Enumeración de firmas, ilustraciones y de las partes que forman el todo de los cuadros. Conmemoración de varios beligerantes en la insurrección de la Nueva España.

Aquí presentamos una parte de la Enumeración de firmas, ilustraciones y de las partes que forman el todo de los cuadros. Conmemoración de varios beligerantes en la insurrección de la Nueva España, específicamente desde la “Advertencia” y hasta el final; modernizamos la ortografía y agregamos notas al pie (todas las que aparecen son nuestras). Para los detalles, véase la nota 9 de la Presentación.

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Advertencia.

El 9 de junio de 1884, propuse al señor presidente de la Comisión Mexicana, para la Exposición de Nueva Orleans, la formación de un cuadro, con escudos, sellos y firmas de los principales jefes que figuraron en la guerra de independencia.

Desde aquella época he seguido cultivando el proyecto, acumulando firmas originales, cortándolas de piezas, que por su escasa o ninguna importancia y además truncas, no debían ni podían figurar en mi colección de documentos: formando registros, calculando el mejor método para presentar una cosa original, haciendo serios estudios para poder arrollar los obstáculos que presentan los dichos de los historiadores, al confrontarlos con los datos que he reunido, llevando la táctica de no referir la divergencia de opiniones, y con el propósito de no ocuparme de discusiones, sino dejar a cada uno en el local que le corresponda. No hago explicaciones; no hay relaciones, mucho menos ilación de frases estudiadas, que cautiven los sentidos, o para amenizar las láminas o grupos; llevando por mira fuesen sencillos, concisos, con claridad, precisión y sobre todo veracidad.

En noviembre del año penado, formé el plan, consultándolo y discutiéndolo aisladamente con los señores licenciado Vicente Riva Palacio y Alfredo Chavero, quienes me exhortaban lo pusiese en ejecución, con el fin de que no quedase en proyecto.

En los primeros días de diciembre, principié con tenacidad los trabajos, siendo mi única ocupación sacar los facsímiles; trascurriendo en esto algunas semanas para proceder a la división de firmas, por partidos beligerantes, subdividiéndolas, arreglándolas para colocarlas en el lugar donde les correspondía, conforme al plan adoptado; pero todo haciéndolo personalmente sin ayuda o auxilio de ninguna persona o naturaleza.

Al ocuparme del desarrollo y ejecución del plan, con el vasto material acumulando, lo mejoré en casi todas sus partes; pero calculando que las láminas o grupos se multiplicaban, saliendo por consiguiente, el trabajo algo extenso, fue indispensable descartar documentos que proporcionaban noticias desconocidas, referentes a acontecimientos aunque no de primer orden, pero sí curiosos, dando además a conocer a los hombres, sus virtudes, patriotismo, manejo y la buena fe que les guiaba en la empresa; así como a los del sentido opuesto: formando un segundo plan para adicionar esos grupos, dándolos a conocer por la imprenta, con los documentos comprobantes de los acontecimientos, intercalado lo descartado o reservado.

En la enumeración de las firmas se han distinguido las originales que son 478, los facsímiles 771, las estampillas o de letra de imprenta 24, llegando al número de 1263 firmas; a las que adicionando los 2041 individuos que se citan, con sus empleos y categorías, pero de los que no aparecen las rúbricas; resultan, o más bien figuran, 3304 personalidades, entre realistas, insurgentes e independientes en la “Conmemoración de varios beligerantes en la insurrección de la Nueva España”.

No me compite calificar el trabajo, sino tan sólo estar a los resultados de la crítica severa e imparcial de los hombres estudiosos y de saber; así como a la majadera y tonta de los necios, fatuos y presuntuosos, que forman la mayoría; de los que todo lo saben y de nada entienden. Para calificarlo es indispensable tener presente, que no he seguido la táctica de las escuelas conocidas; sino que tan sólo presento apuntes para que se abra un nuevo camino para escribir la verdadera historia del periodo, quizá el más grandioso.

Al confrontarse lo dicho por los historiadores, con lo que he aseverado, se encontrarán divergencias de importancia, omisiones de acontecimientos notables, fechas distintas de las citadas, proporcionando el material o datos para promover discusiones; protestando no entrar en materia, reservándome el derecho de dar a luz los documentos intachables en que he fundado mi dicho, desatendiendo a los que me han precedido en la materia, para que conocidos por los que se ocupen en intentar cuestiones, ellos mismos elegidos como jueces arbitradores, amigables componedores, pronuncien el laudo homologado.

Siendo el fundamento de este trabajo, la compilación de piezas relativas a la Independencia, que he reunido en el largo período de cuarenta años, es de oportunidad consignar las calificaciones hechas en el país y en el extranjero de la citada colección, principiando por el diploma expedido por la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, único autorizado hasta la fecha.

México, agosto 20 de 1890.

Firma autógrafa.

Opinión de los señores directores
del Museo Nacional, don Francisco del Paso y Troncoso; de la Biblioteca Nacional,
don José María Vigil, y de la Escuela de Comercio, licenciado don Alfredo Chavero.

Por encargo del señor secretario de Estado y del despacho de Justicia e Instrucción pública, licenciado don Joaquín Baranda, pasamos a la casa del señor don Juan E. Hernández y Dávalos, con objeto de examinar los cuadros que este señor ha formado bajo el título de “Conmemoración de varios beligerantes en la insurrección de la Nueva España”. A primera vista se conoce la mano inteligente y laboriosa que ha llevado a término un trabajo de verdadera originalidad y de grande importancia para nuestra historia, pues ofrece ordenadamente sucesos y personajes comprendidos en el memorable período de lucha que México tuvo que sostener para conquistar su Independencia.

El señor Hernández y Dávalos, tomando por base la inapreciable colección de documentos que posee, ha emprendido una obra de depuración histórica, rectificando las muchas inexactitudes que se encuentran esparcidas en las obras escritas sobre la materia. De este modo se ponen bajo su verdadera luz los personajes que representaron un papel principal en aquella época y se fijan las fechas y demás circunstancias de los acontecimientos.

Los cuadros están formados con un gran número de firmas de los mencionados personajes, muchas de ellas originales, y otras en facsímiles ejecutados con la mayor exactitud por el mismo señor Hernández y Dávalos, en vista de los respectivos autógrafos. Dichos cuadros, que por sí solos pueden ya figurar con ventaja en las galerías de un museo, harán ver su valor histórico el día que se den a luz todos los documentos reunidos por el señor Hernández y Dávalos, de los cuales han salido ya algunos tomos; y puesto que dicho señor, según nos ha manifestado, no piensa continuar esa publicación, de desear sería que el gobierno adquiriera la preciosa colección a que nos venimos refiriendo, con lo cual se evitaría que pasen más tarde a enriquecer bibliotecas y museos de otros países, a semejanza de lo que ha pasado con tantos objetos y documentos históricos que México ha perdido para siempre.

Obra independiente, si bien complementaria de los cuadros, son los índices que su autor ha titulado Enumeración de firmas, ilustraciones y de las Partes que forman el todo, en los cuales consigna el autor grandes rasgos, noticias curiosas generalmente ignoradas acerca de cada uno de los firmantes y de otros muchos del todo desconocidos. Creemos que lo dicho basta para que se comprenda la importancia de estos trabajos, fruto de la infatigable laboriosidad que distingue al señor Hernández y Dávalos, quien ha conquistado un nuevo título a la estimación y gratitud de sus conciudadanos, como tenemos la satisfacción de consignarlo en las líneas.

México, agosto 6 de 1890.— Firmados.

F. del Paso y Troncoso.
J. M. Vigil.
Alfredo Chavero.

Apreciaciones de la “Colección de documentos
para la historia de la Independencia”.

Diploma

Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística.

En las sesión del día 13 del corriente, por acuerdo unánime se resolvió conceder este diploma honorífico a su socio y exsecretario, el ciudadano Juan Hernández y Dávalos, en atención a los grandes servicios que ha prestado a la Historia Patria, compilando y publicando la importante Colección de Documentos para la historia de la Independencia de México, de 1808 a 1821.

En fe de lo cual se firma este diploma por la mesa directiva de la sociedad y por un número respetable de sus miembros, refrendado con el gran sello.

México, octubre veinte de mil ochocientos ochenta y tres.

Un sello de golpe, al margen, simbolizando a la Sociedad, con el siguiente lema al derredor: Sociedad de Geografía y Estadística. México.— Firmados.

Ignacio M. Altamirano. Vicepresidente.

Alfredo Chavero. Secretario perpetuo.

Juan de D. Peza. Primer secretario.

M. Reyes. Segundo secretario.

Hubert H. Bancroft.

J. M. Vigil.

Manuel Rivera Cambas.

Jesús Fuentes y Muñiz.

Y. L. Vallarta.

Pedro Ogazón

Antonio García Cubas.

Francisco P. Gochicoa.

Mariano Bárcena.

Joaquín García Ycazbalceta.

Guillermo Prieto.

Rafael Pérez Gallardo.

Joaquín M. Alcalde.

Francisco Sosa.

Ramón Y. Alcaraz.

Juan de D. Arias.

Basilio Pérez Gallardo.

P. Santacilia.

Vicente Riva Palacio.

J. Baranda.

Julio Zárate.

M. A. Mercado.

Vicente E. Manero.

Porfirio Díaz.

Manuel Fernández Villareal.

Joaquín Téllez.

V. Reyes.

R. Manterola.

A. A. Chimalpopoca.

Manuel Carrascosa.

Mariano Sánchez.

Henry Ward Poole.

Gaspar Sánchez Ochoa.

A. Anguiano.

M. Fernández.

Luis Malanco.

A. Lancaster Jones.

Gabriel Mancera.

Gonzalo A. Esteva.

José Justo Álvarez.

Francisco Patiño.

Julián Montiel y Duarte.

Juan de la Torre.

Emilio G. Cantón.

Emilio Fuentes.

J. Ag. de Castro.

Joaquín D. Casasús.

Francisco Ortiz.

Francisco Rivas.

Agustín Arellano.

Herman Rosler.

José C. Segura.

H. L. Gabilondo.

Eduardo E. Zárate.

Nice.

Manuel A. Romo.

Nicolás León.

Febrero 11 de 1887.[1]

Opinión del señor don José María Vigil.

Invitado por el señor don Juan Hernández Dávalos para examinar los documentos que posee sobre la historia de la Independencia, es mi deber manifestar, que quedé verdaderamente sorprendido del número e importancia de los referidos documentos. El señor Hernández Dávalos, coleccionador infatigable, ha logrado reunir por sus solos esfuerzos y mediante sacrificios de todo género, multitud de preciosísimos manuscritos e impresos raros, ordenándolos y clasificándolos con una exactitud que nada deja que desear, y que revela a primera vista la mano inteligente y laboriosa que ha llevado a cabo una obra tan difícil. Parte de los referidos documentos se ha publicado ya, formando cinco gruesos volúmenes que han sido recibidos con grandísimo aprecio por las personas que estiman en todo lo que vale el estudio de nuestra historia; con este motivo el señor Hernández Dávalos ha tenido la idea tan original como curiosa de hacer un tiro de un ejemplar impreso en una sola página, acompañando el original respectivo, llegando así a formar un número considerable de volúmenes de un precio inestimable. No necesito detenerme mucho para probar dos cosas: el interés especialísimo que tiene para la historia de México la impresión íntegra de todos los documentos a que me he venido refiriendo, y la adquisición por parte del gobierno del ejemplar único que he mencionado. Lo primero será, un inmenso servicio para la nación al poner al alcance de todas las inteligencias, elementos hoy desconocidos e indispensables para escribir más tarde uno de los más gloriosos episodios de nuestra historia. En cuanto a lo segundo, sería en verdad lamentable el permitir que saliesen para el extranjero documentos que a nadie pueden interesar tanto como a nosotros, corriendo la suerte de tantos monumentos históricos que han ido a enriquecer a los extraños y que México llora perdidos para siempre. Por fortuna hemos llegado a una época en que no debemos temer semejante desgracia; la administración actual es bastante ilustrada para comprender la importancia de este negocio, y la paz de que disfruta la república, así como los recursos de que dispone el erario, permiten al gobierno proteger el progreso intelectual, y ver con la atención que se merece un asunto que por sí sólo se recomienda, pues ningún esfuerzo debe omitirse cuando se trata de salvar del olvido y tal vez de una destrucción completa, documentos que por sí solos forman uno de los archivos más interesantes y curiosos que posee el país.

