamente tuvo que haber sido dicha a alguna persona o escrita en alguna parte por el propio HyD. De los tomos impresos no es posible deducirlo pues aunque con la lectura de muchos de los documentos se puede saber o incluso inferir de qué clase son (auto, declaración, notificación, nombramiento, representación, oficio, y un largo etcétera), no hay manera de saber, en todos los casos, cuáles eran originales y cuáles copias; o bien, cuál es la diferencia entre una copia “autorizada” de un documento de la época (de la Independencia, se entiende) y una copia “contemporánea” (realizada en el tiempo de HyD).

Y bueno, sobre los documentos contenidos en los seis tomos publicados lo mismo dice Genaro García que “ascienden a la cifra enorme de 2 563”,[34] o en otro lado que son “más de tres mil piezas”.[35] Y para qué seguir.

Contando sin prisa los documentos publicados en los seis tomos impresos, encontramos que son 2 582 en total, considerando los casos repetidos y los casos en los que la numeración tuvo saltos. Por tomo es como sigue: tomo I, 310 documentos en 936 páginas numeradas, incluidas 10 que contienen el índice; tomo II, 278 documentos en 940 páginas numeradas, incluidas 10 que contienen el índice; tomo III, 162 documentos en 935 páginas numeradas, incluidas 9 que contienen el índice; tomo IV, 269 documentos en 944 páginas numeradas, incluidas 12 que contienen el índice; tomo V, 245 documentos en 936 páginas numeradas, incluidas 12 que contienen el índice; y tomo VI, 1318 documentos en 1074 páginas numeradas con arábigos, más 49 numeradas con romanos que contienen el índice.[36]

Todavía más. ¿Cuántos tomos formaban toda su Colección de documentos…, incluyendo lo publicado y lo no publicado? González Obregón dice que 75 (El Nacional, 27 enero de 1943, op. cit); había proyectado 18, dicen Alfredo Ávila y Virginia Guedea;[37] 18 “aproximadamente”, escribe Pacheco Chávez;[38] “da material para otros diez” (además de los seis publicados), afirma Altamirano;[39] “El material reunido para la obra da materia para otros catorce” (además de los seis), señala Gustavo Baz;[40] cifra ésta con la que coincide El Tiempo en 1889[41] y que reconsidera en 1893: “ …y tenía ya arreglados y listos para la imprenta, otros ocho, diez o doce, no recordamos bien”;[42] etcétera.

Pacheco Chávez escribe, incluso, que “La totalidad de la obra, que Hernández y Dávalos reunió a lo largo de cuarenta años, tenía alrededor de 2 937 expedientes…” (cursivas nuestras),[43] afirmación que nos parece, de entrada, sorprendente. Ya vimos la dificultad de precisar el número total de tomos de la Colección de documentos…, y la confusión e imprecisiones acerca del número de documentos publicados en los seis tomos impresos, y enseguida veremos la dificultad de precisar el número de tomos y la cantidad de información de la parte que no se publicó. Por lo anterior y sin conocer el origen de los datos ni la veracidad de esta afirmación, ¿cómo podemos siquiera considerarla?

Pero ¿qué nos dijo HyD de su Colección de documentos…?

En la Enumeración de firmas…, en la última parte titulada “El Autor”, en la que menciona algunos de sus “trabajos dados a la estampa”, enlista:

Treinta y un volúmenes, de la Colección de documentos para la historia de la guerra de la Independencia de México, de 1808 a 1821, en papel fino, gran folio, impresos por una cara acumulados hoja a hoja los originales que se han dado a luz; ejemplar único.
Diez y ocho volúmenes de la misma obra, papel fino, folio mayor, impreso[s] por una cara; no existe otro ejemplar.
Seis volúmenes de la referida obra, edición corriente, folio menor.

 

La suma de 31, más 18, más seis, no nos da como resultado ninguna de las cantidades que mencionan las fuentes, citadas en esta presentación, unos párrafos más arriba, ni otras varias que ya no consignamos, por lo que entonces intentaremos iniciar con aquello acerca de lo cual que sí tenemos absoluta certeza: los seis volúmenes impresos entre 1877 y 1882 —uno por año—, y que son, seguramente, los seis que se mencionan en la cita, “edición corriente, folio menor”.[44]

Luego, tomos en tamaño gran folio, anapistográficos: 31; y podemos empezar preguntándonos, ¿de cuántas páginas cada volumen? No sabemos. Y los 18 volúmenes, en folio mayor, anapistográficos también, ¿de cuantas páginas cada uno? Tampoco sabemos. Y es que lo que queremos plantear es que con esta información podemos entender y saber muy poco pues, además, esos primeros 31 que HyD menciona “impresos por una cara” y “acumulados hoja a hoja los originales que se han dado a luz” (cursivas nuestras), ¿contienen los originales (los que él encontró, compró o copió) correspondientes y son origen del contenido de los seis que sí se publicaron? ¿O se trata de un material diferente? Y sobre los 18 nos dice que “no existe otro ejemplar”, lo que nos hace preguntarnos, ¿entonces contienen originales (del tipo que sea) que él encontró, compró o copió? Esos 18, si contuvieran originales, ¿están arreglados, tal vez, a la manera de un álbum fotográfico? Si así fuera, ¿qué tan aprovechado está el espacio? Y como sea que estén dispuestos, ¿es letra “suelta” o “apretada”? Y las preguntas no son ociosas pues José María Vigil, en un texto que apareció en el tomo vi de la Colección de documentos… y en la Enumeración de firmas…, y del que HyD no nos dijo nada, escribe que éste

…ha tenido la idea tan original como curiosa de hacer un tiro de un ejemplar impreso en una sola página, acompañando el original respectivo, llegando así a formar un número considerable de volúmenes.

 

Vigil es el único que escribió algo como esto y que, por cierto, no se puede deducir de lo que dice HyD de sus 31, 18 y seis volúmenes. Pero hay otras cuestiones.

En la época de HyD y hasta antes de la aparición del linotipo primero, y del diseño asistido por computadora después, componer una página con tipos de plomo era relativamente complicado, tardado y caro. Componer cientos y hasta miles de páginas[45] era una empresa enorme, propia de los grandes talleres y de los editores acaudalados; una vez impresa la página se deshacía el “arreglo” (la página compuesta) y se regresaban los tipos al chibalete para volver a usarlos en otro texto. Entonces, si era complicado, tardado y caro “componer” con tipos móviles, ¿por qué imprimir solamente una página, un ejemplar, si bien pudo imprimir digamos… dos, tres, diez…? Y ya se sabe que para imprimir se hacen pruebas que, revisadas, sirven para hacer ajustes y correcciones en la galera (la “plancha” de letras de plomo) y/o en la máquina de impresión, para que el tiro salga como se espera, y en esos ajustes se imprimen hojas o pliegos que luego se tiran o reciclan, ¿no guardó ni uno? Y nuestra suposición se refuerza cuando, a propósito de la parte no publicada, leemos, en El Tiempo, que:

No pudiendo él darlos a la luz, por falta absoluta de elementos, los ofreció en venta al gobierno, bien para que éste los imprimiese, en cuyo caso se ofreció a corregir las pruebas, bien para que los conservase en la Biblioteca Nacional… (cursivas nuestras).[46]

 

No queremos hacer más fastidiosa la exposición, lo que queremos decir es que creemos que la parte de los documentos que no se publicó nunca estuvo lista para la imprenta en el sentido de que estuvieran compuestas las páginas con tipos móviles, armadas las galeras; ni en el sentido de que, en algún momento, HyD hubiera hecho o mandado a hacer “un tiro de un ejemplar impreso en una sola página, acompañando el original respectivo” y que por lo mismo hubiera estado corregida esa parte de los documentos; no pudo haber sido así y de haber ocurrido sería absurdo.

Entonces, ¿cuántos tomos o volúmenes se quedaron sin imprimir? En la Enumeración de firmas…, HyD escribe:

…el último tomo contendrá el índice general cronológico de todas las piezas que salgan a luz en veinte volúmenes, a que creemos llegará nuestra obra, calculando ese número por el gran material que existe en nuestro poder… (cursivas nuestras).

 

Él mismo no estaba seguro y esto es comprensible dadas las condiciones de entonces. Hoy día, como casi todas las personas sabemos gracias a la autoimpresión casera usando una computadora, un texto, en un lugar, puede ocupar un espacio mayor o menor, impreso o escrito en otro lugar distinto, dependiendo del tamaño del tipo y del espaciado entre letras, palabras, líneas y párrafos; del tamaño de los márgenes, etcétera. Si lo que HyD tenía eran “originales” (lo que consiguió, compró o copió), ¿cuántas variantes pudieron haber tenido éstos relacionadas con la letra, espacios, etcétera? Y si bien no sabía con exactitud no deja de llamar la atención la ambigüedad de la redacción cuando hace referencia a los 31, 18 y seis volúmenes. Nosotros creemos que, considerando lo puntilloso que era HyD, siempre hay una posibilidad de que la redacción se haya hecho así a propósito.

Los últimos años de HyD.

