Libros Miscelánea

Venezuela: algunas claves.

¿Cuántos países o territorios ha invadido o colonizado Venezuela a lo largo de su historia? ¿Cuántos Estados Unidos?

¿Cuántos y cuáles dictadores ha impuesto Venezuela en algún lugar del mundo? ¿Cuántos y cuáles Estados Unidos?

¿Luchó EUA contra Videla, Massera, Stroessner o Pinochet; contra la junta mililtar brasileña en 1964, contra Somoza en Nicaragua, contra los genocidas guatemaltecos, contra Francisco Franco, contra los dictadores africanos? ¿O los apoyó y financió y protegió? ¿Qué hace hoy al respecto? ¿Cuándo fue que decidió EUA que el dictador Sadam ya no le era útil? ¿Por qué Bashar al-Ásad un día fue considerado dictador por EUA y por qué no ocurrió así con su padre Háfez el-Ásad quien dirigió Siria con mano de hierro durante casi treinta años? ¿Y François Duvalier, Papa Doc y su vástago Jean-Claude Duvalier, Baby Doc, en Haití? Si EUA luchara por la democracia de manera irrestricta, ¿por qué no ha dicho y no dice nada acerca de los derechos conculcados a las mujeres en Arabia Saudita, por usar sólo un ejemplo? ¿Por qué habríamos de creer que en el caso de Venezuela sí hay un legítimo interés por el bienestar de la población de parte de EUA y de los medios dominantes? ¿Por qué en los medios dominantes no se dice nada de esto, de los antecedentes, de la historia? ¿Es que siempre nos han informado de manera veraz? ¿Los medios son o no son parte interesada? ¿Por qué? ¿Por qué?

La memoria nos alcanza o no nos alcanza para responder, pero es inevitable hacernos las preguntas.

* * *

En los Los Libros dEl Lobo últimamente hemos tratado de no colaborar con ruido que aumente el muuucho ruido (estruendo, en realidad) que se produce y se reproduce en la mediósfera y que nos ciega y nos ensordece y nos aturde y nos distrae y nos desinforma y nos confunde y nos impide pensar y hacer con claridad.

Pero hoy, obligados, tenemos que decir algo respecto de Venezuela pues lo que mayoritariamente se dice y/o se escribe y/o se publica y/o se muestra en video y/o se insinúa y/o se implica hasta la nausea, provoca eso precisamente: nausea. Y es que, incluso, hay personas que aun cuando están o han estado, de palabra y obra, del lado de las buenas causas, en este caso opinan con base en la información con que nos atosigan, principalmente, los preclaros y patrióticos conglomerados de medios mexicanos (que, perogrullada aparte, alcanzan todos los medios, todos los modos, todos los canales, todos los horarios, todos los públicos); ni qué decir de quienes opinan solamente porque pueden.1 Lo que se afirma es taan burdo, taan descarado, taan ofensivo para el cabal entendimiento y taan violento (en preparación de una posible intervención), que ya no debemos dejar de decir lo que pensamos sin por ello hacernos ilusiones del alcance de lo que aquí escribimos.

La guerra informativa, comunicacional, mediática y simbólica (ideológica) que se libra, veladamente y no tanto, contra Venezuela exige decir “esta boca es mía” y si usted decide ser enemigo jurado del gobierno venezolano (sobre el que nosotros no tenemos elementos, ciertos y seguros, para criticarlo ni tampoco para alabarlo) ¡bieen!, ¡bravo! Hágalo, siempre es mejor alguien que toma partido y va con su evangelio a todos lados, a diferencia de quien no sabe o no quiere saber, o sabe y se calla por la razón que sea, o piensa una cosa y hace otra. Pero hágalo con la verdad, con su verdad si quiere, y tenga la entereza moral para someter su verdad al escrutinio público, y tenga el valor para cambiar su verdad2 si los hechos de la realidad real así se lo exigen.

Todo lo anterior, desde luego, se dirige a las personas comunes, sin intereses especiales en el asunto3 (si usted es el dueño de Venevisión, este texto no es para usted; si usted es el embajador de EUA en Venezuela o en donde sea, Luna incluida—, este texto tampoco es para usted; si usted se apellida Santos, se llama Juan Manuel y se cree estadista, tampoco es para usted; y si usted dirige o cree dirigir un país lleno de muertos y descabezados, en el que se cometen feminicidios y asesinatos de periodistas al por mayor, pero usted no quiere o no puede aceptarlo públicamente, o pretende no darse cuenta y habla de su reino como se hablaría del país arquetípico de la felicidad y la belleza, tampoco es para usted), pues supone buena fe, calidad moral para cambiar de ser necesario y deseo de llegar a la verdad. Si usted tiene intereses económicos especiales en Venezuela no puede ser juez y parte. Las grandes empresas de putricientos mil millones no pueden y no son neutrales y no buscan la verdad; los preclaros gobiernos mexicano y colombiano no pueden, tampoco son neutrales y no buscan la verdad; ¿y quién piensa, sensata y realmente, que el imperio busca la verdad, la democracia y el bienestar del pueblo venezolano? Ni los funcionarios imperiales, de la estructura que sea, podrían, en su fuero interno, creerlo. ¿Cómo dice la frase, “El capital no tiene amigos, tiene intereses”?