México, julio 10 de 1882.

José María Vigil.

Opinión del señor licenciado don Alfredo Chavero.

Conozco la Colección de Documentos que está publicando el señor don Juan E. Hernández y Dávalos; es tan importante, que sin ellos no creo que se pueda conocer ni escribir la historia de nuestra Independencia. Cualquiera cantidad que dedique el gobierno para subvencionar la impresión, será pequeña en comparación del servicio que se presta. Juzgo el ejemplar de los originales el monumento más grandioso que pueda dedicarse a nuestros héroes; y por lo mismo creo que debe adquirirlo la nación.

México, julio 14 de 1882.

Alfredo Chavero.

Opinión del presbítero don José Antonio Gay.

Aparte del interés que por sí sola inspira, el conocimiento de la verdad, la Historia produce el bien de dar a los pueblos fisonomía y de imprimirles un carácter especial. Las tradiciones del pasado han sido una poderosa palanca para levantar muy alto el porvenir de las naciones. Los hechos ilustres, cuando su memoria no se pierde, no son el patrimonio de una edad, pues sucesivamente las generaciones se esfuerzan por alcanzar la gloria de las que le precedieron. La Historia prepara el terreno de los acontecimientos venideros, traza el sendero del engrandecimiento de los pueblos, y es al mismo tiempo la recompensa de los grandes hombres y la escuela en que se forman.

México, cuya historia es por lo menos tan interesante y gloriosa como la de los más famosos pueblos, parece, sin embargo, no tenerla, porque su estudio está reducido a un pequeño círculo de literatos, que ni ellos pueden poseerla sin vencer gravísimas dificultades. Hay períodos de nuestro pasado que deben estudiarse entre los extranjeros, que han guardado nuestros documentos con más cuidado que los mexicanos. Hay otros periodos de nuestra historia que se conocen por las apreciaciones de hombres más o menos sensatos, más o menos apasionados. La publicación que actualmente hace el señor Hernández Dávalos, pone a los ojos, no una serie de reflexiones encadenadas con arte para cautivar en determinado sentido la atención de sus lectores, sino un cuadro de documentos verdaderamente interesantes y además preciosos por lo raros. Allí se puede conocer con exactitud el mérito real de los héroes de nuestra Independencia.

Sensible sería que esos documentos llegasen a parar en manos de los extranjeros. Por fortuna la administración actual protege decididamente las letras y promueve por los medios que están a su alcance la ilustración; además, es de creerse que no dejará perder en el olvido la memoria de los hombres que con sus famosos hechos se hicieron entre nosotros acreedores al amor de las generaciones futuras.

Sí, pues el señor Hernández Dávalos con sus recursos privados no puede continuar la publicación de su importante obra, debe fundadamente esperarse que para utilidad general y en bien de la nación, el Gobierno mismo tome en ella una parte activa.

México, julio 25 de 1882.

J. Antonio Gay.

Opinión del señor licenciado
don Joaquín M. Alcalde.

Después de la opinión emitida por los señores Vigil y Chavero, sobre la importante colección de autógrafos reunida por el señor don Juan E. Hernández y Dávalos, para dar luz y hacer de una manera imparcial se escriba la historia de la Independencia de México en los años de 1810 a 1821, muy poco tengo que agregar, sobre todo siendo desautorizada mi palabra, respecto de las ilustradas y muy respetables opiniones de los señores antes mencionados.

Debo sí consignar, que merece toda clase de consideraciones, impulso y apoyo, quien luchando con la fuerza de inercia propia del carácter nacional, ha podido a fuerza de empeño, perseverancia, gastos, sufrimientos de amor propio, y hasta disgustos, exhumar datos que estaban ignorados, casi perdidos, y que por causa de los pasados frecuentes trastornos públicos, corrían evidente riesgo de desaparecer.

Reunir lo disperso, compilarlo y tenerlo en disponibilidad de darlo a la prensa, y hacer que la memoria de nuestros héroes, quede honrada por la misma confesión de los que fueron sus perseguidores y los juzgaron en momentos de pasión, es prestar un servicio eminente, importantísimo a la historia nacional y por consiguiente a la patria.

Desatenderse por nuestro gobierno al señor Hernández y Dávalos, es exponer a México a que postrado por el desaliento y justamente retraído para hacer más gastos, y sacrificar estérilmente su tiempo, ceda a la tentación que ya se le ha presentado, de vender la importantísima colección de autógrafos, a un extranjero que bien los pague y pueda a su arbitrio hacer más brillante u opaca nuestra historia.

Hombres como el señor Hernández y Dávalos, deben no sólo ser felicitados por sus trabajos, sino estimulados, para que con el renombre qua adquieran, obtengan que otros sean sus imitadores.

México, agosto 16 de 1882.

Joaquín M. Alcalde.

Opinión del señor don Julio Zárate.

El señor don Juan Hernández y Dávalos ha reunido a costa de fatigas y desvelos sin cuento la más completa colección de documentos históricos que se refieren a la guerra de Independencia, desde 1808 hasta 1821. La exactitud y escrupulosidad con que dicho señor ha ordenado y clasificado los referidos documentos nada dejan que desear, y revelan su aptitud especial para la penosa tarea que se ha impuesto, y por medio de la cual ha prestado un grande y meritorio servicio a la historia nacional.

Basta examinar sin mucho detenimiento la valiosa colección formada por la incansable laboriosidad del señor Hernández y Dávalos, para comprender la gran trascendencia que ese inapreciable conjunto de documentos está destinado a producir en la obra de la historia nacional. Y es suficiente también ese ligero examen para apreciar desde luego el notable beneficio que recibiría nuestro país si el gobierno de la federación impartiera al infatigable autor de la citada colección el apoyo necesario para la publicación de tan importantes documentos.

Difundido el conocimiento exacto de los hechos que se refieren a nuestra gloriosa guerra de Independencia; popularizada por decirlo así, la historia de aquel heroico levantamiento, que alcanzó al fin, el mayor bien que puede apetecer un pueblo, su Independencia; y examinados los altísimos hechos y memorables servicios de los que se sacrificaron por legarnos una patria libre y árbitra de sus grandiosos destinos, a la luz de documentos y piezas históricas irrefutables, será lo mismo que avivar en todos los corazones el amor a le patria, mantener vivo el recuerdo de sus héroes y despertar la más noble y generosa emulación para imitar sus virtudes y apercibirse a iguales sacrificios en defensa de la Independencia nacional.

A alcanzar estos resultados contribuirá eficazmente la publicación de los documentos que ha logrado reunir el señor Hernández y Dávalos, con una constancia inquebrantable y arrostrando para ello dificultades y tropiezos de todo género. Sirvan estos cortos renglones de debido homenaje al autor de tan preciosa colección, que merece del público y del gobierno nacional el auxilio y la protección a que se hacen acreedores, los que como él, promueven el adelantamiento y mayor lustre de la república.

México, febrero 25 de 1884.

Julio Zárate.

En el III tomo de México a través de los siglos, cita este señor la colección 388 veces, reproduciendo ciento veintitantos documentos, unos de los dados a luz en los seis tomos publicados y otros de los inéditos, habiéndole facilitado los originales.[2]

Opinión del señor don Ignacio Altamirano.

La Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística tuvo mucha razón para conceder, como concedió en su sesión del 13 de octubre del año próximo pasado a su socio y exsecretario don Juan Hernández y Dávalos, un diploma honorífico por su Colección de documentos para la historia de la Independencia de México.

El servicio que el señor Hernández y Dávalos ha prestado a la historia patria, coleccionando y publicando tantos y tan valiosos documentos inéditos o sumamente raros, y casi todos desconocidos antes, es de una importancia tan obvia, que se hace inútil demostrarla.

Cuando no se publicaban todavía los seis grandes volúmenes que han salido a luz de esta preciosa colección, los grandes sucesos de la Independencia no eran conocidos generalmente sino por los libros que con carácter histórico se han publicado en diversas épocas.

Pero tales libros, sea por la pasión que animaba a sus autores al escribirlos, sea porque éstos no contaron con los datos suficientes para justificar sus relatos, o bien porque los ocultaron adrede, contienen numerosos vacíos, aseveraciones infundadas y apreciaciones injustas que el tiempo y el hallazgo de nuevos documentos se han encargado de rectificar.

El hecho es, que la opinión pública ha acabado por establecer como una verdad, cada vez más confirmada, la de que la historia de México desde la Independencia hasta nuestros tiempos, no está escrita todavía.

Cualquiera que pueda ser la fuerza de esta severa conclusión, lo que no admite duda entre las personas ilustradas, es: que muchas nociones que han pasado hasta hoy por fundadamente históricas, necesitan cambiarse; que muchos juicios que parecían imparciales, a la luz de nuevos datos, deben ser revocados como ligeros, y que numerosos puntos que se presentaban oscuros, aparecen hoy iluminados plenamente.

Todo esto se debe en gran parte a los afanes verdaderamente patrióticos, a la diligencia singular y exquisita del señor Hernández y Dávalos, que no perdonando esfuerzo ni sacrificio pecuniario, se ha consagrado hace muchos años, a reunir estos documentos dispersos en nuestros archivos públicos, perdidos entre los particulares, olvidados por la incuria de las familias, y que se han salvado de la destrucción por una dichosa casualidad.

Se necesita verdaderamente de una laboriosidad y de una perseverancia ejemplares, para no haber desmayado en una empresa (cuya dificultad sólo pueden apreciar los que han intentado compilar algo en nuestro país). Hasta haber llevado a buen término esta colección.

El trabajo y la paciencia del señor Hernández y Dávalos, son inapreciables. En primer lugar, ha tenido que luchar con sendos obstáculos para proporcionarse documentos que todo el mundo creía perdidos; luego, ha tenido que proceder a su identificación y clasificación. Después, careciendo de elementos bastantes para una publicación que por su naturaleza debía ser costosísima, ha tenido que hacer verdaderos sacrificios personales y que procurarse con gran esfuerzo el apoyo de las autoridades para llevar a cabo su proyecto, que ha quedado incompleto por circunstancias independientes de su voluntad, pues la publicación está suspensa en el tomo sexto, y la cuantiosa colección de documentos todavía da material para otros diez, no menos importantes que los anteriores.

El servicio, pues, que ha prestado el señor Hernández y Dávalos, a los estudios históricos de México es inmenso, como lo hemos dicho, y sin vacilar aseguramos, pues nos es conocida toda su colección inédita, que nadie que pretenda escribir la historia de México, a no ser los copistas que no hacen más que repetir sin criterio lo que otros han dicho, puede emprender un nuevo trabajo, si quiere que sea completo, sin consultar previamente esta colección.

Por eso es de desearse que la publicación de ella continúe hasta su total terminación, pues esto pondrá al alcance de todos, lo que hoy no puede ser del dominio sino de unos pocos, amigos del compilador y residentes en esta ciudad.