Como haya sido, no hubo tomo séptimo. No sabemos con precisión en qué circunstancias salió HyD de Correos, si renunció o lo despidieron, el caso es que para 1882 o 1883[47] ya no trabajaba ahí, fechas en las que tendría 55 o 56 años de edad. Se ha escrito en distintos lugares que tuvo problemas con el gobierno ya que, de algún modo, los documentos que se fueron publicando contenían una crítica implícita al mismo y a su política; se ha dicho también que el gasto de la impresión comenzó a notarse y que el gobierno ya no quiso seguirlo pagando, pero nosotros no encontramos información al respecto. De lo que sí hay registro es de un asunto que también ha sido mencionado por distintos autores como un probable motivo de su renuncia o despido y de la suspensión de la publicación de los documentos, y que tiene que ver con lo que apareció publicado en uno de los tomos de la Colección de documentos…

En la Enumeración de firmas…,[48] HyD nos hace saber que “En Las obras de Huberto Howe Bancroft, tomo XII, ‘Historia de México’, volumen IV, 1804 a 1824”, en la página 624, Bancroft escribió, entre varias otras cosas, que “La impresión de los documentos contrarios a la virgen de Guadalupe le costó algunos centenares de suscriptores” (a HyD). Y es que en el tomo III, HyD publicó la “Causa formada al doctor fray Servando Teresa de Mier, por el sermón que predicó en la Colegiata de Guadalupe el 12 de diciembre de 1794”, la “Disertación de don Juan Bautista Muñoz sobre la aparición de nuestra señora de Guadalupe” y las “Cartas del doctor fray Servando Teresa de Mier al doctor Muñoz, sobre la aparición de nuestra señora de Guadalupe”. Pensamos que no basta “perder unos centenares de suscriptores” para poner en riesgo un proyecto como el de HyD, máxime si consideramos que luego del tomo referido, se publicaron tres más que, hasta donde se puede saber, no incomodaron como aquél. Si esto tuvo algo que ver o jugó un papel en los acontecimientos debió haber sido posteriormente y bajo la forma de algún tipo de presión de la jerarquía católica hacia el gobierno porfirista, y debió haberse sumado a otras cuestiones dado que luego de este problema HyD siguió publicando. Como no parece haber registro del impacto de esta pérdida de suscriptores y de la polémica y disgusto que causó la publicación de los documentos referidos, no podemos sino hacer conjeturas.

¿Y qué hizo después durante casi diez años, de qué vivió y cómo mantuvo a su familia, qué proyectos emprendió? No lo sabemos con precisión, no parece haber registro de algún otro empleo formal y permanente y solamente podemos rastrear pequeñas informaciones que nos permiten responder estas preguntas muy parcialmente.

En la Enumeración de firmas… pueden leerse escritos de José María Vigil, Alfredo Chavero, José Antonio Gay y Joaquín M. Alcalde, todos fechados en 1882, y específicamente el 10, 14 y 25 de julio y el 16 de agosto, respectivamente,[49] cuyo contenido nos hace suponer que tuvo que haber sido un poco antes de estos días cuando HyD renunció o lo despidieron de su trabajo en Correos y cuando se canceló la posibilidad de seguir publicando su Colección de documentos… No está especificado en dónde se dieron a conocer estas opiniones, si se publicaron o se hicieron llegar a algún funcionario pero, como se podrá ver, cada escrito argumenta, básicamente, a favor de HyD y a favor de la continuidad de la publicación de los documentos, cosa innecesaria hasta antes de esas fechas.

Escribe Vigil:

No necesito detenerme mucho para probar dos cosas: el interés especialísimo que tiene para la historia de México la impresión íntegra de todos los documentos a que me he venido refiriendo, y la adquisición por parte del gobierno del ejemplar único que he mencionado […] sería en verdad lamentable el permitir que saliesen para el extranjero documentos que a nadie pueden interesar tanto como a nosotros.

 

Chavero señala:

Cualquiera cantidad que dedique el gobierno para subvencionar la impresión, será pequeña […] debe adquirirlo la nación.

 

Afirma Gay:

Sensible sería que esos documentos llegasen a parar en manos de los extranjeros […] Sí, pues el señor Hernández Dávalos con sus recursos privados no puede continuar la publicación de su importante obra, debe fundadamente esperarse que para utilidad general y en bien de la nación, el Gobierno mismo tome en ella una parte activa.

 

Por su parte, Alcalde asevera:

… [HyD] merece toda clase de consideraciones, impulso y apoyo […] Desatenderse por nuestro gobierno al señor Hernández y Dávalos, es exponer a México a que, postrado por el desaliento y justamente retraído para hacer más gastos, y sacrificar estérilmente su tiempo, ceda a la tentación que ya se le ha presentado, de vender la importantísima colección de autógrafos, a un extranjero que bien los pague…

 

Y hay más escritos pero de fechas muy posteriores. Creemos que los de Vigil, Chavero, Gay y Alcalde pueden darnos idea de lo que pensaba una parte de los intelectuales de la época sobre el trabajo de HyD y sobre la cancelación de la publicación de sus documentos; la proximidad en las fechas nos hace suponer que, de manera coordinada o no trataban, cuando menos, de llamar la atención del gobierno y, quién sabe, tal vez persuadirlo. Pero no ocurrió tal cosa.

Así, es probable que viendo pocas posibilidades de seguir en ese momento con la publicación de la Colección de documentos… buscara alternativas. Nuevamente recurrimos a la Enumeración de firmas…, en donde HyD escribió, en la “Advertencia”, que:

El 9 de junio de 1884, propuse al señor presidente de la Comisión Mexicana, para la Exposición de Nueva Orleans, la formación de un cuadro, con escudos, sellos y firmas de los principales jefes que figuraron en la guerra de independencia.[50]

 

Tal vez unos doce meses después de haber dejado su trabajo en Correos (no hay manera de precisarlo) emprende este proyecto procurando, probablemente, encontrar en ello sustento y ocupación pues para entonces está desempleado; nos dice un poco más adelante: “En los primeros días de diciembre, principié con tenacidad los trabajos, siendo mi única ocupación sacar los facsímiles” (cursivas nuestras). La “Advertencia” está fechada el 20 de agosto de 1890 y para entonces, dice, “he seguido cultivando el proyecto”. Este esfuerzo llamó la atención, le hicieron un poco de caso, probablemente con alguna ayuda de sus amigos de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, pero al final no fructificó. En la Enumeración de firmas…, y luego de la “Advertencia”, hay un texto signado por Francisco del Paso y Troncoso, José María Vigil y Alfredo Chavero, fechado el 6 de agosto de 1890, día del cumpleaños de HyD, con las opiniones de aquéllos acerca de dicha propuesta. Podemos suponer que tocó muchas puertas, que puso en juego sus relaciones y que intentó con persistencia sacar adelante el proyecto; y sin embargo los cuadros, las firmas y las ilustraciones nunca se exhibieron ni se imprimieron.[51]

Al parecer nuestro autor fue vendedor, empleado de la Secretaría de Hacienda en la sección de Archivo y trabajó en Correos hasta mediados de 1882; de eso tenemos elementos o información. Tuvo mucho interés en la historia y en sus documentos de tal suerte que, siendo empleado de esto o de aquello, viviendo en un lugar o en otro, se mantuvo leyendo, escribiendo, investigando en los archivos, coleccionando documentos, en contacto con autores e intelectuales y publicando sus trabajos en distintos medios y formas aprovechando las oportunidades que se le fueron presentando, cuando menos en las dos últimas décadas de su vida. Y cuando ya no tuvo empleo lo más natural fue intentar sobrevivir con los conocimientos adquiridos, en el medio en el que se desenvolvió y que conocía, y con las herramientas que se había podido forjar.

Podemos leer en El Partido Liberal,[52] del 9 de octubre de 1889:

Una circunstancia imprevista nos hizo visitar al señor J. E. Hernández y Dávalos, que durante más de treinta años se ha entregado con incansable afán a la investigación de manuscritos relativos a la independencia de México.
Nadie creerá que ese humilde ciudadano a veces haciendo en la casa oficios de encuadernador, otras de copista y muchas de almanaquero, sea un buen historiador y tan entendido que se le consultan pasajes oscuros, los cuales aclara basado en nuevos hechos y testimonios poco conocidos; […] pero su situación pecuniaria cada día es más aflictiva…

 

El Tiempo, del 11 de octubre de 1889, dice que “según sabemos ha agotado sus pequeños recursos y no tiene en la actualidad ni empleo, ni ocupación, ni nada que le produzca lo necesario para vivir”.

Muy probablemente no volvió a tener empleo estable y fijo desde 1882 y hasta su muerte. Siete años después de emplearse en Correos hacía de encuadernador, copista y almanaquero, en su domicilio, trabajos éstos relacionados con lo que le daba sentido a su vida y que al mismo tiempo le permitían sobrevivir, posiblemente también lo mantenían en contacto con autores, impresores, intelectuales, libreros, bibliófilos y otros relacionados. Pero su situación económica era cada vez peor. Y hace otro intento.

En 1889 publica un Calendario para 1890 y los años siguientes hasta el 2200, con el santoral del de Galván. Obra útil para las indagaciones cronológicas, históricas y civiles, destinada a sustituir los calendarios que se renuevan cada año. La cabra tira al monte, dice un dicho popular, y es que si bien este pequeño volumen[53] puede no ser considerado una obra histórica,[54] nos dice mucho del interés de HyD en la medición correcta y ubicación precisa de acontecimientos y fechas. Los calendarios, escribe HyD en la presentación, “son libros indispensables para diversos cálculos y para la reminiscencia de fechas históricas…”, y termina ésta diciendo que “…para más adelante [del año 2200] continuarán la tabla los que tengan la dicha de vivir en el siglo XXIII”. Este trabajo incluye fiestas cívicas y religiosas pero

Respecto de las predicciones políticas y morales y de las variaciones atmosféricas, que las más de las veces no faltan en los calendarios hacemos punto omiso, pues tratar de ellas sería hacer una injuria a la ilustración de nuestros lectores, a quienes suponemos algo familiarizados con la ciencia y muy distantes de las extravagancias de la astrología judiciaria.[55]

 

Hay un dejo de crítica y de desilusión en lo anterior, percibimos nosotros, y ya un pensamiento de muerte. Este Calendario para 1890… no puede sino verse como un modo de ganarse la vida publicando, aprovechando sus conocimientos históricos y buscando una arista de ellos que pudiera ser del interés de un público que, curioso, pagara por un libro con tal información. No sabemos qué acogida tuvo este libro, ni en qué medida resolvió los apuros económicos de HyD.