El Supremo Gobierno prestaría a su vez, un gran servicio a la verdad histórica y a las letras patrias, protegiendo con todo empeño la publicación de estos documentos indispensables para construir el nuevo edificio de nuestra historia.

A su ilustración no pueden ocultarse las ventajas que resultarán del conocimiento de datos hasta hoy ocultos, a los que en el país, o bien en el extranjero, hablen de nuestras cosas, especialmente hoy en que la paz, el desarrollo material y los intereses vinculados en nuestra prosperidad futura, atraen las miradas del mundo hacia nuestra tierra, deseando conocer juntamente con sus instituciones y su estadística, su historia, todo lo que tiene relación con su carácter y su vida social.

Además, ha comenzado para México la época de la reconstrucción histórica; la época de la publicidad en mayor escala que antes. En el extranjero se escriben libros acerca do nuestros sucesos, y se hace preciso confirmarlos o rectificarlos con nuestros documentos fehacientes, a fin de que no corran sin justificación o sin contradicción.

Por este defecto se han abrigado durante muchos años, en el extranjero, opiniones erróneas o exageradas acerca de nuestros sucesos históricos.

Será una fortuna para la literatura nacional el que les documentos del señor Hernández y Dávalos no salgan del país por falta de protección para ser publicados, ya que el patriotismo de su poseedor los asegura para México.

En cuanto a este ameritado ciudadano, nos permitimos excitarlo a fin de que no se desaliente por dificultades pasajeras, y de que prosiga en su empeño, pues podrá decir con más verdad que otros, al ver concluida su obra magna, las palabras del poeta antiguo: Momentum exegi are prennius

México, marzo 7 de 1884.

Ignacio M. Altamirano.

Los historiadores de la Independencia mexicana.

Las causas y peripecias que prepararon y realizaron, después de una revolución de once años, la separación política de la Nueva España de su metrópoli, han sido apuntadas, escritas, comentadas por muchos hombres eminentes; pero estos trabajos adolecieron de un defecto, y era que estaban hechos por los actores o los interesados de aquella evolución social.

Entre todas esas obras históricas, ha prevalecido por largo tiempo la que escribió don Lucas Alamán, que en el fondo no viene a ser como las demás, sino una diatriba política contra los enemigos de sus ideas.

De la preponderancia de la obra de Alamán me he convencido una vez más, cuando he visto que don Francisco de P. Arrangoiz, en una obra publicada hace años en Madrid, y mi amigo don Niceto Zamacois, en una historia general de México, que acaba de ser impresa en Barcelona, seguían, no sólo el método sino hasta la narración textual de Alamán.

Sin embargo, la obra de Alamán no es la única ni la imparcial, y se van en este artículo a registrar los demás trabajos y algunos superiores al enunciado antes, que se ha escrito sobre la época en que el pueblo mexicano proclamó, realizó y comenzó a usar de su independencia política.

La Historia de México, por don Lucas Alamán, hoy agotada e inencontrable en las librerías, consta de varios tomos y abraza desde la destitución del virrey Iturrigaray en 1808 hasta un año antes en que el autor entrase a formar parte de un célebre ministerio que compraba con dinero la secuestración y la muerte de sus enemigos, y que vio impasible fusilar al más abnegado de los patriotas mexicanos, al general Guerrero, segundo presidente de México.

La crítica histórica se ha inclinado, sin embargo, a absolver a Alamán de estos hechos, y bajo la fe del señor Lafragua se ha hecho constar que votó en contra de esas medidas.

La obra del señor Alamán es la más considerada en Europa por varias razones. Porque escrita con un criterio contrario a la independencia mexicana, halagó los intereses lastimados por ella; porque su estilo atractivo y su narración fácil la hizo accesible a la lectura; y porque tuvo una ventaja, en la que se fijan poco los autores: la belleza tipográfica. La obra de Alamán es un verdadero monumento tipográfico, hasta el punto que hoy mismo no se imprime en Europa con la limpieza, el esmero y el gusto con que se imprimió ese libro en México. Contenía, además, una serie de retratos, de planos y aun de vistas litográficas, ejecutados con esmero. Los retratos estaban tomados de algunos ejecutados en cera, y las vistas de daguerrotipos.

Pero en el fondo, Alamán era un parcial, un enemigo de la independencia; su obra, si se la examina fríamente, es un folleto político en seis tomos de quinientas páginas cada uno, que comienza con elogiar la prosperidad colonial y concluye con una especie de maldición sobre la raza mexicana.

Por esto es que todos los elogios que le prodigan algunos mexicanos que solicitaron la intervención europea en México sean pagados con usura, con odio profundo, por los pertenecientes a la generación actual, que en allá ha desmentido las predicciones de Alamán.

Sin embargo, la coordinación de los hechos, la serie cronológica, los diversos documentos insertos en ella, la hacen apreciable como obra de consulta. De desear sería que la familia del señor Alamán permitiese la reimpresión de esta historia, cuyas ediciones están agotadas, y así se impediría que otros historiadores más que parciales, estuviesen plagiando continuamente, sin talento y sin criterio, este trabajo histórico.

La parcialidad de Alamán debe achacarse a la época en que escribió; su falta de fe patriótica, a su educación; pero dejando aparte sus apreciaciones, el método que siguió es claro, sencillo y práctico.

A menudo desfiguraba los hechos, y de algunos documentos que creía imposible que otros poseyesen, hacía citas como el diablo cuando cita la Biblia, cambiando la puntuación y cortando los párrafos. Así lo hizo con la Historia del padre Mier, de la que se hablará más adelante.

Pero ya en el ocaso de la vida más avanzada, se levantó un espectro de la lucha de independencia y con la respetabilidad que tiene todo el que va a dejar a la posteridad sus recuerdos al borde de la tumba, el señor Liceaga, que había presenciado aquellos sucesos, publicó en Guanajuato, en la Imprenta de don Encarnación Serrano, allá por los años de 1869 a 1870, una refutación de Alamán, que debía ser añadida a todas las ediciones ulteriores, en prueba de imparcialidad.

De esta obra nada han dicho los copistas de Alamán en Europa.

La Historia…, de Alamán, con todo y sus bellezas tipográficas, reconocía un fin político y una necesidad de lucha, pues en sus variadas notas se ve que no era sino una contestación al Cuadro histórico… de don Carlos María Bustamante.

Del Cuadro histórico… se han hecho dos ediciones, una por serie de entregas y otra con retratos y planos. Bustamante formó con Morelos parte del Primer Congreso Mexicano, en 1813, y su obra es de una parcialidad suma. Su único mérito consiste en su orden cronológico, en la profusión de detalles que contiene; pero su estilo desigual, sus exageraciones, sus arranques líricos, impropios de un historiador, lo convierten en rival vencido por Alamán bajo el punto de vista dialéctico.

Sin embargo, Bustamante dejó además sobre aquella época, en la que figuró como actor importante, dos obras que, como la anterior, pudo escribir con la facultad que se le dio de registrar los archivos públicos. Una de estas obras es la intitulada Las campañas del general Calleja, que ilustrada con varios planos, explica perfectamente, aunque con pésimo estilo, las operaciones militares de la insurrección acaudillada en 1810 por Hidalgo y Allende. La otra es la continuación que escribió a la historia del dominio virreinal del padre jesuita Cavo, y que prolongó hasta el imperio de Iturbide. Esta obra, que se conoce vulgarmente con el nombre de Los tres siglos de México, es ya sumamente rara; y su continuación por Bustamante está desprovista de todas las exageraciones de sus demás trabajos.

Se escribió también otra Historia de la Revolución de Nueva España, por el doctor don Servando Teresa de Mier. Esta obra comenzó a publicarse subvencionada por el exvirrey de México don José de Iturrigaray, antes de que concluyese el juicio a que fue sometido; después la continuó Mier por su propia cuenta; ocupa dos tomos y fue impresa en Londres. Se ha dicho que el total de la edición se pierde en un naufragio en la ruta para Buenos Aires. El caso es que en México ya desde la época de Alamán sólo existían dos ejemplares, y que uno de ellos, el que yo he consultado, perteneció al mismo don Lucas Alamán. Al verlo me convencí que todas las citas que este historiador hacía de la obra del padre Mier eran incompletas y estaban truncadas.

El carácter fogoso, el espíritu inquieto del doctor Mier, se apropiaban poco a registrar con toda serenidad los acontecimientos que vela y en los que deseaba tomar parte. La erudición de este hombre extraordinario era inmensa; su amor a la verdad y la justicia le acarreó persecuciones enormes; su actividad, enemistades sin cuento; pero ante nada se doblegaba su entereza. Fraile dominico era, y doctor de sagrada teología, cuando un día delante del virrey, de la inquisición, de la audiencia y de más de tres mil fervientes devotos, sostuvo desde el púlpito que era mentira la aparición de la virgen de Guadalupe, en el templo mismo en que se adora su imagen. De este rasgo de audacia dependió su suerte. Preso, remitido a España bajo partida de registro, fue consignado y encarcelado en el convento de Nuestra Señora de las Caldas; más tarde, llegado a Burgos, de allí escapó; fue cónsul en Lisboa, vicario de San Sulpicio en los últimos años del Directorio y, por último, nombrado en Roma familiar del Papa y obispo in partibus. Pasó luego a Londres donde publicó su obra, y convenció a don Francisco Javier de Mina a que hiciese su expedición a México, al cual acompañó. Apenas había desembarcado la expedición de Mina, que hizo en corto tiempo temblar el poder virreinal, cuando el padre Mier era hecho prisionero y encerrado en el castillo de Ulúa, de donde no salió sino cuando Iturbide era ya emperador. Al saber en el muelle de Veracruz que el generalísimo se había ceñido la corona imperial, exclamó: Voy a predicar el regicidio; y se dio tal maña, que apenas llegó a la capital fue de nuevo preso.

La obra del padre Mier se resiente de dos defectos: de una ironía más propia del polemista que del historiador, y de un examen detenido de ciertos detalles, que nada significan al conjunto; pero su estilo, su lenguaje, su método, son en mucho superiores al de los historiadores antes citados.

Como de mayor mérito, y así se registran respecto de ese periodo histórico (1808-1831), otras dos obras escritas por pensadores eminentes.

Una es el Ensayo histórico de las revoluciones de México, por don Lorenzo de Zavala. Esta obra fue impresa en París en dos tomos, y yo no conozco ninguna edición mexicana de ella.

Zavala tuvo un papel importante en los primeros años de la vida independiente de México; pero su obra, si no es completa como historia, bajo el punto de vista de los detalles y de la serie cronológica, sí está tallada en la piedra en que se labran las grandes concepciones. Sobrio en su estilo, corto y gráfico en sus frases, sin énfasis, sin arranques ni decaimientos, sin que el vigor del periodo se debilite nunca, el libro del historiador yucateco es de aquellos que se leen varias veces con encanto y cuya lectura entona. En lo que sobresale es en el juicio y la pintura de los caracteres morales que retrata en pocas y sorprendentes líneas. La introducción que precede a su obra es un documento que registra con admirable maestría todos los problemas sociales de México independiente; pero su obra se resiente de que está escrita, sobre todo la segunda parte, por un actor de los acontecimientos que refiere.

La otra obra es la del doctor Mora, espíritu superior que dio primero el grito de alarma para la reforma social de México, que después realizaron Juárez y Ocampo, y cuyos restos yacen olvidados de su patria en un rincón del cementerio Montmartre, en París.

La obra de Mora se intitula México y sus revoluciones. La única edición que conozco es de París, y creo que vio la luz cuando ya Mora ejercía el cargo de ministro plenipotenciario de México en Londres. Mora era un talento superior y que comprendía como nadie las cuestiones económicas. ¡Cuántos de los problemas sociales de actualidad hoy en México se encuentran apuntados y aun resueltos en ese libro!

Mora siguió la narración de Zavala; pero se ocupó más de las causas y de los problemas sociales que se debatían en la lucha de independencia, que de la histórica de los acontecimientos. Como las anteriores, tiene un tinte político más que histórico.

Pero a las injusticias que estas obras encerraban respecto de los primeros días de la lucha de independencia, protestó casi al borde de la tumba otro anciano contemporáneo y colaborador de Zavala y de Mora.

Don Anastasio Zerecero comenzó en 1869 a publicar una Historia de México de la que sólo apareció el primer tomo, pero en el cual se detallan con toda precisión, el fondo y los móviles de los acontecimientos de aquella revolución. Esta obra podía clasificarse en el género de las memorias íntimas, a pesar de su título; pero sus datos, su ingenuidad, su precisión en los hechos, la hacen muy importante para los que estudien esa época de la historia mexicana.

Además de estas obras, se escribieron casi en los momentos en que se realizaba la independencia, otras, como la de Robertson, sobre las Campañas de Mina; la historia de Torrente, subvencionada con regia magnificencia por Fernando VII y que, como es natural, es una diatriba en contra de los independientes; una historia de México y Guatemala que apareció en París en la publicación por volúmenes ilustrados, El Universo, y de la cual se encuentran aún ejemplares en los libreros de viejo que se instalan diariamente en los pretiles del Sena, desde el Instituto hasta el Puente Solferino; y una historia publicada en Londres por don Pablo de Mendívil, y hoy muy rara de encontrar.

La antigua y casi secular librería de Galván, de México, publicó también una historia ilustrada, con retratos de los gobernantes, que es muy exacta en cuanto a la época de que aquí se trata, respecto de la cronología y de los acontecimientos más notables.

No sería posible registrar el gran número de folletos impresos, de papeles públicos y privados que existen sobre aquella época y que los futuros historiadores tendrán que consultar.

En este sentido, el señor Hernández Dávalos, poseedor de un curioso archivo histórico referente a aquella época, ha prestado un importantísimo servicio a la historia patria, publicándolo bajo el título de Colección de documentos para la historia de la guerra de Independencia.

El señor Hernández Dávalos lleva ya publicados cuatro tomos en grand format, impresos a doble columna y de más de ochocientas páginas cada uno. En esta colección se hallan registrados, con los manuscritos que formaron los archivos de los jefes contendientes, los papeles, folletos y hasta libelos de aquellos días.

Esta publicación ha venido a llenar un gran vacío, porque respecto a aquella gran evolución social, los futuros historiadores se encontrarían sin el elemento que suministran en otros casos las publicaciones periódicas.

La prensa no existía bajo el régimen virreinal; no había más periódicos que los del gobierno, y en los raros intervalos en que estuvo vigente la Constitución de Cádiz, sólo se atrevieron a lanzarse en tan peligroso terreno de combate uno o dos espíritus audaces, porque se sabía perfectamente que aquellas veleidades liberales no habían de durar mucho. En cuanto a los periódicos, por cierto muy escasos, del campo insurgente, fueron como la varia fortuna de sus armas, intermitentes; servían sobre todo para hacer conocer los documentos oficiales, y las publicaciones más principales y dignas de interés están registradas en la colección del señor Hernández Dávalos.

Se ha llegado por la inevitable corriente de los años a una época en que los últimos testigos de aquellos hechos están bajando a la tumba; la tradición oral se nos escapa, sobre todo en la parte que más ayuda a la historia para poder apreciar la manera de sentir y las conmociones de una generación.

Pero aunque no histórica, existe una obra que da a conocer hasta en sus últimas vibraciones íntimas, en sus más recónditos pensamientos, en todos sus aspectos y hasta en las diferencias del lenguaje que marcaban el rango y la posición; obra que es una verdadera monografía literaria y política, y que pinta admirablemente a la sociedad mexicana de principios de nuestro siglo.

El título de esta obra es El Periquillo Sarniento. Su autor, Fernández de Lizardi, que en este trabajo como en otros muchos estudió y presentó tales cuales eran las cosas y los hombres de su tiempo; y más conocido con el seudónimo de El Pensador Mexicano con que firmaba sus escritos dejó, tal vez sin saberlo, el monumento más útil para poder juzgar lo que fue la generación de su patria en los momentos en que alcanzaba su independencia política. Ciertamente que esta obra no dejará de ser una rara fortuna para los que escriban más tarde la historia de aquellos días, sobre todo cuando vemos las radicales reformas que se vienen operando hasta en nuestras costumbres populares.

Cuando después de rechazada la invasión europea y vencido el imperio en 1867, se inició el movimiento literario más grande, más espontáneo y más trascendental que ha tenido México, la crítica histórica tomó nuevos vuelos y se empezó a investigar en los archivos y a discutir la tradición escrita. En esos días se publicó la obra del señor Zerecero, más tarde una del señor Castillo Negrete, y las Rectificaciones del señor Liceaga.

En la colección intitulada Hombres ilustres mexicanos, y en los tomos iii y iv, se publicaron biografías de los iniciadores de la independencia, con gran acopio de datos nuevos y auténticos; y el señor don Manuel Rivera y Cambas, en sus libros Historia de Jalapa y Los gobernantes de México, aportaba también una crítica sana y mucho más imparcial al narrar aquellos acontecimientos.

Después de haber registrado las más importantes, ya que no todas las fuentes históricas, para apreciar la revolución mexicana de 1808 a 1821, se ve claramente que no es la obra de Alamán la única que existe, ni la más imparcial, ni siquiera la más completa, pues a pesar de su gran acopio de documentos, Torrente le aventaja en esto, gracias a la protección regia que recibió.

Las historias de Zavala, del padre Mier y del doctor Mora, aunque se resienten de la influencia que debían ejercer sobre ellos las pasiones y las luchas de su tiempo, son monumentos literarios muy superiores a la obra de Alamán.

La crítica histórica y el conocimiento de los papeles privados que han ido saliendo a luz han venido a vindicar a los primeros caudillos independientes de los erróneos juicios en que todos estos historiadores habían incurrido.

Quede pues, sentado, que los que sólo han consultado y aun copiado a Alamán, no han hecho obra ni tarea de historiadores, porque se han inspirado en una fuente parcial e inclinada en favor de los vencidos de aquella lucha, y que del valor de sus apreciaciones dará una idea el solo recordar que precisamente se ha realizado en la tierra mexicana, hasta ahora, todo lo contrario de lo que Alamán predecía.

Existen en abundancia elementos para escribir la historia de la independencia mexicana; pero esto no se realizará sino el día que de ellos se apodere un espíritu verdaderamente superior, y lleve como principal contingente un criterio justo y un método de examen científico y desprovisto por completo de remordimientos o rencores políticos, o de atentados contra la patria que disculpar; es decir, que sea capaz de escribir una obra que no sea personal.

Madrid, febrero de 1884.
La América, año xxv, número 4, de 1º. de marzo de 1884.

Apreciaciones en los Estados Unidos.

En las obras de Huberto Howe Bancroft, tomo xii, Historia de México, volumen iv, 1804 a 1824, se hacen 246 citas de la Colección de documentos para la historia de la guerra de Independencia de México, de 1808 a 1821, en varias notas, calificaciones muy ventajosas: de la página 624 traducimos:

Es un deber reconocer mi deuda por el material histórico, a que es acreedor el señor Juan E. Hernández y Dávalos. Amante del estudio de documentos nacionales de todas las épocas, vino a entusiasmarse en este ramo (periodo de la Independencia) al grado de cambiar una fortuna por una serie de documentos originales relativos, en parte, a la causa de Hidalgo. Puede decirse que ésta es el núcleo de su colección, que ha completado registrando con tesón y afanosamente los archivos de México y otros lugares, empleando amanuenses que le ayuden. Como resultado de sus tareas principió a publicar en 1877 su Colección de documentos para la historia de la guerra de Independencia de México, de 1808 a 1821 de la que, hasta 1882 han salido a luz seis gruesos volúmenes en folio, aproximadamente de mil páginas cada uno, conteniendo todos los documentos más importantes que se relacionan con la guerra de Independencia. Una gran parte de ellos son desconocidos de los historiadores y juntamente con el material relativo a este periodo que poseo, me han proporcionado la posibilidad de adicionar muchas informaciones nuevas, llenando huecos y corrigiendo errores cometidos por mis antecesores. La única contra en esta colección, es la falta de sistema en su compilación; pero ésta desaparece ante la consideración de los afanes y sacrificios del editor y también ante su modesta reserva, respecto de ambos puntos, considerando que durante treinta años ha dedicado todo su tiempo libre a esta obra, estrechando a su familia a conformarse con una parte de sus honorarios como empleado del ministerio de Hacienda, para poder emplear la otra parte al pago de ayudantes y de impresores. También ha tenido que luchar contra antipatías y la indiferencia pública. La impresión de los documentos contrarios a la virgen de Guadalupe le costó algunos centenares de suscriptores.

 

Aclaración.

La colección se ha formado reuniendo lo disperso entre particulares y entre las familias de los jefes beligerantes, para lo que ha sido indispensable, visitar muchas poblaciones que fueron el teatro de la guerra de Independencia, poniendo en juego las relaciones de personas influyentes, con quien el compilador tiene amistad; sin tener a su disposición lo que se encuentra en el Archivo Público de la Nación, en el que se ha encontrado algo útil, pero los archivos de las poblaciones de los estados, aun de sus capitales, han desaparecido en lo general.

La compilación de piezas dispersas, sobre cualquier materia, es ardua, fastidiosa y difícil, aun contando con los elementos necesarios, representación e influencia; aumentando hasta lo infinito esas circunstancias, cuando se carece de recursos, representación y relaciones, existiendo sólo constancia, laboriosidad y fuerza de voluntad para sufrir todo lo que el destino, tiene preparado para el temerario que aborda una de esas empresas.

Materialmente es imposible conocer, lo que existe en un desarreglado archivo y entre particulares, para poder con oportunidad darle método, y establecer un orden cronológico, para su publicación. Al emprender ésta sin protección de ninguna especie, era indispensable llamar la atención pública, principiando con las causas formadas al benemérito cura de Dolores, continuando con documentos relativos a la época de mando de este héroe y los referentes a la destitución del virrey en 1808, que puede decirse preparó la insurrección.

Paulatinamente se fueron consiguiendo piezas de mérito de fechas anteriores a las de los documentos que salían a luz, dándoles la colocación que se podía, y como se calculaba se presentarían dificultades para continuar la impresión, se procuró a todo trance publicar las seis inapreciables causas que contiene el tomo sexto desatendiendo todo orden y método, no llevando más mira que se conocieran esas piezas, quizá las más importantes de la guerra de once años.

Posteriormente se han adquirido documentos que comprueban hechos desconocidos, aunque de fechas muy anteriores a los que comprenden los tomos que están en el dominio público y si por sujetarse al orden cronológico, se suprimieran, se causaría un gran prejuicio a la historia.

Lo que falta que imprimir, está arreglado, puede decirse que matemáticamente, pero si se encontrasen más documentos anteriores, se les dará colocación en dónde y la hora que se pueda.