En agosto de 1890 seguía “cultivando el proyecto” de los cuadros, firmas e ilustraciones y es también en este año cuando publica la Enumeración de firmas…,[56] de la que solamente imprime 28 ejemplares[57] y que, como dice Ernesto Lemoine Villicaña, era una

…especie de prospecto, editado por su autor para interesar al gobierno y al público en una serie de cuadros que había formado “con escudos, sellos y firmas de los principales jefes que figuraron en la guerra de Independencia”. El trabajo, físico e intelectual, que significó a Hernández y Dávalos la reunión de dichos materiales, del que apenas da ligera idea el registro que inserta en este folleto, en el que figuran, con sus empleos y categorías, “tres mil trescientas cuatro personalidades, entre realistas, insurgentes e independientes”, no lo vamos a analizar, porque no tenemos los elementos de juicio (los cuadros mismos) para intentarlo.[58]

 

Pero no solamente. HyD seguía pensando en la publicación de su Colección de documentos…, lo que se puede deducir de lo que escribe en la “Advertencia”; por eso Lemoine afirma:

Sirve el prospecto, por lo tanto, aparte de anunciar sus cuadros de escudos, sellos y firmas, como arriba se apuntó, para hacer publicidad a su benemérita Colección de documentos para la historia de la guerra de Independencia de México, de 1808 a 1821, publicada en seis densos, caóticos pero archivaliosísimos volúmenes, entre 1877 y 1882 (a volumen por año)…[59]

 

Y después de 1890 ya no encontramos más datos. Juan E. Hernández y Dávalos[60] falleció en la Ciudad de México el 27 de enero de 1893, casi de 66 años y en absoluta pobreza, en la casa número 1 de la Plazuela Técpan de San Juan, frente a la fuente del Salto del Agua.[61] Al día siguiente, 28, Luis González Obregón publicó una nota necrológica que ya comentamos, y el 31, El Tiempo publicó la noticia de su deceso. No sabemos si hubo más recordaciones, algún pequeño homenaje… algo. En el Distrito Federal hay una calle con su nombre y un jardín de niños también lo lleva; en Aguascalientes hay una privada pequeñita y muy estrecha que lo recuerda, ubicada en el Barrio de la Salud; en marzo de 1987 se canceló un timbre postal con su retrato, perteneciente a la emisión Arte y Ciencia de México (12ª serie) y el Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana convocó, en 2006, al Premio a la Investigación Histórica sobre la Independencia, Juan Hernández y Dávalos. En la sede de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística no está su retrato,[62] pero sí están los de muchos de sus contemporáneos (Altamirano, Vigil, Chavero, etcétera), y en su página web no está el nombre de HyD en la lista de socios distinguidos, lista en la que sí figuran sus contemporáneos.

Cincuenta años después de su muerte, El Nacional nos informa que la entonces Dirección de Acción Social del Distrito Federal colocaría una lápida conmemorativa “en la casa que forma la esquina de San Juan de Letrán e Izazaga (antiguamente Técpan de San Juan y San Miguel)”[63] en ceremonia especial. Intentamos localizar el lugar y ya no existe esa ciudad en la que le tocó vivir y morir a HyD, no existe ya la Plazuela de Técpan, tampoco la casa y menos la placa, si es que alguna vez estuvo. No encontramos datos sobre el lugar donde fue sepultado.

En un mapa topográfico de la Ciudad de México, de 1881[64] (de apenas trece años antes de la muerte de HyD) se puede observar que la Plazuela Técpan de San Juan estaba en lo que entonces eran las orillas de la ciudad y nos preguntamos si esa orilla sería como las de las ciudades modernas, que avientan a sus periferias a la mano de obra mal pagada, a los marginados de siempre.[65]

Destino del archivo de HyD, su azarosa ruta y su actual ubicación.

¿Y dónde quedó todo su material, sus archivos, sus originales? ¿Qué ocurrió con ello luego de su fallecimiento?

Citamos más arriba escritos de Vigil, Chavero, Gay y Alcalde, todos fechados en 1882, los cuales, desde ese año, pedían que se continuara con la publicación de la Colección de documentos…, o bien que los comprara el gobierno; y alertaban contra la posibilidad de que dicho tesoro fuera a parar a manos privadas y/o extranjeras. Y luego ellos, en la Enumeración de firmas…, aparecen escritos de otras plumas (uno en febrero y otro en marzo de 1884, uno en enero de 1887 y dos más en octubre de 1889), que ponen el acento no ya en la continuación de la publicación sino en que el gobierno compre la colección e insisten en señalar la pérdida que significaría para el país su venta al extranjero. Se muere HyD y no la publica ni la compra el gobierno. El Tiempo, del 31 de enero de 1893, nos dice que si bien HyD ofreció su colección al gobierno

…parece que no se ajustaron en el precio, y como suponemos que este tesoro histórico debe parar hoy en manos de la familia, muy formalmente excitamos al gobierno, y en especial al señor Baranda, para que adquiera los tomos de los documentos a que nos estamos refiriendo, seguro de que la nación hará una adquisición verdaderamente inestimable y preciosa…

 

En esta nota nos enteramos de que

El señor Hernández y Dávalos también poseía unos cuadros de autógrafos curiosísimos,[66] de personajes de la época de la Independencia, lo mismo que algunos otros objetos históricos, como sellos, medallas, libros, etcétera.

 

Luis González Obregón escribe que también tenía “una reliquia de un valor inmenso para nuestros recuerdos; la caja en que vinieron las cenizas de don Vicente Guerrero, cuando fueron traídas de Oaxaca”.[67]

Además de los anteriores retazos de información no sabemos más. ¿Cómo y en qué términos sería la negociación? ¿Cuánto le ofrecerían que “no se ajustaron al precio? No encontramos datos pero tal vez otro caso nos pueda dar una idea de cómo pudo haber sido. Escribe Alfredo Chavero:

Tuve la suerte, después de haber reunido una notable colección de obras relativas a la historia de México, de adquirir la riquísima biblioteca del Sr. D. José F. Ramírez, quedando así la mía como la más importante que ha habido, especialmente en ediciones raras y manuscritos. Vicisitudes de fortuna me obligaron a desprenderme de tan precioso tesoro. Mi primera idea fue naturalmente, que la adquiriese el Gobierno mexicano, y con tal motivo me dirigí al Sr. D. José Díaz Covarrubias, encargado entonces del Ministerio de Justicia e Instrucción pública; pero me contestó, después de haber tratado el negocio con el Presidente, que el Gobierno no podía hacer la compra. Como en aquella sazón el Ejecutivo de Puebla había recibido un legado del Sr. Lafragua para establecer una biblioteca en esa ciudad, me dirigí a él, para que, ya que no quedase colección tan importante en poder del Gobierno general, a lo menos fuese propiedad de un establecimiento público; pero mis esfuerzos fueron infructuosos. Se me presentaron algunos compradores entre los particulares: el que me ofreció mayor cantidad de dinero por mis libros, fue un Príncipe sobrino del Emperador de Austria, que había venido a visitar el cerro de las Campanas en que fue fusilado su tío Maximiliano; la oferta me fue hecha por conducto del corredor D. Manuel Zapiain, y aun cuando era muy superior a las otras que se me hicieron, la deseché para que México no perdiese colección tan interesante. Vendí los libros al Sr. D. Manuel Castillo, persona rica de esta capital, y creí que de esa manera quedaban asegurados para México. Más tarde fueron vendidos en Londres, y los hemos perdido para siempre.[68]

 

Pero HyD no vendió su colección, e incluso El Tiempo menciona que “Adquirió muchísimos [documentos], posteriormente a la publicación de los seis tomos…” Pero una vez que murió podemos imaginar a la familia discutiendo la manera de aliviar sus penurias, con la distancia emocional suficiente respecto de los documentos y con el apremio de su sustento.

Según nos cuenta El Universal Gráfico,[69] Fernando González Mantecón[70]

…compró, dos años después de la muerte del señor Hernández y Dávalos, en la cantidad de seis mil pesos, el valiosísimo archivo del citado bibliógrafo y el año pasado vendió a la Secretaría de Hacienda la parte publicada de esa inmensa colección de documentos de gran relieve histórico, quedando en poder del señor González todo lo inédito, que es lo más copioso y de mayor significación y valor.