Incalculables dificultades se han logrado vencer para continuar la publicación y si no se presentan rémoras que hagan fracasar las probabilidades de terminarla, el último tomo contendrá el índice general cronológico de todas las piezas que salgan a luz en veinte volúmenes, a que creemos llegará nuestra obra, calculando ese número por el gran material que existe en nuestro poder consiguiéndose con ese índice que desaparezca el defecto a que se refiere el escritor norteamericano, a quien damos las gracias por las expresiones benévolas, con que nos ha tratado en varios puntos de su obra.

Opinión del señor Diputado don Gustavo Baz

L’amor du pays est en
raison de la connaiesance
de son histoire, et si l’en
veut faire pénetrer cet
amour dans les esprits, a
faut que cettè histoire de-
vienne familieire a sous.
Viollet-le-Due.

La historia de nuestra revolución de independencia está por hacer. Las obras y trabajos hasta ahora publicados se resienten de dos enormes defectos: o de la parcialidad notoria de sus autores, o del excesivo crédito dado a la tradición oral. No es sino ahora, al cabo de ochenta años que se comienza a juzgar con un criterio científico las causas que prepararon y los hechos que realización la independencia política de la Nueva España al alborar el siglo XIX.

Los actos de aquellos acontecimientos los juzgaban bajo el influjo de sus pasiones, sus próximos descendientes heredaron algunos de sus resentimientos avivados por la división de los partidos políticos que la independencia engendró, y se han necesitado que venga una nueva generación, que la paz pública se consolide, que la nacionalidad mexicana se salve de inminentes naufragios, que unos aprendan lo que vale una patria recorriendo la senda del destierro o soportando el cautiverio de la tiranía; que otros derramen su sangre en defensa de sus hogares, para que hayamos podido apreciar nosotros los nietos de aquellos hombres heroicos de 1810, cuán inestimables bienes son la independencia y la libertad.

Vino entonces naturalmente una reacción en las conciencias: todos se dijeron, los hombres a quienes debemos estos bienes que poseemos, por lo que se han vestido de luto nuestros hogares cuando peligraban, por los unos han suspirado en extrañas riberas y otros en el fondo de horripilantes mazmorras, por los que todos han peleado o con la pluma, o con la palabra, o con la oración del creyente, o con la espada, esos hombres no eran unos bandidos como Alamán y Torrente nos los pintan, ni unos vulgares como lo pretenden Zavala y Mora, ni unos pedantes y cómicos paladines como los presenta don Carlos M. Bustamante, su historia aun no está escrita.

¿Pero cómo reconstruirla? ¿Con la tradición? Pocos quedaban de los testigos presenciales, y ya en un estado senil. ¿Con los documentos inéditos? Los archivos habían sido o saqueados o incompletados en nuestras revueltas políticas.

Había que recoger aisladamente de familias diversas é infinitas, de archivos en desorden, de legajos de papeles particulares, de archivos olvidados de imprenta, de desechos de antiguos botines de guerra, de las envolturas de las tiendas mismas, todo lo que interesase a la historia de aquella época. Era un trabajo gigante que parecía no incitar a nadie por su magnitud. Algunos se atrevían, pero sólo se atrevían a pensar que un gobierno, una comisión, una sociedad científica podrían intentarlo; pero nadie creyó nunca que una sola voluntad podría realizarlo.

Y lo que no se esperaba aconteció, y fue en medio de la estupefacción de los eruditos y de un verdadero asombro que se publicó el primer tomo de la Colección de documentos para la historia de la guerra de independencia de México de 1808 a 1821, con unas mil páginas de impresión, en folio. A este tomo sucedieron otros cinco, todos llenos de documentos desconocidos hasta entonces.

El primer paso para la reconstrucción de la historia patria estaba dado.

¿A quién se debía este inmenso servicio nacional? He aquí lo que dice el norteamericano Huberto Howe Bancroft en una nota del tomo xii de sus obras: “Es un deber reconocer mi deuda por el material histórico, a que es acreedor el señor Juan E. Hernández y Dávalos. Amante del estudio de documentos nacionales de todas épocas, se entusiasmó en este ramo (período de la independencia) al grado de cambiar la fortuna por una serie de documentos originales relativos a la causa de Hidalgo. Puede decirse que este es el núcleo de su colección, que ha completado con tesón y afanosamente los archivos de México y otros lugares, empleando amanuenses que le ayuden…”

Yo también tengo una deuda para con el señor Hernández y Dávalos, cuando hace unos trece años escribí el ensayo biográfico sobre Hidalgo para la colección de Hombres ilustres mexicanos, él me proporcionó a la vez que su valioso índice relativo a aquella época, infinitos datos que me permitieron desarrollar mi trabajo con un criterio nuevo y apartarme de muchos de los errores hasta entonces consagrados por la tradición.

Como se ve, el espíritu que había guiado al coleccionador era amplio y patriótico; una vez en posesión de tan preciosos documentos quiso darlos a luz, ayudar a los que se consagraban al estudio, y no guardarlos con una manía de bibliófilo o venderlos con la avaricia de un mercader, y hay que tener en cuenta (y tal vez sea lo que más ennoblezca su trabajo), que como dice el mismo Bancroft: se debe considerar que “durante treinta años ha dedicado todo su tiempo libre a esta obra, estrechando a su familia a conformarse con una parte de sus horarios, como empleado del Ministerio de Hacienda, para poder emplear la otra parte al pago de ayudantes y de impresores. También ha tenido que luchar contra antipatías y la indiferencia pública. La impresión de los documentos contrarios a la virgen de Guadalupe le costó algunos centenares de suscritores.”

En lo que no es justo el escritor antes citado es al tachar la compilación de falta de sistema.

En un trabajo de investigación semejante los documentos no se encuentran ordenados ni en fecha, ni en asunto, ni en origen.

La compilación ha tenido que hacerse no sólo registrando lo que existe en los archivos públicos, sino reuniendo lo que paraba en manos de los particulares y de las familiar de jefes y autoridades de aquella época, visitando muchas poblaciones, y poniendo en juego influencias y gestiones de todo género. Este género de investigación inagotable por su esencia y más largo que la vida de un hombre, no permitía retrasar la publicación de lo que encontraba, ni subdividir por épocas, pues la obra no hubiera podido de este modo darse a la prensa que era lo que importaba.

El único remedio posible era formar un último volumen con un índice cronológico y razonado. Esto es lo que ha hecho el señor Hernández y Dávalos.

El material reunido para la obra da materia para otros catorce volúmenes, es decir, unas catorce mil páginas aproximadamente, en folio, de dos columnas compactas de impresión, y todo relativo a la guerra de independencia. ¡Es un verdadero monumento nacional!

Si el criterio científico, si un buen método deductivo y un sentimiento levantado y patriótico saben aprovechar este inmenso material, nuestros héroes encontrarán historiadores dignos de su gloria, y nuestro pueblo libros para la más noble, la más necesaria y útil, la más trascendental de la enseñanzas; la historia de la patria.

No por eso será menos la gloria y la gratitud que debemos al que primero levantó la piedra angular de la historia heroica de nuestra libertad. Su libro vale más que una batalla ganada al extranjero, porque ha salvado del olvido nuestras glorias y en la restauración que encierran sus páginas se encierra también la semilla del ejemplo, el ejemplo de las grandes acciones y de los triunfo del futuro.

Enero de 1887.

Gustavo Baz.

Curiosidades históricas. Documentos inéditos.

La verdad de los hechos.

Una circunstancia imprevista nos hizo visitar al señor J. E. Hernández y Dávalos, que durante más de treinta años se ha entregado con incansable afán a la investigación de manuscritos relativos a la Independencia de México.

Nadie creerá que ese humilde ciudadano, a veces haciendo en la casa oficios de encuadernador, otras de copista y muchas de almanaquero, sea un buen historiador y tan entendido que se le consultan pasajes oscuros, los cuales aclara basado en nuevos hechos y testimonios poco conocidos; sus desvelos para coleccionar más de diez mil documentos inéditos, no han sido premiados más que por uno que otro nombramiento honorífico de tal o cual sociedad amantes del estudio; pero su situación pecuniaria cada día es más aflictiva, circunstancia que lo orilla a desprenderse de esas preciosidades históricas de inapreciable valor por su importancia. Y no es lo más lamentable que se desprenda de esa riqueza suya, sino que vaya a parar en manos de extranjeros que le han ofrecido por ella un potosí; pero el señor Dávalos, verdadero patriota, enamorado de sus manuscritos más que de sus hijos, prefiere regalarlos a mexicanos que venderlos a precio de oro a coleccionadores de los Estados Unidos y Europa.

Y con razón está enamorado de ellos: posee cartas de Hidalgo, de Morelos, de Rayón, de Guerrero, de casi todos los insurgentes; causas levantadas a personajes de aquella época de lucha por el delito de estar complicados en la guerra de independencia; declaraciones bellísimas del alto clero; relaciones de batallas hechas por testigos oculares; hojas de servicios de militares que abrazaron la sublime causa de la emancipación nacional; en fin, manuscritos que hacen ver la historia de los sucesos de 1808 a 1821 de muy distinta manera que como los narran lo que llamamos famosos y competentes historiadores nacionales.

Es fábula lo que enseñan éstos, relativamente a lo que rezan los infolios vírgenes del señor Dávalos. Con ellos hay que rehacer la historia de la independencia; que comenzarla a escribir de nuevo y hacer figurar en esa gloriosa escena a personas que dieron su sangre por la sacrosanta causa, teniendo por premio hasta hoy el olvido; que narrar nuevas batallas y sitios de cuatro años de duración que nadie, más que el señor Dávalos sabe; que referir destierros, complots y fusilamientos que se ignoran.

Y el señor J. E. Hernández Dávalos ha comenzado ya esta laboriosa obra de reconstrucción histórica: tiene manuscrito El Libro Triste, verdadera historia de los jesuitas, en especial desde su expulsión del país hasta los tiempos presentes, que es la parte más errada que corre impresa, por el P. Alegres y Bustamante; está dando la última mano a la Estadística de acciones de guerra de 1810 a 1821; un Directorio general de correos, para dirigir la correspondencia al extranjero, el mejor y más completo que pueda haber, y un Calendario para 1890 y los años siguientes hasta el 2200.

Historiadores y eruditos creen que el gobierno de la Unión, progresista protector de las ciencias y las letras, debería de comprar esa importantísima colección de manuscritos, a cualquier precio; o bien celebrar un contrato con el poseedor para imprimirlos, pues son la verdadera fuente de la historia de la Independencia.

Triste sería que esa colección fuera a parar a los Estados Unidos, donde hay varias personas que por ella han ofrecido repetidas veces al señor Dávalos, una fuerte suma de pesos al contado.

El valor inapreciable de esos manuscritos, está ratificado por el siguiente honroso y merecido diploma (El expedido por la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística).

El Partido Liberal, número 1875, del 9 de octubre de 1889.

Revista Literaria.— Bibliografía.—
Documentos para la historia de la Guerra de la
Independencia de México, desde 1808 hasta 1821, por Juan Hernández Dávalos.

Más urgente nos parece todavía y de mayor importancia para la historia patria, todo lo que se refiere a la época gloriosa de nuestra independencia.

Es opinión común y muy fundada, la de que la historia de la insurrección desde 1810 hasta 1821, no está aún escrita, como debe escribirse, con todos los datos y con un criterio elevado e imparcial. Hay datos dispersos, compilaciones diminutas e informes, juicios apasionados y de mala fe, pero historia crítica, todavía no.

Los libros de don Carlos María de Bustamante son, como dice Guillermo Prieto, un nido de urraca en el que juntamente con un encaje de Flandes, se ve un guiñapo de mendigo, con un tapiz de guadamacil lleno de dorados arabescos se revuelve un peto de aguador, y en el que, en suma, yacen mezclados y confundidos el oro y el cobre, las perlas y la basura, la verdad y la mentira, lo sublime y lo ridículo.