 

Entonces, en 1895 González Mantecón se hizo de los documentos y luego, en 1934 —según la nota citada— vendió los originales de la parte publicada a la Secretaría de Hacienda quedándose con el resto. Castañeda y Autrey relatan que la Universidad de Texas, en Austin, los adquirió en 1943.[71] Se vio cumplida así la tragedia sobre la que estuvieron alertando algunos contemporáneos de HyD: una parte muy importante de la colección “salió” del país, y como dijo Alfredo Chavero, muy probablemente la “hemos perdido para siempre”.[72]

¿Cómo llegaron los documentos a la universidad texana? Pacheco Chávez nos dice en una nota al pie, que González Mantecón los vendió a Carlos Sánchez Navarro y que éste su vez los vendió luego a dicha universidad por 17 500 dólares;[73] nosotros no pudimos encontrar información al respecto. ¿Qué contenía esa parte? ¿Cuánta información o cuántos documentos son? ¿De qué tratan? En 1954 Carlos Eduardo Castañeda y Jack Autrey Dabbs nos dieron por primera vez[74] información al respecto en un libro que prepararon de 1948 a 1954. Nosotros no contamos los registros (para el detalle de este material, véase la obra de Castañeda y Autrey) pero sí lo hizo Moisés González Navarro. Nos dice:

Los documentos están ordenados cronológicamente; 111 son de 1692 a 1809; la mayoría —1,125— corresponde a los once años de la guerra de independencia; un número de bastante consideración —708— abarca el Primer Imperio. El resto, casi un millar de fichas, va de 1824 a 1865.[75]

 

Son entonces casi tres mil documentos pero no sabemos de qué extensión cada uno, como para poder comparar esta parte con la que sí se publicó y de este modo tener idea de lo que significa cada una, en términos porcentuales, considerando ambas como un todo. Están agrupados en la “Colección de manuscritos Juan E. Hernández y Dávalos”, subdivididos en ocho partes: I, de 1692 a 1814; II, de enero a octubre de 1815; III, de noviembre a diciembre de 1815; IV, de 1816 a 1820; V, de 1821 a 1822; VI, 1823; VII, 1824, y VIII de 1825 a 1865. Una lista de los documentos (título, autor, fecha y tamaño, en su caso) puede consultarse en línea en la página electrónica de la universidad.[76]

Pero regresemos a Carlos Sánchez Navarro. Ya dijimos que no encontramos información específicamente relacionada con la venta de los documentos a la Universidad de Texas en Austin, pero en la página electrónica de la “Colección Sánchez Navarro”,[77] de ésta universidad, se puede leer que dicha colección fue adquirida por la universidad “en 1943 a los herederos de Carlos Sánchez Navarro y Berain”,[78] año en el que la universidad también compró la colección que reunió HyD, agregamos nosotros. Dado que el clan Sánchez Navarro tiene un poco más de cuatro siglos en la historia del país, no sabemos si el Carlos que posiblemente le compró a González Mantecón es Carlos Sánchez Navarro y Peón (1909-1953), autor de La guerra de Texas, Memorias de un soldado, Memorias de un viejo palacio y Miramón: el caudillo conservador; quien también fue hermano[79] de Juan Sánchez Navarro y Peón, considerado mientras vivió como el ideólogo más importante de la clase empresarial del país y quien entre otras muchas cosas fue vicepresidente del Grupo Modelo durante largos años. Carlos Sánchez Navarro y Peón fue bisnieto[80] de Carlos Sánchez Navarro y Berain.

Los documentos originales correspondientes a la parte publicada —a los seis tomos— los conserva ahora el Archivo General de la Nación, según se puede leer en su página web.[81]

* * *

Y con más dudas que certezas llegamos al final de este texto, con la intención de corregirlo y completarlo apenas tengamos más información, mejorando de paso la redacción pues, dadas las contradicciones reseñadas, los faltantes, las lagunas y los vacíos, la exposición se complicó, la argumentación se volvió enredosa y la narración no fluyó sino a trompicones, interrumpida una vez sí y la otra también con peros, sin embargos, aunques, dudas y digresiones a pie de página. Esperamos otra oportunidad.

Antonio García Lobo,
mayo de 2013.

Notas.

[1]    Léase a María Antonieta Ilhui Pacheco Chávez, en “Juan Evaristo Hernández y Dávalos”, en: Antonia Pi-Suñer Llorens (coord.), Historiografía mexicana. En busca de un discurso integrador de la nación, 1848-1884, vol. IV, Instituto de Investigaciones Históricas/UNAM, México, 2011, pp. 407-423; la referencia sobre el asunto motivo de esta cita está en la p. 407.
La autora menciona, al respecto, dos fuentes: Aguascalientes en la historia, 1876-1920, de Enrique Rodríguez Varela, obra publicada por el gobierno del estado de Aguascalientes y el Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, México, 1987; y Aguascalientes: 46 personajes en su historia, de Guadalupe Appendini, México, gobierno del estado de Aguascalientes, 1992, pp. 161-164.
Pacheco Chávez dice, en una nota al pie, que “…la madre de Hernández y Dávalos provenía de una de las familias hacendadas más ricas de la región.”, a diferencia de su padre. Nos sugiere ver la “relación de nombres y cargos en documentos presentados por Enrique Rodríguez Varela, Aguascalientes en la historia”, pero desgraciadamente no nos indica cuál o cuáles documentos, en qué páginas y en cuál o cuáles de los cuatro tomos en siete volúmenes de que se compone la obra está o se puede deducir tal información. Luego de revisar los siete volúmenes sólo pudimos encontrar, en el tomo IV, vol. I, capítulo II, página 78, en el documento “Y si Zacatecas no necesita de Aguascalientes…”, fechado el 2 de mayo de 1835, y que reproduce el acta de una reunión de la Sala Capitular de Aguascalientes y vecinos varios, que aparecen los nombres de José María Dávalos Rincón y Jesús Ruiz de Esparza; y en la página 79 los nombres de Pablo Esparza y José Antonio Esparza, entre varios otros. Si bien los apellidos coinciden, sin más información que esa ¿cómo podemos tener la certeza de la relación de parentesco y el tipo de éste? En la página 122 del mismo tomo y volumen se menciona a la hija del marqués de Guadalupe, doña Refugio Rincón Gallardo y Rosso, propietaria de la hacienda de Santa María, pero sucede lo mismo que con los nombres anteriores. No encontramos en los siete volúmenes datos relacionados con su familia ni con su situación e historia familiar.
En Aguascalientes: 46 personajes en su historia, Guadalupe Appendini cita los nombres de padres, abuelos y hasta bisabuelos (y no coinciden con los que aparecen en Aguascalientes en la historia), pero no nos informa de sus fuentes, equivoca la fecha de nacimiento y muerte de HyD, el nombre del instituto en Zacatecas donde estudió éste, y varias otras cosas, aunque la más grave es que una larga cita, de la única fuente que menciona, la atribuye a Jesús Romero Flores cuando, letra a letra, pertenece a Ignacio M. Altamirano. Así, no podemos menos que tener reservas respecto de lo que nos cuenta.
[2]       Pacheco Chávez, op. cit., p. 408, basándose a su vez en Manuel Cambre, La guerra de los tres años en el estado de Jalisco, Guadalajara, Tipografía del Gobierno en Palacio, 1892, pp. 207 y 473. Revisamos dicho libro, muy interesante, el de 1892, en las páginas que nos indica, y efectivamente, nos encontramos con una disposición de Leonardo Márquez en la página 207 y otra de la Comandancia General de Guadalajara en las páginas 471 a 473, ambas contra los liberales y sus simpatizantes supuestos y reales, etcétera. Pero no hay nada que nos informe sobre el cambio de nombre de HyD. ¿De dónde salió esta información? No lo sabemos, y nos gustaría mucho tener el dato.
[3]       La condición de maestro-alumno entre Teodosio Lares y HyD, de la que nos habla la historiadora Pacheco Chávez, parece difícil de establecer; ni en el sentido de maestro como modelo a seguir, o de alumno como practicante o seguidor de las enseñanzas de otro; ni en el sentido formal de quien, como alumno, en la escuela asiste a la clase impartida por alguien más, por un maestro; no parece haber datos para considerarlo en ninguno de los dos sentidos. Pacheco Chávez nos dice que “…no resulta extraño que Hernández y Dávalos aprendiera de su maestro el empleo de fuentes históricas, su cotejo y comparación, así como toda una visión del mundo expresada por Lares…” (p. 407). Si le creemos a HyD, él y Lares coincidieron en el instituto como alumno y director, respectivamente, pero no sabemos cuánto tiempo estuvo HyD en dicha institución, ni si asistía a alguna clase impartida por Lares; y si lo hizo no sabemos qué fue lo que le aprendió. Lo que parece más seguro, dada la ideología liberal de HyD, es que no debe haber estado cerca de un conservador como lo era Lares y menos aprender de él “toda una visión del mundo”.
Teodosio Lares estuvo al frente del Instituto Literario de Zacatecas de 1844 a 1847 (según Florence Tussaint Alcaraz, en Teodosio Lares, Senado de la República, México, 1987, p. 11). Fue miembro destacado y activo del Partido Conservador, simpatizante y militante de las ideas centralistas y monárquicas; como ministro de Justicia en el gobierno de Santa Anna fue responsable de una ley que restringió la libertad de imprenta, misma que se conoció como “Ley Lares” y que llevó al cierre de decenas de periódicos (op. cit., p. 15). Ministro de Relaciones Exteriores en el gobierno de Miramón, se le encarga, además, el Despacho de Justicia, Negocios Eclesiásticos e Instrucción Pública (p. 17); por algún tiempo cabeza del gabinete de Maximiliano durante la Intervención francesa, fue también su ministro de Justicia en el último trecho del imperio. En 1863 forma parte de la Junta de notables que le ofrece el trono mexicano a Maximiliano, y el 14 de enero de 1867 integra la Asamblea de notables que acuerda no aceptar su abdicación (Enrique Cárdenas de la Peña, Mil personajes en el México del siglo XIX, Banco Mexicano Somex, México, 1979, tomo II, p. 319), etcétera.
Es cierto que HyD escribe de sí mismo, en tercera persona, en la Enumeración de firmas… (que citaremos completa y comentaremos con amplitud más adelante): “Nació en Aguascalientes el 6 de agosto de 1827. Estatura un metro sesenta y un centímetros. Peso ciento cincuenta y dos libras. Estudió en el Colegio Departamental y Seminario Conciliar de Durango, continuando el de derecho en Zacatecas, bajo la dirección del señor licenciado don Teodosio Lares”, (cursivas nuestras). Varias hipótesis podríamos hacer respecto a por qué formuló así la frase, pero con base en lo anteriormente explicado, no es seguro que haya estudiado, directamente, “bajo la dirección” de, sino en Zacatecas, en el instituto, en cuya dirección estaba Lares, al menos de eso es de lo que hay datos.
Luis González Obregón también consigna que estudió “bajo la dirección del señor don Teodosio Lares…” (El Nacional, 27 de enero de 1943, pp. 3 y 6 de la 1ª sección, nota que reproduce una semblanza biográfica escrita por González Obregón el 28 de enero de 1893, un día después del fallecimiento —repentino, dice Obregón— de HyD). Es muy probable que esta semblanza sea la fuente de esta y otras imprecisiones que se han ido repitiendo desde entonces en diferentes publicaciones y lugares, y que iremos comentando.
Pacheco Chávez, op. cit., p. 407, nos remite a cuatro fuentes para argumentar la relación maestro-alumno entre HyD y Lares, y/o “… la probidad en el manejo de fuentes”, de Lares, pero cuando menos una de esas cuatro, Apuntes viejos de bibliografía mexicana, de Alfredo Chavero (Tipografía de J. I. Guerrero y compañía, México, 1903), no trata de la relación de HyD y de Lares; en la página 49 se menciona a HyD pero a propósito de otro asunto que comentaremos más adelante. Los Apuntes… pueden consultarse en línea en http://archive.org/details/apuntesviejosde00chavgoog
[4]       Pacheco Chávez, op. cit., p. 408, basándose a su vez en Longinos Banda,  Estadística de Jalisco, formada con vista a los mejores datos oficiales y noticias ministradas por sujetos idóneos en los años de 1854 a 1863, Guadalajara, Tipografía de Longinos Banda, 1873. El trabajo de Longinos Banda trata acerca del suelo, territorio, población, industria, administración, fuerzas públicas, rentas públicas, navegación, comercio… No hay dato alguno en la Estadística…, relacionado con la actividad de HyD de 1854 a 1863, aunque no se puede dejar de notar la coincidencia entre este periodo y el final del título de la obra de L. Banda. Por limitaciones de tiempo, no pudimos comprobar la afirmación de que HyD le proporcionó a L. Banda mucho del material para el libro de éste, lo que no sería improbable por varias razones, entre otras, porque era el tema de interés de HyD, se hizo de documentos al respecto y del periodo, y porque en varias ocasiones facilitó información y documentos a distintas personas.
[5]       El Nacional, 27 de enero de 1943, p. 3, 1ª sección.
[6]       Florence Tussaint Alcaraz, op. cit., pp. 9-10.
[7]       Creemos que hay pocas probabilidades de que el mismo HyD haya sido quien contara así esta anécdota; conocedor de la historia, habría inventado algo más consistente.
[8]       “Documento” pues no llega a libro según las convenciones actuales, es decir, no tiene 49 páginas o más. Y creemos que tampoco “folleto” sería adecuado (entre cinco y 48 páginas) por las dimensiones y encuadernación que tiene (doble carta rebasado o sea, 44 x 30 cm, aproximadamente).
[9]       Juan E. Hernández y Dávalos, Enumeración de firmas, ilustraciones y de las partes que forman el todo de los cuadros. Conmemoración de varios beligerantes en la insurrección de la Nueva España, México, Imprenta del gobierno, en el exarzobispado, 1890. De este documento se imprimieron 28 ejemplares (y no 25 como se cita en casi todos lados), y sí está foliado si bien no numerado, folios que van de la a a la t, en total 21 hojas impresas sólo por un lado (21 páginas), más la portada. Tiene razón Ernesto Lemoine cuando se refiere al título de este documento como “largo y confuso” (en “Una historiografía de la independencia mexicana, anónima, de 1884”, en Estudios de Historia Moderna y Contemporánea de México, México, UNAM/Instituto de Investigaciones Históricas, V. 2, 1967, p. 115-128; disponible también en línea en: www.historicas.unam.mx/moderna/ehmc/ehmc02/209.html), a pesar de lo cual, creemos nosotros, es importantísimo por la información que nos da del autor (HyD), de sus esfuerzos y proyectos en los últimos años de su vida, de la opinión de sus contemporáneos sobre su trabajo, y de lo que —leyendo entre líneas y no tanto— se puede deducir de su situación económica. Es desde luego un trabajo independiente de la Colección de documentos… pero guarda con ésta una relación muy estrecha. El documento está organizado de la siguiente manera: de la página a y hasta la mitad de la k, aparece la “Enumeración de firmas”, en que se enlistan 3 304 nombres con sus cargos y algunos comentarios brevísimos sobre cada uno; de la mitad de la página k hasta un tercio de la página l, aparece la “Enumeración de ilustraciones” en que se enlistan doce cuadros divididos en subgrupos; de la página l (dos tercios de ella) a la página n, está la “Enumeración de las partes que forman el todo”, en que se enlistan doce cuadros que agrupan a sostenedores del gobierno español, insurgentes del primero, segundo y tercer periodos y asuntos o hechos del México independiente; dos tercios de la página n son ocupados por una “Advertencia” de HyD que habla del documento y que aclara algunas cuestiones del mismo, de su organización y presentación, así como la opinión de Troncoso, Vigil y Chavero respecto de dicho trabajo; en la página ñ se muestra un diploma otorgado por la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística a HyD, y en el resto, hasta la mitad de la última página, HyD presenta opiniones y notas escritas por varios autores y aparecidas en distintas publicaciones sobre su Colección de documentos…, escribe: “Siendo el fundamento de este trabajo, la compilación de piezas relativas a la Independencia, que he reunido en el largo período de cuarenta años, es de oportunidad consignar las calificaciones hechas en el país y en el extranjero de la citada colección”. En la última página hay una sección que HyD cabeceó como “El autor”, y que enlista libros y artículos en los que colaboró de algún modo y otros que escribió y compiló. Por considerarlo de mucho interés publicaremos, enseguida de esta presentación, una parte de la Enumeración de firmas…, específicamente desde la “Advertencia” (página n) y hasta el final. El resto no, por dos razones: la primera es por falta de espacio y la segunda y más importante reside en que, al carecer de las firmas, ilustraciones y cuadros, resulta complejo (cuando menos a nosotros nos resultó así) entender los qués y cómos del asunto, pues la información queda descontextualizada.