La falta de método, el estilo disparatado y chabacano de este autor, su credulidad pueril, su falta de talento y de luces, como decía Zavala, eclipsan el mérito de los buenos datos que contiene la obra del escritor oaxaqueño, bien informado a veces por los testigos oculares.

Así es: que el Cuadro Histórico… no es una historia.

Pero todavía lo es menos la Historia… de Alamán, a pesar de su mejor orden metódico y de su buen estilo. Alamán escribió de mala fe, para halagar a los españoles, para denigrar a los padres de la independencia, para desahogar sus rencores no adormecidos, sino antes bien exacerbados con la edad y las derrotas políticas. Alamán era un libelista con todas las pretensiones de un historiador. Quizás no pase mucho tiempo antes de que podamos demostrar con datos fehacientes que este autor, enemigo de la nueva república; pero que fue un eterno aspirante al gobierno de ella y que se resignó fácilmente a recibir sendos sueldos de su erario, omitió adrede muchos datos que conocía en los archivos y se atrevió a hacer afirmaciones antes de tener a la vista los datos necesarios para formular un juicio definitivo.

De modo que esta obra tampoco cumple con las condiciones de una buena historia.

Las de Mora y Zavala son demasiado compendiosas; la primera sigue servilmente a Bustamante en muchos casos, la segunda aunque escrita en estilo breve y elegante y aunque guiada por un espíritu liberal y severo, también se resiente de parcialidad, aunque sea menor que la de Alamán.

En suma, la historia de la Independencia está esperando todavía a quienes la escriban con mejores y más amplios informes, con mayor serenidad de espíritu, con criterio más independiente, con forma más adecuada a nuestro gusto, y sobre todo, con mayor honradez y respeto a la verdad.

Para preparar el cumplimiento de esta misión patriótica y grandiosa, nada es más necesario que la publicación de documentos nuevos, desconocidos e interesantes para el esclarecimiento de los sucesos y del carácter de los hombres.

Pues bien: un compilador laborioso y perspicaz, el señor don Juan Hernández Dávalos, miembro también de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística y su antiguo secretario, se propuso hace muchos años reunir el mayor número de documentos que pudiese, a fin de publicar una colección que sirviera para dar nueva luz a la historia de ese tiempo.

Y su trabajo ha sido provechoso y fecundo. Ha logrado reunir, con treinta grandes volúmenes manuscritos, tan preciosos como desconocidos y todos ellos referentes a la guerra de insurrección, y todos ellos originales, auténticos e importantes con una importancia de primer orden, como que se relacionan con los hechos más culminantes de la guerra.

El señor Hernández Dávalos, escaso de elementos propios para la impresión de obra tan vasta, la comenzó a publicar con mil afanes y dificultades. Aprovechándose de las hojas del Sistema Postal, periódico de administración que redactaba en unión de los señores Vigil y Chavero, fue imprimiendo poco a poco esos manuscritos, y llegó a publicar seis grandes tomos que son muy estimados y que dan idea de la importancia de los que aún permanecen inéditos.

Después de publicado el sexto volumen, el Sistema Postal se suspendió y la obra quedó paralizada.

Aún tiene el señor Hernández Dávalos materiales para diez tomos de impresión, y nosotros que los conocemos, podemos asegurar que ellos son de igual interés histórico que los primeros.

Entre ellos hay alguno, que prueba sin dejar lugar a duda, que el movimiento de 1810 no era un movimiento sin plan fijo, desordenado, como asegura Alamán, sino que obedecía a miras ilustradas, a proyectos constitucionales premeditados y concebidos con madurez, encaminados a organiza a la nación bajo el imperio de leyes republicanas y liberales.

Importa pues, y mucho, que la Colección de Documentos para la Historia de la Guerra de Independencia, que tantos sacrificios ha costado al señor Hernández y Dávalos, continúe publicándose, así como importa que se publiquen también los que ha compilado por comisión del gobierno, en el Archivo General de la Nación, el general don José Justo Álvarez.

De esta manera, poco a poco, se llegará a tener un archivo impreso de nuestra historia nacional que utilizarán los escritores del porvenir. Si el señor Juárez hubiera pensado en esto desde 1867, ya tendríamos sin gran sacrificio del erario, publicados, lo menos cuarenta grandes tomos de documentos históricos: una biblioteca que nos envidiarían, aun naciones muy adelantadas.

La República.— Semana Literaria, tomo IV. Número 26, del 28 de octubre de 1883.

Ignacio M. Altamirano.

Documentos para la historia de la
Independencia de México.

El Partido Liberal, en su número de antes de ayer, habla de un asunto que nosotros hemos tocado ya alguna vez, llamando la atención del gobierno hacia él, y encareciéndole la necesidad de que lo tomara en consideración para dictar una resolución conveniente, que le aplaudirían todos los amantes de la historia patria. Nos referimos a la valiosísima, curiosa, sin igual y única colección de documentos históricos sobre nuestra independencia, que posee el señor don J. E. Hernández y Dávalos, y la cual ha logrado reunir después de muchos años de empeñosas diligencias, investigaciones, gastos y aún sacrificios de todos géneros.

Alguna vez tuvimos el gusto de visitar al señor Hernández y Dávalos, y ver por nosotros mismos la colección a que aludimos. Hay en ella verdaderos tesoros, documentos originales de un valor inestimable, autógrafos preciosísimos de Hidalgo, Morelos, Allende, Guerrero y demás héroes de la Independencia, cartas, relaciones inéditas, informaciones, procesos, partes de batallas y cuanto, en fin puede ilustrar algún día nuestros anales de aquella época, y servir de firme base a una verdadera completa historia de la guerra que comenzó en 1810.

Cómo ha logrado el señor Hernández y Dávalos atesorar esos preciosos documentos, hasta el grado de poder decir que su colección no tiene igual y que es la única que existe, sábenlo únicamente dios y él, pues en verdad es sorprendente y hasta increíble que una sola persona, por activa y diligente que se le suponga, haya podido haber a las manos y hacerse de ellos todos esos papeles que debieron estar diseminados por todo el país, pues hay muchos cuyo primitivo origen debe buscarse en los estados más lejanos, apartados y distantes entre sí, como Chihuahua y Guerrero, Guanajuato y Oaxaca, Michoacán y Tepic, etc.

Y si a esto se le agrega que el coleccionador no abundaba, ni mucho menos, en recursos que le permitían hacer con prontitud y desahogo las adquisiciones de los documentos de que tenía noticia, o que le ofrecían, se comprenderá hasta dónde ha llegado la abnegación del señor Hernández y Dávalos para formar su colección, siendo de advertir que el principal y mayor empeño de él fue y ha sido siempre hacerse de los documentos originales, no conformándose nunca con tener de ellos una copia, por fiel y autorizada que fuese.

Puede asegurarse por lo mismo, que cada una de esas adquisiciones significa para el señor Dávalos un gasto pecuniario de no escasa monta, tal vez un sacrificio, quizá hasta amarguras y privaciones de las cosas más indispensables para la vida.

De esto es una confirmación elocuente la triste situación en que hoy se encuentra el benemérito y muy apreciable coleccionador, pues según sabemos ha agotado sus pequeños recursos y no tiene en la actualidad ni empleo, ni ocupación, ni nada que le produzca lo necesario para vivir. Y se comprenderá por esto que el señor Hernández y Dávalos es un héroe con no desprenderse de las preciosidades históricas que posee, teniendo, como tiene, ofertas altísimas de algunos extranjeros que quieren comprárselas.

Nosotros creemos que ha llegado ya el momento de que el gobierno se fije en ese asunto, y que estudiándolo y viéndolo con la estimación que merece, entre en arreglos con el señor Hernández y Dávalos, bien para que se impriman esos documentos dándole a él el premio que justamente merece, bien comprándole dicha colección para que sea conservada en los archivos de la nación o en la Biblioteca Nacional.

Recordamos a este propósito que cuando el señor Orozco y Berra, escribió su Historia antigua y de la Conquista de México, y que por la pobreza del autor permanecía inédita, el señor Don Francisco Sosa se dirigió al Gobierno desde las columnas de su periódico, excitándolo a que la imprimiera por su cuenta.

Esa excitativa tuvo un éxito satisfactorio, y hoy la obra del insigne anticuario enriquece nuestra bibliografía histórica nacional.

Fijándonos en este antecedente, séanos hoy permitido hacer igual cosa respecto de la colección del señor Hernández y Dávalos. En apoyo de nuestra iniciativa, citaremos después las opiniones sobre este particular de los señores Vigil, Chavero y licenciado Joaquín Alcalde.

Por hoy, diremos que ya el señor Hernández y Dávalos ha publicado seis tomos de su colección; pero tiene todavía materia para otros catorce, según sabemos.

El primer tomo se publicó en 1877.— El segundo en 1878.— El tercero en 1879.— El cuarto en 1880.— El quinto en 1881.— El sexto en 1882.

He aquí ahora las opiniones que sobre la colección de que hemos hablado, han emitido los señores Vigil, Chavero y licenciado Alcalde (las anteriores).

Nada tenemos que agregar nosotros a los elocuentes testimonios anteriores; y sólo diremos para terminar que el prestigio, la honra y el buen nombre que como ilustrado y patriota quiere tener el gobierno mexicano, se hallan en el presente caso vivamente interesados, y sería ofenderlo, encarecerle nuevamente la necesidad y la urgencia de que proceda al arreglo de la impresión o compra de la valiosísima colección del señor Hernández y Dávalos.

La historia nacional y la patria recibirán en ello el más grande servicio que pueda hacérseles.

El Tiempo, número 1832 del 11 de octubre de 1889.

Documentos para la historia.

Varios de nuestros colegas de la capital de la república han escrito recientemente algunos artículos encomiásticos sobre la compilación de Documentos para la historia de la guerra de Independencia de México, de 1808 a 1821, formada por el señor J. E. Hernández y Dávalos. En efecto, si hay obras dignas de todo encomio y protección, ésta es precisamente una de ellas. Ligados con el compilador por los vínculos de un estrecho parentesco, y habiendo trabajado bajos sus órdenes, durante más de cuatro años, en esta obra monumental, extractando uno por uno los millares de documentos que contiene la colección, con el objeto de formar los índices, podemos hablar de su riqueza y variedad infinitas, con el cariño y entusiasmo que sólo pueden inspirar el amor por la reivindicación de nuestros gloriosos héroes, y el deseo vehementísimo de expurgar a nuestra historia patria de los crasos errores de que está plagada.

Desde que Alamán y Bustamante escribieron la epopeya de nuestra Independencia, una epidemia de verdaderos copistas se desencadenó tras ellos, propagando las adulteraciones de ambos, sin cuidarse de buscar en los archivos ni conquistar a peso de oro los dispersos datos que desaparecían bajo el polvo del olvido, y que hubieran servido para rectificar las producciones espurias de aquellos dos apasionados escritores. Bajo estas bases, nuestros patriotas independientes, tenían que ser eternamente poco menos que una horda de bandidos, sin plan, sin ley, sin orden hacendario, y sin nada, en fin, que los hiciera dignos a la inmortalidad, ya que no podía arrancárseles el amor del pueblo. Hidalgo seguiría apareciendo como un héroe de oportunidad, a quien las circunstancias forzaron a aceptar su papel de redentor de un pueblo oprimido: sobre su memoria seguiría gravitando el enorme cargo de haber lanzado a una nación entera al combate, sin ningún plan político preconcebido; y si el iniciador de la Independencia no se salvaba de estas tremendas censuras, sus sucesores no podían menos de aparecer, según esas malhadadas historias de sus hechos, como un azote de la Nueva España, a la que saquearon despiadadamente, sin tasa ni medida, sin honor ni consideración alguna.