Por último y respecto de los cuadros: en las Memorias de la Sociedad Científica Antonio Alzate, (publicadas bajo la dirección de Rafael Aguilar y Santillán, tomo VII, 1893-1894, imprenta del gobierno federal, en el exarzobispado, 1893, disponible en línea en: http://archive.org/details/memoriasyrevista734soci), en la sección “Noticia de la obras y autores que se han tenido presentes para escribir los apuntes que encierra este volumen”, en la página 424 puede leerse:
Hernández y Dávalos, Juan E.— Conmemoración de varios beligerantes en la insurrección de la Nueva España.— Catorce cuadros dividido cada uno de ellos en cuatro grupos. Es una compilación de varios documentos referentes a la época de la Independencia. La colección es interesante, la idea excelente, pero la ejecución fue bastante mala. No podrá perdonar jamás la Historia al señor Hernández y Dávalos, que haya mutilado los documentos autógrafos recortando las firmas para colocarlas en estos cuadros. Fueron vendidos por el autor al Museo Nacional de México, en cuyo departamento de historia se conservan.
Como se ve, no faltó tampoco quien viera como una barbaridad el haber “mutilado” documentos recortándoles las firmas. HyD explica en la “Advertencia”, en la Enumeración de firmas…, que lo hizo “cortándolas de piezas, que por su escasa o ninguna importancia y además truncas, no debían ni podían figurar en mi colección de documentos…”. Y aunque en la crítica hablan de catorce, ya dijimos que son doce, pero más importante que esto es el dato de que HyD “los vendió al Museo Nacional” aunque no sabemos cuándo. Sentimos nosotros una enorme curiosidad por saber en qué dependencia se conservan ahora, ¿en la Biblioteca Nacional?, ¿en el Archivo General de la Nación?, ¿en dónde?
[10]     Noticias varias de Nueva Galicia, intendencia de Guadalajara, edición del estado de Jalisco, Guadalajara, Tipografía de Banda, ex-convento de Santa María de Gracia, 1878. Curiosamente no está consignado en la portada autor alguno, no aparece Ignacio Aguirre, a quien se refiere HyD y desde luego tampoco el propio HyD. Revisando el libro, nos encontramos con que, en la página 530 hay un texto titulado “Aguas termales”, firmado en junio de 1871 por HyD. Los “Materiales para un diccionario geográfico, estadístico, histórico y biográfico del estado de Jalisco” inician en la página 532 y terminan en la 570 firmados por HyD. De ser cierto lo que dice HyD de que él le “remitió” a Ignacio Aguirre la mayor parte de las piezas contenidas en el libro, podemos entender mejor porqué HyD tiene que hacer la aclaración; son escasas 41 páginas las que le reconocen autoría, y no “la mayor parte”. La obra Noticias varias… está disponible en línea en: http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080013143/1080013143.html
[11]      Véase en Juan Bautista Iguíniz Vizcaíno, Los historiadores de Jalisco, epítome bibliográfico, Oficina Impresora de la Secretaría de Hacienda, México, 1918, p. 17. La Estadística de Jalisco se integra tanto por manuscritos como por documentos impresos; no hay registro de ella en el catálogo electrónico de la Biblioteca Nacional.
[12]     Carlos Eduardo Castañeda y Jack Autrey, Independent Mexico in documents: Independence, Empire an Republic. A calendar of the Juan E. Hernández y Dávalos manuscript collection, México, Jus, 1954, p. VIII, y en una traducción libre, desde luego. No está citado el origen de la información.
[13]     Nos dice HyD que coleccionó documentos durante “cuarenta años” (véase el último párrafo de la sección “Advertencia”, en la Enumeración de firmas…, luego de esta presentación; o en la página n, segunda columna, de la edición de 1890) y murió casi de 66 (65 años, cinco meses y 21 días). Tuvo entonces que haber empezado a los 26 años, aproximadamente, o sea, en 1853.
[14]     Carlos Eduardo Castañeda y Jack Autrey, op. cit. Es una lástima que para este asunto específico, no nos informen del origen del dato. Además, decir que José María Lobato fue padrino de HyD nos hace suponer que puede haber más información de éste, sobre su vida y familia en donde encontraron lo referente a Lobato. ¡Pero no pudimos conocer la fuente para considerarlo en esta presentación! Un dato curioso sobre Lobato: el 30 de noviembre de 1828, durante el motín de la Acordada, se cuenta que durante los saqueos al Parián la “plebe” gritaba “¡Viva Guerrero y Lobato, y viva lo que arrebato!”
[15]     Manuel Mestre Ghigliazza, Efemérides biográficas (defunciones-nacimientos), Antigua librería Robredo, México, 1945, p. 181. Dice Mestre: “José María Lobato. General de brigada el 17 de febrero de 1822. Siendo comandante general de Jalisco, murió en Guadalajara el 7 de marzo de 1829. Nació en Jalapa, Ver., en 1785.”
[16]     “Fue por muchos años empleado de Hacienda”, según El Tiempo, del 31 de enero de 1893, p. 2 col. 5, en una nota a propósito de la defunción de HyD. Luis González Obregón menciona también este dato (El Nacional, 27 de enero de 1943, op. cit.).
[17]     Citados también por Alfredo Chavero en Apuntes viejos de tipografía, op. cit., p. 49.
[18]     Ése es el nombre oficial de dicha dependencia, aclaración que hacemos pues se le cita como “Dirección”, “Servicio” etc., o bien de manera incompleta: “Dirección de Correos” “Administración de Correos”, etc. Véase el Informe presentado al c. ministro de gobernación, por el administrador general de correos; México, tipografía de Gonzalo A. Esteva, p. III, que HyD, en la Enumeración…, fecha en 1877 y en el libro impreso aparece con fecha de 15 de septiembre de 1878, y que firma P. de Garay y Garay. Disponible en línea en la siguiente dirección: http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080044593/1080044593.PDF
[19]     Pacheco Chávez nos dice que: “…ocupó algunos cargos en la Secretaría de Hacienda; primero, en la Dirección General de Correos como oficial cuarto de glosa (1867) y, posteriormente, como secretario de las mesas segunda y sexta de este ministerio dedicadas, respectivamente, al departamento de rezagos y arreglo del archivo de nacionalización de bienes (1874-188?). Gracias a estos empleos, Hernández y Dávalos pudo publicar en las Memorias de Hacienda de 1874 varios artículos sobre la historia de los bienes de las corporaciones religiosas”, op. cit., p. 409. No está consignada la fuente de dicha información y como ya vimos no pudo haberse desempeñado en Hacienda en 188? Pero más importante aún, la “Dirección General de Correos” (la Administración) no perteneció a la Secretaría de Hacienda. En el Informe presentado al Congreso de la Unión el 16 de septiembre de 1874, en cumplimiento del precepto constitucional por el c. Francisco Mejía, Secretario de Estado y del despacho de Hacienda y Crédito Público de los Estados Unidos Mexicanos. 1873-1874, se describen las siete secciones de la secretaría, a saber: Aduanas Marítimas y Fronterizas, Crédito Público, Contribuciones, Presupuestos, Estadística y Contabilidad, Bienes Nacionalizados, y Archivo. Puede consultarse en línea una reseña del informe en: www.colmex.mx/académicos/ceh/carlosmarichal/hacienda/index.php/84#_ftn1
[20]     Edición oficial de la Administración General del ramo, México, imprenta de José María Sandoval, 1876. Disponible en línea en la página de la Biblioteca Central (fondo antiguo digital), en: http://132.248.9.32:8080/fondoantiguo6/1419044-655436/JPEG/Index.html
[21]     Fechada en enero 24 de 1876 y firmada por él, en la página 535 (las primeras 230 páginas están numeradas con romanos y luego siguen arábigos, del 1 en adelante).
[22]     HyD señala en el Directorio para las oficinas…, inmediatamente antes del índice, que “Esta obra se ha escrito con la colaboración de varias personas; en el apéndice que tenemos preparado y saldrá a luz próximamente figurarán los individuos que nos han proporcionado el material, y auxiliado con reflecciones y concejos [sic]”. Véase también la página 500, al inicio de la quinta parte.
[23]     Nos dicen Castañeda y Autrey (op. cit., p. VIII y en una traducción libre, por eso sin comillas) que: para 1870 su afición le había dado un conocimiento íntimo de muchos aspectos de la historia mexicana. Fue por aquel entonces miembro de la Sociedad de Geografía y Estadística a la que había sido elegido por sus intereses académicos. En ese año, en un documento presentado a la Sociedad, criticó severamente un estudio hecho por Joaquín F. Escobedo, “Apuntes Históricos sobre la Conquista de la Provincia de Nayarit (Nueva Galicia) Hoy Departamento de Jalisco”, publicado en 1859 en el boletín de la Sociedad. Él caracterizó los presuntos “Apuntes” como una “cruda e inexacta copia” tomada del trabajo de Mota Padilla en lo que de hecho fue un caso de plagio.
El resultado de lo anterior, nos dicen Castañeda y Autrey, fue la formación de una comisión para reparar el daño, formada por Manuel Orozco y Berra, Alfredo Chavero, Joaquín García Icazbalceta y HyD, misma que preparó una edición crítica del trabajo de Mota Padilla. Para más detalles, véase a Iguíniz Vizcaíno, op. cit. pp. 31-32.