Un laborioso trabajo de cuarenta años: un afán desmedido por desentrañar la verdad sobre una revolución que casi avergonzaría de ser cierta como está descrita; y una energía poderosa que ha llegado hasta soportar la miseria por conseguir la purificación de estas manchas históricas han producido la Colección de documentos… que citamos, y que son en realidad una aureola de luz para la patria.

Paso a paso, día a día, y relatados bajo la firma de los protagonistas de aquella lucha homérica, se descorre la niebla de los sucesos y aparecen nuestros grandes hombres con su acrisolado patriotismo, con sus altas virtudes cívicas y con sus inmortales hechos, sellados con la pureza y honradez en el manejo de los fondos públicos. Las dimensiones de nuestro periódico no nos consienten extendernos demasiado; por lo que, para finalizar, diremos, que la historia de nuestro país está por escribirse, y que estamos profundamente convencidos de que sin la Colección Hernández Dávalos, en la parte que corresponde a las fechas que abraza (1808 a1821), será imposible hacer la luz en la mayor de nuestras etapas históricas más gloriosas.

Nuestra opinión no es una opinión aislada: la sancionan con sus innumerables notas, México a través de los siglos y las Obras históricas de Bancroft.

El Radicalismo de Aguascalientes,
número 10, de 10 de noviembre de 1889.

NUMERO 32
Acta de la sesión celebrada el día
13 de octubre de 1883.

Presidencia del señor Altamirano.

Asistieron los señores Bárcena, Belina, Bancroft H. H., Carrascosa, Chimalpopoca, Fernández Villareal, García y Cubas, Hernández Dávalos, Manero, Martínez de Castro, Malanco, Mendiola, Primer, Skilton, Segura, Sánchez Mariano, Ward Poole y el segundo secretario que suscribe.

Leída y aprobada la acta de la sesión anterior, se dio cuenta da las comunicaciones siguientes:

Del socio señor Francisco Montaño Ramiro, de Morelia, excusándose por su tardía contestación, y aceptando con agradecimiento el diploma de miembro corresponsal que esta sociedad remitió el 21 de abril último.— A su expediente.

Del socio señor Amador A. Chimalpopoca, acompañando ejemplares de su informe sobre el mineral de Comanja (Jalisco), que por orden del Ministerio de Fomento acaba de estudiar. Se repartieron a los socios presentes, reservando cuatro para el archivo.

De la Junta Menor Directiva “Compañía Mexicana Trasatlántica,” que desde noviembre próximo comenzará su servicio entre los principales puertos de Europa y América, con los vapores Tamaulipas, Oaxaca y México, bajando sus tarifas en diez por ciento para la importación, relativa a la “Compañía General Trasatlántica.”

De la Oficina de Reconocimientos Geológicos en el Departamento del Interior, Estados Unidos, anunciando la remesa, por conducto del Instituto Smithsoniano, de su segunda relación anual, correspondiente a 1880-1881.

Se recibieron las publicaciones siguientes, nacionales y extranjeras.

  1. Boletín del Ministerio de Fomento, números 111 a 117, tomo VIII.— 1883.
  2. Semanario Judicial de la Federación, tomo V, entregas 8 y 9.— 1883.
  3. El Minero Mexicano, tomo X, números 31, 32 y 33.— 1883.
  4. Boletín de la Sociedad Agrícola Mexicana, tomo VII, números 1, 2, 3 y 4.— 1883.
  5. El Observador Médico, tomo VII, núm. 3 (Duplicado.)— 1883.
  6. Academia de Profesores, tomo III, núm. 6.— 1882.
  7. Ayuda de Memoria para el estudio de un Curso de Mineralogía, por Mariano Bárcena.— 1883.
  8. Informe sobre el mineral de Comanja, por A. Chimalpopoca, 1883.— 4 ejemplares.
  9. Estatutos del Instituto de Ciencias y Artes del estado de Chiapas.— 1882.
  10. Boletín de la Sociedad de Ingenieros de Jalisco.— Guadalajara.— 1883, tomo III, núm. 9.
  11. Boletín de Ciencias Médicas “La Fraternal,” tomo I, núm. 17.— Guadalajara.— 1883.
  12. Crónica Médico-Quirúrgica de la Habana, núm. 3.— 1883.
  13. Boletín Astronómico y Meteorológico del Observatorio Imperial del Río de Janeiro, núm. 7 (duplicado).— 1883.
  14. La República Argentina, relativamente a la emigración europea.— Publicación oficial.— Buenos Aires.— 1883.
  15. Boletín del Ateneo Barcelonés, núm. 12 y 13, correspondientes a los meses de abril, mayo, junio, julio, agosto y septiembre de 1882.
  16. Boletín de la Sociedad de Geografía de Lisboa, 3ª serie, núm. 12.— 1882.
  17. Sociedad de Geografía de París, núm. 14.— 1883.
  18. Boletín de la Sociedad de Geografía, 7ª serie, tomo IV.— París, 1883.
  19. La Exploración, tomo XVI, 2º semestre, números 344, 345 y 346.— París, 1883.
  20. Sociedad de Aclimatación de Francia, 3ª serie, tomo X, número 7.— 1883.
  21. Sociedad de Geografía Comercial de Burdeos, núm. 16, agosto de 1883.
  22. Actas de la Real Sociedad de Geografía de Londres, núm. 9, septiembre de 1883.
  23. Anuario Estadístico de la ciudad de Praga, para 1881.— Praga, 1883.
  24. Anales de Hidrografía y Meteorología Marítima del Almirantazgo del Imperio Alemán, núm. 8.— 1883.
  25. Sociedad de Geografía de San Petersburgo.— 1883.

El señor Vicepresidente dijo, que conforme a lo prescrito por el Reglamento, tenía el honor de presentar a la Sociedad al señor Hubert Howe Bancroft, miembro de ella, y que asistía a las sesiones por primera vez.

Manifestó que el señor Bancroft, residente en San Francisco de California, era un erudito americanista, que, como era notorio, se había consagrado desde hace mucho tiempo a los estudios y trabajos históricos relativos a América, publicando una importante compilación con el título de Historia de los Estados Unidos del Pacífico, de la que ya han salido a luz nueve volúmenes, debiendo contener muchos más, que irán publicándose periódicamente. Que estos trabajos, para los cuales había impendido largos años de dedicación y grandes gastos, lo hacían recomendable a los ojos de todas las sociedades científicas y especialmente de ésta, en nombre de la cual, le daba la más cordial bienvenida, manifestándole suma satisfacción en contarlo entre sus miembros honorarios extranjeros y en tenerlo presente en la sesión actual.

El señor Bancroft pidió en seguida la palabra y leyó en inglés el discurso que, traducido, dice así:

“Señores:
”Os doy las gracias por los generosos cumplimientos con que me recibís.
”Siento los más sinceros y ardientes deseos por el bien de México.
”He observado con satisfacción a mi entrada en este país, su desarrollo y rápidos progresos, tanto intelectual como material: sus fábricas levantadas por esfuerzos individuales, sus mejoras públicas, caminos de fierro que avanzan día a día; libros, periódicos, escuelas y grandes establecimientos de enseñanza, bibliotecas públicas y privadas, bien atendidas las primeras, sin que las otras sean sólo de ornato.
”Las pruebas de un dilatado sentimiento de puto patriotismo y de amor a su país que este pueblo ha dado, debe tenerlo orgulloso por su posición presente, que puede llamar su premio y a la vez su triunfo.
”Encuentro en todas las librerías, historias para la juventud, historias para las escuelas, novelas históricas que más bien parecen trabajo o material para la historia. Además de esto, un Gobierno inteligente, que teniendo a su cargo la educación, la prosigue con empeño.
”Creo que este es el camino más recto para llevar a las masas la instrucción, y el único en que se funda la grandeza y felicidad de las naciones.
”Al llegar a la capital he encontrado una riqueza de inteligencia y refinamientos que honrarían a las más adelantadas naciones de Europa.
”La Ciudad de México es el París de la América.
”Su pueblo es cosmopolita, sus costumbres europeas; el gusto y el placer acompañan su cultura y la marcha de sus mejoras; y cuando se haya llevado a cabo el desagüe, dando libre acceso a las corrientes, la ciudad de México alcanzará un carácter de alegría y de atractivo, que la transformará en una de las metrópolis más concurridas del mundo.
”No es menos deliciosa para mí su atmósfera literaria, en la cual yo mismo me encuentro envuelto.
”Entro en casas elegantes y también humildes, y en todas encuentro la labor intelectual, magníficas bibliotecas de libros y manuscritos con reliquias históricas y archivos antiguos.
”Veo hombres dedicados a trabajos sobre objetos importantes, cuyo destino en su debido tiempo aumentará el valor y su mérito en la vasta literatura de este país; y esto es la demostración demasiado visible de la mano de un gobierno inteligente y progresivo, en presencia de comisiones nombradas para el arreglo de los archivos públicos e investigaciones históricas.
”Ningún trabajo de la época actual y a la vez permanente, creo tan útil y benéfico a la nación como el de que se ocupa esta Sociedad, y el resultado de sus nobles esfuerzos se harán sentir sobre el tiempo y los siglos con el poder de su influencia.
”Porque ¿quién podrá decir que la constancia de la Sociedad fuera el último beneficio de la nación?
”Ella sin duda le salva de batallas, revoluciones sangrientas y otros desastres, promoviendo la cultura, el refinamiento y los goces que amenizan la vida; buscando la seguridad, principalmente en la unión amistosa de otras naciones; fomentando y sosteniendo sus instituciones, con que hará la defensa de sus costas sin ejércitos permanentes”.

 

Este discurso, contestado cortésmente por el vicepresidente, que lo tradujo, compendiándolo, fue escuchado con vivo interés, acordándose por la Sociedad que se insertara íntegro en el acta de esta sesión.

Enseguida el vicepresidente dijo: que uno de los miembros de la Sociedad y exsecretario de la misma, el señor Hernández Dávalos, presente, y ya muy conocido por sus empeñosos y útiles trabajos históricos, había comenzado a publicar una serie de volúmenes, conteniendo una compilación de documentos inéditos relativos a la guerra de independencia; documentos de una importancia de primer orden, y que venían a dar nueva y abundante luz para apreciar los sucesos de aquella época memorable. Que los volúmenes publicados eran seis en cuarto mayor o medio folio, que ponía a la vista, advirtiendo que los que presentaba eran los que forman la colección del señor Hernández Dávalos, y cuyas hojas impresas estaban debidamente acompañadas de los manuscritos originales que habían servido de texto.

Que esta publicación se había hecho en el Sistema Postal, periódico que el compilador publicaba antes, en unión de otros miembros de esta Sociedad, y los tomos iban saliendo por pliegos, periódicamente y con lentitud, pero al mismo tiempo con la regularidad que dieron el resultado de quedar completos esos seis volúmenes. Que suprimiendo el Sistema Postal, a cuya sombra se había podido publicar esta compilación, ella había quedado interrumpida desgraciadamente, para la historia, teniendo ya el señor Hernández preparados y compaginados otros diez tomos que contenían documentos tan interesantes como los ya publicados. Que creía conveniente manifestarlo así a la Sociedad, con el objeto de que ella acordara lo conveniente a fin de ayudar al editor a llevar a cabo su publicación hasta completarla, a cuyo efecto creía necesario que una comisión de la Sociedad y algunos de sus miembros en los particular, gestionaran cerca del supremo gobierno la continuación de tan interesante obra.