Pacheco Chávez asegura que la revelación del plagio se dio en lo que fue el discurso de ingreso de HyD a la Sociedad, en 1870, y que dicha revelación le ganó buenas consideraciones entre los miembros; y agrega que, para 1871, HyD fue elegido como cuarto secretario de la misma. Al respecto, en el diploma que le da la Sociedad a HyD podemos ver que aparece un vicepresidente, un secretario perpetuo, un primer secretario y un segundo secretario, nada más, pero más importante aún es que podemos saber con certeza que para el 13 de octubre de 1883 era solamente socio y, en todo caso, exsecretario, según el acta de la sesión del mismo día y año, de la Sociedad Mexicana de Geografía que aparece en la Enumeración de Firmas…, en la página t.
Como fuentes de lo anterior —y de otras varias cuestiones relacionadas con la actividad de HyD en dicha agrupación— en ambos casos citan el boletín de la Sociedad, ya como Boletín de la Sociedad de Geografía y Estadística de la República Mexicana ya como Boletín de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística. Nosotros no pudimos revisarlo por apremios de tiempo; al ser material del Fondo Reservado de la Biblioteca Nacional, hay que hacer un trámite especial para poder consultarlo. No sabemos entonces si en dichos boletines hay más información de la fecha de ingreso de HyD, de su nombramiento como secretario y de la fecha en que dejó de serlo, de sus actividades o responsabilidades y de varias otras cosas. Lo que en todo caso es evidente, es que para ese momento HyD se mueve en un medio en el que seguramente se sentía muy cómodo pues sus inquietudes intelectuales estaban canalizadas de la mejor manera posible, estaba en el mejor lugar y cerca de un grupo de intelectuales muy destacados con los que compartía intereses muy estrechamente. Como se podrá ver más adelante, discutía con algunos de ellos no sólo sus proyectos e inquietudes historiográficas y bibliográficas, sino las de otras personas. Algunos de estos intelectuales citan a HyD, le hacen sugerencias e inclusive le procuran apoyo en sus últimos años de vida, que transcurren en el desempleo y la miseria; y él los cita a ellos y se apoya en sus trabajos e investigaciones.
[24]     Si bien el Informe… está signado por P. de Garay y Garay, la sección “Noticias de algunas publicaciones periódicas en la demarcación de cada Administración Principal, en el año de 1878”, está firmada el 15 de noviembre de 1878 por HyD; también la titulada “Cambios de nombres de algunas poblaciones, citando las fechas de los decretos por los que se han autorizado, y fundaciones de varios [sic] de ellas”, firmada en noviembre de 1878. Al inicio de esta sección, en una nota al pie, advierte: “Estos ligeros apuntes se han extractado de la parte terminada del ‘Apéndice al Directorio de las Oficinas del servicio público de Correos,’ que no se ha concluido por falta de algunos datos pedidos á los Estados”, apéndice que, al parecer no se publicó. En la primera entrada de esta sección se lee, por ejemplo: “Abasolo, Villa de. Est. Nuevo León. El decreto número 145, de 5 de abril de 1827, le concedió el título de villa con este nombre, a la hacienda de Eguía de Viudas.”
[25]     Op. cit., p. III. En muchas fuentes se cita este nombre sólo como “El Sistema Postal”. Castañeda y Autrey (op. cit., p. IX) incluso lo citan como “…Boletín Postal de la República Mexicana, más conocido popularmente como Sistema Postal…”. Como se puede ver, esto es incorrecto.
[26]     El Tiempo, op. cit. Antonio Annino y Rafael Rojas (en La Independencia, Los libros de la patria, FCE, México, 2008, p. 83) dicen que HyD era el jefe de redacción, pero nosotros no encontramos información al respecto.
[27]     Entregas semanales, según Annino y Rojas (op. cit., p. 83), y tal vez con alguna entrega especial —agregamos nosotros— pues si un año tiene 52 semanas, ya vimos que en doce meses aparecieron 56 números. Castañeda y Autrey dicen que los documentos aparecieron en forma de suplemento del boletín de Correos (op. cit., p. IX). En la Enumeración de firmas…, en el Acta de la sesión del 13 de octubre de 1883 de la Sociedad Mexicana de Geografía, se puede leer que “…los tomos iban saliendo por pliegos, periódicamente y con lentitud…”, p. t. En las ediciones de la época que pudimos ver, de la Colección de documentos…, se pueden advertir variaciones en el papel incluso dentro de un mismo tomo, lo que indica que cada cuadernillo o parte de cada tomo no se imprimió de la misma pila de papel y/o al mismo tiempo.
[28]     Informe presentado al c. ministro de gobernación… pp. III y IV.
[29]     Ibid. p. XXV.
[30]     Loc. cit., y aunque dicho informe está signado por P. de Garay y Garay, ya vimos que HyD dice haberlo redactado.
[31]     El Nacional, 27 de enero de 1943, pp. 3 y 6 de la 1ª sección, nota que reproduce una semblanza biográfica escrita por González Obregón el 28 de enero de 1893, un día después del fallecimiento de HyD.
[32]     En Índice alfabético de la Colección de documentos para la historia de la guerra de Independencia de México, de 1808 a 1821, formada por Juan E. Hernández y Dávalos, Imprenta del Museo Nacional, México, 1907, p. 57 o 225 (véase aquí más adelante). Este documento está en la Biblioteca Nacional (en fotocopias, 84 páginas) y en el catálogo electrónico aparece, como autor del mismo, Juan E. Hernández y Dávalos, y no Genaro García. También puede consultarse en línea en la página del Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, en la siguiente dirección: http://opac.institutomora.edu.mx/Documentos/Centenarios/Indicealfabeticodelacolecciondedocumentosparalahistoriadelaguerradeindependenciademexico/flash.html
En la página 16 del pdf está el hiperenlace. Como se podrá ver, además de la edición publicada por la Imprenta del Museo Nacional, lo que se muestra en la página electrónica citada apareció, también, en alguna publicación que no se especifica, en la segunda época, tomo IV, en la página 225, si hacemos caso al folio de la cornisa. Por ello citamos más arriba dos páginas, la 57 o la 225, según sea la impresión que se consulte, en la versión digital nos referimos a la primera página. Valga decir que, efectivamente, como dice Ernesto Lemoine, entre otros, este índice cumple muy parcialmente su objetivo.
[33]     Diccionario Porrúa de historia, biografía y geografía de México, 1ª. ed., Porrúa, México, 1964, p. 679. No está especificado el origen de la información.
[34]     En Índice alfabético de la Colección de documentos para la historia de la guerra de Independencia de México, de 1808 a 1821, formada por Juan E. Hernández y Dávalos, op. cit., p. 1 de la versión en línea.
[35]     Enrique Cárdenas de la Peña, op. cit., p. 319.
[36]     La cantidad total de documentos considera incluso los casos en los que no se numeraron algunos de ellos, lo que puede dar lugar a una variación en las cifras. El detalle por tomo es el siguiente: En el tomo I hay 298 documentos numerados y hay 11, referentes todos a la causa contra Hidalgo, no numerados pero perfectamente independientes, más uno, el 219, que se repitió (el número, no el contenido); esto nos da 310. En el tomo II hay 276 documentos numerados, más un 255, numero repetido, y un documento perfectamente independiente y no numerado relativo a la batalla de Puente de Calderón; en total 278. En el tomo III hay 160 documentos numerados más dos que bien pueden considerarse independientes, en total 162. En el tomo IV hay 269 documentos numerados. En el tomo V hay 245 documentos numerados. Y en el tomo VI hay 1315 documentos numerados pero el orden se brinca del 51 al 53; hay dos 74, dos 96, dos 258, no hay 259, y hay dos 1033; además de un documento sobre la causa de la rendición de Acapulco que bien puede considerarse independiente del resto; sumando y restando tenemos 1318 documentos en este tomo. Ahora, estas cantidades nos sirven solamente como referentes pues hay muchos casos, en todos los tomos, en los que bajo un mismo número de documento podemos encontrar textos que HyD bien pudo conseguir aislados o independientes y que luego agrupó bajo un número debido al tema que tratan o a la relación que guardan con los textos adyacentes. La cifra que da Genaro García de 2 563 documentos corresponde a la suma de los documentos numerados de todos los tomos, sin considerar los números repetidos o los saltos en la numeración.
[37]     En “La colección de documentos de Juan E. Hernández y Dávalos”, texto que sirve de presentación a la edición digital en disco compacto de la Colección de documentos…, 1ª ed., Instituto de Investigaciones Históricas/UNAM, México, 2010.
[38]     Pacheco Chávez, op. cit., p. 413.
[39]     En la Enumeración de firmas…, pp. r-s en un texto fechado el 28 de octubre de 1883, aparecido en La República. Semana Literaria, tomo IV, núm. 26, cifra que repite en un texto fechado el 7 de marzo de 1884, pp. o-p.
[40]     Op cit, pp. q-r, en un texto fechado en enero de 1887.
[41]     En el ejemplar del 11 de octubre de 1889, número 1832.
[42]     En el ejemplar del 31 de enero de 1893, p. 2, col. 5.
[43]     Pacheco Chávez, op. cit., p. 413. De nuevo no sabemos de dónde obtuvo dicha cifra ni el dato de que los documentos estaban reunidos en “expedientes”. Nosotros no encontramos otro documento en el que se mencione esta información.
[44]     Estos tamaños, que ya no se usan por imprácticos o se usan sólo entre libreros de antiguo, coleccionistas, personas dedicadas a la biblioteconomía y similares; variaban de país a país, y de región a región y estaban determinados por el tamaño de los pliegos que salían de las fábricas de papel o talleres, y por la cantidad de dobleces que se hacía con cada uno; aproximadamente, el tamaño gran folio era superior a 40 cm; el tamaño folio mayor andaba entre 35 y 40 cm; el tamaño folio, 34 cm; el folio menor, entre 30 y 33 cm; el cuarto mayor, 26 cm; el cuarto menor, entre 24 y 25 cm, y así sucesivamente. Como se podrá ver, en las reseñas, opiniones y artículos sobre HyD y su Colección de documentos… se refieren a los seis tomos impresos diciendo que eran de un tamaño o de otro, pero nos dice HyD que se imprimieron en tamaño folio menor.
[45]     Los seis tomos impresos se componen de 5 814 páginas numeradas que se imprimieron de a poco, semanalmente y a lo largo de seis años como ya vimos.
[46]     Del 31 de enero de 1893, p. 2, col. 5.
[47]     En 1883 ya no sale el tomo VII y hay indicios que nos hacen pensar incluso en una fecha más aproximada; creemos muy probable que en julio de 1882 ya no haya sido empleado de Correos; esta información se expondrá más adelante.
[48]     En la página q, 2ª columna.
[49]     Enumeración de firmas…, op. cit., p. o. Véanse los textos completos más adelante.
[50]     Véase el texto completo, más adelante, en este mismo tomo.
[51]     Véase la nota 9.
[52]     Número 1875.
[53]     Publicado en la imprenta del Partido Liberal, de 11 x 14 cm aproximadamente, y con 504 páginas numeradas.
[54]     Sin embargo contiene, brevemente reseñada, la teoría de la construcción de los calendarios (que implica sólidos conocimientos de aritmética y álgebra para hacer algunos cálculos), la historia de distintos calendarios (egipcio, griego —ateniense, luni-solar—, juliano, gregoriano, republicano francés e israelita) y las coincidencias y diferencias entre éstos, así como la forma de calcular una fecha en un calendario o en otro. Por ejemplo, para calcular la Pascua en el calendario juliano o gregoriano nos explica cómo se llegó a ellos, a su formulación, cuántos días se les agregan o quitan para compensar y ajustarlos con los ciclos solares y lunares; o cuándo es la Pascua ortodoxa y debido a qué circunstancia se da la diferencia de fechas. Y varias otras cosas más. HyD bien pudo haber publicado solamente las tablas para calcular las fechas y la explicación para poder usarlas. Pero agregó un poco de historia.