En este momento se suspendió la sesión por algunos minutos, para que los socios examinaran los tomos indicados, que a pesar de ser conocidos, aun no lo eran con sus documentos originales.

Fueron vistos con el mayor interés, y felicitado el señor Hernández Dávalos por su laboriosidad y constancia.

Habiendo continuado la sesión, se autorizó a la mesa directiva para acordar el nombramiento de la comisión que debiera acercarse al supremo gobierno para pedirle se sirva proteger la publicación de la obra hasta su fin, y además se aprobó la siguiente proposición por unanimidad:

La Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, en consideración a los grandes servicios prestados a la historia patria por el señor socio Juan E. Hernández Dávalos, al compilar los más importantes documentos relativos a la historia de la Independencia de México, le concede un diploma honorífico, que será firmado por la Junta Directiva de la Sociedad y el mayor número de socios.

 

México, 13 de octubre de 1883.—Firmado.— Ignacio M. Altamirano.— Mariano Bárcena.— Vicente Manero.— Luis Malanco.— Pablo Primer.— Mariano Sánchez.— Manuel Fernández Villareal.— José María Reyes, segundo secretario.

Enseguida se aprobaron por unanimidad las postulaciones que para miembro honorario de la misma Sociedad se hicieron a favor del excelentísimo señor Ernesto Martuscelli, Ministro de Italia en la República, y para miembro corresponsal de la misma a favor del señor don Juan Orozco y Berra.

A las nueve y media de la noche se levantó la sesión.

El Autor.

Nació en Aguascalientes el 6 de agosto de 1827. Estatura un metro sesenta y un centímetros. Peso ciento cincuenta y dos libras. Estudió en el Colegio Departamental y Seminario Conciliar de Durango, continuando el de derecho en Zacatecas, bajo la dirección del señor licenciado don Teodosio Lares.

Algunos de sus trabajos dados a la estampa:

  • 31 volúmenes, de la Colección de documentos para la historia de la guerra de la Independencia de México, de 1808 a 1821, en papel fino, gran folio, impresos por una cara acumulados hoja a hoja los originales que se han dado a luz; ejemplar único.
  • 18 volúmenes de la misma obra, papel fino, folio mayor, impreso por una cara; no existe otro ejemplar.
  • Seis volúmenes de la referida obra, edición corriente, folio menor.
  • Historia de la Conquista del reino de Nueva Galicia, en la América Septentrional, escrita en 1742, por el licenciado Matías de la Mota Padilla; conformando dos manuscritos, y corrigiendo la edición hecha por El País, impresa por orden de la Sociedad de Geografía.[3]
  • Noticia de los protocolos formados en México, en los años de 1525 a 1873.
  • Documentos anexos a la Memoria de Hacienda de 1874, correspondientes a la sección sexta de la misma secretaría: contiene la historia de los edificios públicos de México, y la noticia de los funcionarios que tienen protocolos abiertos y encargados de los edificios de hipotecas en la república.
  • Los informes del Departamento de Rezagos de Bienes Nacionalizados, que constan en la Memoria de la Secretaría de Hacienda de 1881.
  • Directorio para las oficinas del servicio público de correos: contiene la nomenclatura de poblaciones de la república y la historia del Correo de México, desde antes de la Conquista.
  • Informe presentado al c. ministro de gobernación, por el administrador general de correos, en 1877.
  • Informe del estado del Correo en 1878, con la noticia de cambio de nombres y fundación de algunas poblaciones.
  • Almanaque para los años pasados y futuros, con los calendarios para 2200 años: indispensable para las indagaciones cronológicas.
  • Cedulario del oidor Puga, ordenando las reales cédulas por orden cronológico de 1525 a 1563; dos tomos.[4]
  • El Peregrino Indiano, por don Antonio Saavedra Guzmán.[5]
  • El Sistema Postal de la República Mexicana; publicadas en su folletín las tres obras anteriores; tres tomos.
  • Boletín de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, tomo III, segunda época, en el que se publicaron documentos inéditos, autorizados por los beneméritos señores don Miguel Hidalgo, don Ignacio Allende, el Mariscal Abasolo, don Ignacio Rayón, don José María Morelos, don Javier Mina, don Pedro Moreno, don Diego Novoa y don José García del Fierro, estos dos últimos compañeros de Mina, y algunos artículos del Diccionario geográfico del estado de Jalisco. Nombrado en la comisión de redacción de dicho tomo, en unión del señor licenciado don Manuel Orozco y Berra.
  • Noticias varias de Nueva Galicia, intendencia de Guadalajara.[6] De las piezas contenidas en este volumen la mayor parte las remitió al señor Ignacio Aguirre haciendo la traducción paleográfica, de las del siglo XVI, de los originales que posee el señor don Joaquín García Icazbalceta. Los del siglo XVII, cuyas fechas están equivocas figurando como de cien años antes, los adquirió de otra fuente y los artículos del Diccionario histórico del Estado de Jalisco, son los que constan en el tercer tomo del Boletín de la Sociedad de Geografía.
  • Los artículos en varios periódicos e informes, en el ramo de Hacienda, especialmente sobre la nacionalización de bienes eclesiásticos, sería difícil enumerarlos, así como los escritos inéditos y proyectos de obras propuestas para su publicación, sobre varias materias, refiriendo solamente la que se dará a luz, permitiéndolo las circunstancias.
  • El Libro Triste,— Algunos jesuitas de la provincia de Nueva España.— Dedicado al señor general licenciado don Vicente Riva Palacio. Se trata desde el nacimiento de San Ignacio de Loyola, fundación de la poderosa Compañía de Jesús, su establecimiento, entrada a la Compañía y día de defunción de los miembros de ella; el personal de los expatriados en el siglo pasado, restauraciones de la provincia de México, hasta 1872, pudiéndose considerar como adicción a la del padre Alegre, y con pormenores hasta ahora desconocidos. En la conclusión de esta obra se comprobará y hará patente lo ocurrido por lo que no se continúa la impresión de los documentos sobre la independencia.[7]

 

—————- * * * —————-
* *

 

Hasta ahí la Enumeración de firmas… La lista de sus “trabajos dados a la estampa” es, evidentemente, desordenada, confusa en algún grado, y lamentablemente incompleta (y por ese motivo las notas que agregamos).  No está presentada en orden cronológico o temático, no está clasificada entre los trabajos que escribió, compiló, paleografió o editó de algún modo, solo o en coautoría, y no está claro en qué consistió la participación de HyD en cada caso. Esta situación induce a equivocaciones por ejemplo, distintas personas citan, como obra de HyD, El Cedulario del Oidor Puga.

También, El Sistema Postal de la República Mexicana no es una obra que haya escrito y más bien es un periódico en el que participaba y escribía e incluso a lo mejor hasta dirigía pero al rededor del cual estaban y escribían también, como ya se ha dicho, varias otras personas.

De los faltantes podemos mencionar:

  • Estadística de Jalisco, 17 volúmenes en folio, inéditos; integrados por documentos de carácter estadístico e histórico, manuscritos e impresos. Fue vendida por los herederos de HyD a la Biblioteca Nacional. Véase: Juan Bautista Iguíniz Viscaíno, “Las colecciones bibliográficas de la Biblioteca Nacional”, conferencia dictada el 22 de noviembre de 1967, en el Boletín del Instituto de Investigaciones Bibliográficas, I, núm. 2, julio-diciembre de 1969, UNAM, México. p. 116.
  • Calendario para 1890 y los años siguientes hasta el 2200, con el santoral del de Galván (véase la presentación), del que no sabemos qué tan parecido es en contenido al Almanaque para los años pasados y futuros, con los calendarios para 2200 años.
  • Estadística de acciones de guerra de 1810 a 1821, según lo escrito en El partido Liberal, número 1875 del 9 de octubre de 1889, en la Enumeración de firmas…
  • Directorio general de correos, misma fuente que el anterior. Se entiende que se trata de una directorio distinto al Directorio para las oficinas del…, de 1876, si nos atenemos a que la fuente es de 1889.
  • Primer almanaque histórico de la Independencia para 1872: a la memoria del benemérito cura de Dolores, D. Miguel Hidalgo y Costilla, Imprenta del Gobierno, en Palacio, México, 1871; en coautoría con Manuel Orozco y Berra y Alfredo Chavero.
  • Descripción de Ameca, que paliografió y cuyo manuscrito fue rescatado y conservado por Joaquín García Icazbalceta; dicho trabajo paliográfico se le reconoce en: Jesús Amaya Topete, Ameca, protofundación mexicana: historia de la propiedad del Valle de Ameca, Jalisco y circunvecindad, Lumen, México, 1951.
  • Y por supuesto la Enumeración de firmas… que desde luego no está listada.

 

Y la lista tendría que incluir los artículos que escribió y publicó, solo o en coautoría, en el Boletín de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística y en otros lugares.

 

Notas.

[1]        Llama la atención que sean tres fechas las relacionadas con el diploma. En la sesión del 13 de octubre de 1883 se acuerda otorgar el diploma, el texto de éste es del 20, del mismo mes y año, y la lista de quienes suscriben el diploma es del 11 febrero de 1887.  Esta última fecha, tan distante de la primera, nos permite suponer que los nombres se fueron agregando desde el día de la sesión y durante tres años y cuatro meses aproximadamente, para reconocer la labor de quien para 1887 estaba desempleado. Hasta ese momento el diploma era “el único autorizado”; y hay que considerar los nombres, empezando por Porfirio Díaz.
[2]       Aclaración de HyD.
[3]       La participación de HyD consistió en preparar una edición crítica, junto con Manuel Orozco y Berra y Alfredo Chavero. Véase la nota 23 de la presentación.
[4]       Al parecer el trabajo de edición no fue exclusivo de HyD. En las Memorias de la Sociedad Científica Antonio Alzate, op. cit., en la p. 436, podemos leer:
Puga, Vasco de.— Philippus||Uhispaniarum, et Indiarum rex.||Prouisienes, cédulas||instrucciones de su magestad, ||ordenanças de difuntos y audiencia||para la buena expedicion||de los negocios y administración de justicia y gouernacion||de esta||Nueua España,||y para el buen tratamiento||y conservación de los indios||desde el año de 1525 hasta este presente de 63.||En México||En casa de Pedro Ocharte||MDLXIII— Edición de “El Sistema Postal.”||
México,||José María Sandoval, Impreso.||Calle de Jesús María núm. 4.||1878.— 2 tomos, 4º menor.— La edición se halla dedicada al Sr. D. J. M. Lafragua, por los redactores del “Sistema” Sres. D. M. Orozco y Berra, D. J. M. Vigil, D. Alfredo Chavero y D. J. E. Hernández y Dávalos.
La primera edición de esta interesante obra que se conoce con el nombre de CEDULARIO DE PUGA, es rarísima, y el ejemplar que he tenido en mis manos, pertenece á la espléndida biblioteca de mi amigo el Sr. Ágreda.
[5]       Esta obra también fue preparada en colaboración con Chavero y Vigil y García Icazbalceta, del que lleva un prólogo. En México, imprenta de José María Sandoval, 1880, 563 páginas, en 8º.
[6]       Véase la nota 10 de la presentación.
[7]       Cursivas nuestras. ¿Qué relación hay entre el tema del libro y la suspensión de la impresión de la Colección de documentos…? No sabemos, pero ya se ve que para cuando preparó la Enumeración de firmas… ya consideraba aclarar este asunto, acerca del cual guardó silencio. Pero ya no tuvo oportunidad ni tiempo.

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