[55]     Calendario para 1890… op. cit. p. 504.
[56]     Véase la nota 9.
[57]     “Tiro de veinticinco ejemplares y tres en papel especial”, nos dice. ¡Qué poquitas copias! Aunque era caro imprimir, una vez “parada” la tipografía y dispuesta en la prensa, imprimir unos pliegos de más le significaba muy poco al impresor, cobraba lo mismo pues la diferencia en trabajo es poquísima, y en tiempo son segundos o muy pocos minutos los que se invierten en ello una vez que empezó el tiro, ya que la máquina está “corriendo” (de hecho se cobraba, en general, por “entrada” o por “cambio” que para lo que nos importa ahora viene a ser lo mismo; una entrada era casi siempre de un millar o menos, y entonces el precio era uno no importando si se trataba de cincuenta, quinientos o mil pliegos). Y si bien en aquél entonces el papel debe haber sido más caro que hoy en día, pensamos que no lo era tanto como para no hacer diez ejemplares más, veinte más… Recuérdese que hablamos de muy poco papel para un ejemplar, 22 hojas impresas por un solo lado, portada incluida. ¿Imprimiría tan pocas piezas por falta de dinero? ¿Sería debido a otra razón?
[58]     Ernesto Lemoine Villicaña, op. cit., p. 115.
[59]     Ibid., pp. 115-116.
[60]     A lo largo de esta presentación hemos venido refiriéndonos así al autor, no lo hemos mencionado como “Juan Evaristo” y menos como “Juan Eusebio”, como lo hace Ignacio González Polo, en “Apuntes para la historia de un guerrillero insurgente: José Rafael Polo”, en el Boletín del Instituto de Investigaciones Bibliográficas, UNAM, núm. 6, México, 1992, p. 275. Si bien es cierto que muchas fuentes lo citan como “Evaristo”, nosotros intentamos describir lo confuso de la historia según la cual nació como José Justo Pastor Ruiz de Esparza y Dávalos, y luego se cambió de nombre. No encontramos —y desde luego eso no quiere decir que no exista— registro o documento de la época que lo mencione como “Juan Evaristo” y sí como “Juan E.”. Tenemos presentes historias como la de B. Traven, acerca del cual se sigue discutiendo su verdadero nombre. Durante muchos años se le citó como Bruno Traven, y se extendió tanto esta versión que muchas personas lo siguen identificando así y no simplemente como B. Traven, uno de sus varios seudónimos. En el caso de HyD no quisimos agregar elementos a la confusión y preferimos lo seguro, y cuando ha sido necesario, hemos tenido cuidado de escribir “creemos”, “suponemos”.
[61]     El Universal Gráfico, del 23 de enero de 1935, p. 6, col. “Los olvidados: Uno de nuestros historiógrafos más laboriosos”.
[62]     Sobre la foto de HyD hay un dato curioso: la ilustración que publicamos en esta edición, en una de las páginas preliminares, está basada en una fotografía, la única que conocemos de HyD y que encontramos reproducida en tres fuentes, una de ellas Mil personajes en el México del siglo XIX (p. 199, t. II) obra en la que todos los personajes reseñados se acompañan de su respectiva foto (o ilustración). Revisando los diferentes tomos de la obra se puede ver que hay otras personas en pose similar y con una silla muy parecida a la que aparece en la foto de HyD (¿sería la misma silla?). Pensamos que puede tratarse del mismo estudio y tal vez del mismo fotógrafo en los casos de las páginas 26, 294, 504 y 682 del tomo II; y de las páginas 232, 352 y 485 del tomo III. Si así fuera, esta información serviría, tal vez, para identificar al estudio, al fotógrafo y las fechas probables.
[63]     El Nacional, 27 de enero de 1943, sección primera, pp. 3 y 6.
[64]     Plano topográfico de la Ciudad de México, formado por el ingeniero Antonio García Cubas, con las nuevas calles abiertas hasta la fecha y los ferrocarriles. En la página electrónica de las Asambleas de la Sociedad Mexicana de Historia Eclesiástica, en: http://smhebiblioteca.blogspot.mx/2010/11/mapas-de-la-ciudad-de-mexico.html
[65]     Buscando imágenes de la época encontramos una fotografía de la fuente del Salto del Agua, imagen fechada, aproximadamente, entre 1880 y 1897; es muy interesante pues podemos asomarnos, prácticamente, al ambiente y a los rumbos en los que vivió sus últimos años HyD. La fotografía está disponible en línea en la página electrónica de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, en: http://www.loc.gov/pictures/item/det1994024283/PP/  Y revisando México y sus alrededores, colección de monumentos, trajes y paisajes dibujados al natural y litografiados por los artistas mexicanos Casimiro Castro, Julián Campillo, Luis Auda y G. Rodríguez (Decaen editor, 1855-1856, textos de Marcos Arroniz, José María Roa Bárcenas, José T. Cuellar, et. al), nos encontramos con una estampa de la fuente del Salto del Agua; es anterior en poco más de tres décadas a la muerte de HyD pero comparando la foto y la estampa vemos que no hubo cambios de importancia. El texto que acompaña la litografía (p. 5) no deja de ser interesante; para lo que nos importa ahora citamos solamente lo siguiente, firmado por F. Zarco:
Esta fuente tiene sobre las otras de la ciudad la ventaja de no estar en el centro, donde no puede haber grupo, ni charlas, está en el arrabal, tiene al frente una corta plazuela, a un lado hay una presa, cerca se encuentra un mercado animado y bullicioso. El arrabal es la verdadera patria de la gente del pueblo, la fuente del Salto del Agua, es la lonja, es el casino, es la alacena de Latorre, o la librería de Andrade de la gente de barrio.
Para quienes tengan curiosidad, hay una versión en línea en la página electrónica de la Biblioteca Pública de Nueva York, en: www.nypl.org   En el buscador hay que escribir el título, luego de lo cual aparece una lista de opciones con distintas ediciones de este libro; hay que escoger la de 1869.
[66]     Los “cuadros” son los que dieron lugar a la Enumeración de firmas…, y para cuando muere ya no los tenía, pues los había vendido al Museo Nacional. Véase: Memorias de la Sociedad Científica Antonio Alzate, op. cit.
[67]     El Nacional, 27 de enero de 1943.
[68]     Alfredo Chavero, en “Apuntes sobre bibliografía mexicana”, en el Boletín de la Sociedad de Geografía y Estadística de la República Mexicana, tercera época, t. VI, imprenta de Francisco Díaz de León, México, 1882, p. 5. No confundir con los Apuntes viejos de bibliografía mexicana, del mismo autor.
[69]     Número del 23 de enero de 1935, p. 6.
[70]     Fue nombrado gobernador interino del Estado de México el 18 de mayo de 1904 luego de la muerte de José Vicente Villada; al año siguiente —20 de marzo de 1905— fue electo gobernador por un cuatrienio y luego se reeligió; estuvo en el cargo hasta la caída de Porfirio Díaz. Era hijo del compadre de Díaz, Manuel González, quien fue presidente del país del 1 diciembre de 1880 al 30 de noviembre de 1884; véase la página electrónica del gobierno del Estado de México, en: http://portal2.edomex.gob.mx/edomex/estado/historia/gobernadores/5ª_epoca_constitucional/fernando_ganzalez/index.htm  También la página del proyecto “Redes Familiares” del Instituto de Investigaciones Históricas/UNAM, en: http://gw5.geneanet.org/sanchiz?lang=es&p=fernando&n=gonzalez+mantecon&oc=0  y la entrada “Manuel del Refugio González Flores”, en Wikipedia.
[71]     Op. cit., p. VI, pero no tratan del asunto del precio. La fecha de la compra está consignada también en la página electrónica de la universidad.
[72]     El Archivo General de la Nación tiene una copia en microfilm de este material. Véase la página “Censo-Guía de Archivos de España e Iberoamérica”, del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, del gobierno español, en: http://censoarchivos.mcu.es/CensoGuia/fondoDetail.htm?id=560251 También en la página del AGN: www.agn.gob.mx/menuprincipal/serviciospublico/servicios/acervos.html
[73]     Para ello cita dos fuentes: El Universal Gráfico, del 23 de enero de 1935 y El Nacional, del 5 de noviembre de 1943, p. 9. En el primero sólo se habla de la compra de González Mantecón a los herederos; en el segundo no hay información al respecto en ninguna de las páginas del número de ese día. Posiblemente está equivocado el día y/o el año. De acuerdo con la información citada, la venta a Sánchez Navarro, de la parte no publicada, debió de ocurrir en algún momento entre 1935 y 1943.
[74]     Castañeda y Autrey, op. cit.
[75]     En Historia mexicana, núm. 27, El Colegio de México, México, enero-marzo de 1958, pp. 466-467.
[76]     En la siguiente dirección: www.lib.utexas.edu/taro/utlac/00067/lac-00067p1.html
[77]     Lo que dice la Universidad de Texas en su página es que la “Colección Sánchez Navarro” está integrada por correspondencia, documentos legales y financieros, informes, listas, propiedades y muchas otras cosas, relacionadas con los negocios y asuntos personales de la familia Sánchez Navarro y que van desde el siglo XVII al XIX. Si compraron los documentos de HyD y los de los Sánchez Navarro al mismo tiempo y/o a las mismas personas (“a los herederos”, dicen) no hay dato de ello en su página electrónica.
[78]     Carlos Sánchez Navarro y Berain (1816-1876) apoyó públicamente a Maximiliano en su aventura en México; fue designado por éste Gran Chambelán de la Corte, entre varios otros nombramientos y condecoraciones. Para el tiempo del Segundo Imperio se dice que sus propiedades abarcaban 7.5 millones de hectáreas distribuidas en 45 haciendas, en los estados de Coahuila, Nuevo León, Chihuahua, parte de Zacatecas y San Luis Potosí, por lo que ha llegado a considerarse el latifundio más extenso de América Latina. Entre los ascendientes y descendientes de este personaje hay gobernadores, alcaldes y legisladores, etcétera, y siempre tuvieron gran poder económico y político hasta que Juárez decretó la confiscación de todas las propiedades de los colaboradores de los franceses. Qué extraña y paradójica ruta ésta que siguieron los documentos de HyD. Véase Proyecto Redes Familiares, del Instituto de Investigaciones Históricas, en:  http://gw5.geneanet.org/sanchiz?lang=en;p=carlos;n=sanchez+navarro+berain la entrada “Sánchez Navarro y Peón Juan” en Memoria Política de México, en: http://memoriapoliticademexico.org/Biografias/SNyPJ-1913.html    y la entrada de Wikipedia “Juan Sánchez-Navarro”.
[79]     Proyecto Redes Familiares, del Instituto de Investigaciones Históricas, en:  http://gw5.geneanet.org/sanchiz?lang=en;m=N;v=sanchez+navarro+peon
[80]     Ibid.
[81]     www.agn.gob.mx/menuprincipal/serviciospublico/servicios/fondos.html  Todas las referencias digitales citadas en esta presentación fueron consultadas en abril y mayo de 2013.

 

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