Nosotros NO queremos hacer política,4 como no la hacen Televisa, ni el grupo Salinas, ni la mayoría de los medios radiofónicos, impresos y electrónicos (¡ellos nada más informan!). Como somos un barquito de libros, con libros y para libros (aunque no esté de moda leer, aunque no esté de moda pensar), queremos sugerir tres libros tres que arrojen luz sobre el tema, sugerencias no azarosas de entre la mar de letras posible (¿Quién se llevó mi queso?, Quiúbole, Sopa de pollo para el alma, Volar sobre el pantano, etcétera) que nos ayuden a entender el ahora con el ayer. Se trata sólo de tímidas sugerencias, pues usted puede, si le va mejor y claro, no hace falta que se lo digamos, confortarse en cambio con frases ingeniosas y chistoretes del face.

1. Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano (Siglo XXI editores).

Como Venezuela no es sola en el mundo ni existe aislada del resto de América leer Las venas abiertas… nos da un panorama general del continente, al fin que los países de la región compartimos historia, problemas, idioma y opresor. Las venas abiertas… es un clásico, descrito a veces como “reportaje, ensayo-mural-obra de artesanía admirable”. Dijo Galeano que se trata de un libro “…escrito para conversar con la gente. Un autor no especializado se dirigía a un público no especializado, con la intensión de divulgar ciertos hechos que la historia oficial, historia contada por los vencedores, esconde o miente.” Y se pregunta: “¿Es América Latina una región del mundo condenada a la humillación y a la pobreza? ¿Condenada por quién? ¿Culpa de dios, culpa de la naturaleza? ¿El clima agobiante, las razas inferiores? ¿La religión, las costumbres? ¿No será la desgracia un producto de la historia, hecha por los hombres y que por los hombres puede, por lo tanto, ser deshecha?”. Galeano terminó de escribir Las venas abiertas… a fines de 1970 y hemos escuchado, al respecto, a quienes hablan de lo “desfasado”, “anticuado” y por lo tanto “equivocado” del contenido. Y pensamos que muy al contrario: el desolador (pero aleccionador) panorama descrito no solamente no ha cambiado, no solamente no ha mejorado para bien de las personas, de los ciudadanos; ¡se ha profundizado!, aunque sean otras las cifras el sentido general de la situación del continente latinoamericano es el mismo e incluso peor.5

2. Nosotros, el pueblo. Historia de los Estados Unidos, de Leo Huberman (Editorial Nuestro Tiempo, México, 1984).

¿Cómo y por qué comenzó la migración a las 13 colonias originales? ¿Cómo transcurrieron los primeros años y cómo fue que se gestó la independencia de las colonias respecto de Inglaterra? ¿Quiénes pelearon y quiénes se beneficiaron de la lucha? Es ampliamente conocido que las mujeres no tenían derecho a votar pero ¿todos los hombres podían votar o solamente los propietarios? ¿Quiénes construyeron EUA, quiénes trabajaron y quienes se beneficiaron? Narrada de manera muy sabrosa, el libro nos acerca a una historia compleja pero muy interesante de Estados Unidos y aunque el libro solamente abarca hasta los años cuarenta basta y sobra para un primer acercamiento. Y por supuesto no es una historia oficial.

3. Confesiones de un gángster económico, de John Perkins (Tendencias, España, 2005).

De la 4a de forros: “Los gángsteres económicos ―escribe John Perkins― son profesionales generosamente pagados que estafan miles de millones de dólares a países de todo el mundo. Entre sus instrumentos figuran los dictámenes financieros fraudulentos, las elecciones amañadas, los sobornos, las extorsiones, las trampas sexuales y el asesinato.” Perkins fue un gángster económico, su “misión consistía en persuadir a países estratégicamente importantes para Estados Unidos, desde Indonesia a Panamá, para que aceptaran créditos enormes con el objetivo de financiar el desarrollo de sus infraestructuras. Estos lucrativos proyectos debían ser ejecutados por contratistas estadounidenses. Y una vez contraída la deuda, dichos países quedaban sujetos al control de Estados Unidos, del Banco Mundial y de otras instituciones dominadas por Estados Unidos que actúan como usureros, dictando las condiciones de pago y forzando así la sumisión de los gobiernos.”

La lista puede no ser la mejor para acercarse al tema venezolano pero sean éstos u otros los títulos, trate de ir más allá de lo que nos dicen.

Y algunos artículos muy interesantes:

Para esto, nos atenemos al los puntos 3, 6 y 7 de nuestro decálogo. En: https://loslibrosdellobo.com/nosotros-2/decalogo/
2 Hemos mencionado mucho la palabra verdad y no faltará quien, irreflexivamente, se apresure a señalar que la verdad es relativa, apoyando dicha afirmación en alguna otra “verdad” “evidente”. ¡Qué flojera el relativismo!, relativamente hablando, claro. Hace tiempo que tenemos el propósito de escribir, brevemente, al respecto del concepto de verdad y sus implicaciones e implicancias, de manera general y con ánimo de divulgación (pues, además, hacerlo de otro modo está más allá de nuestras capacidades y posibilidades). Por ahora proponemos una definición que, aunque incompleta o atacable, creemos, por ahora y para efectos de este breve texto resulta operativa: la verdad es una relación entre el conocimiento y la realidad, según nos lo explica Durandin.
Siguiendo a Guy Durandin, en su libro La mentira en la propaganda política y en la publicidad, Paidós, España, 1983:
La mentira consiste en dar voluntariamente a un interlocutor una visión de la realidad, diferente de la que uno mismo tiene por verdadera. La mentira se define, pues, en relación con la verdad.Pero, se dirá, ¿qué es la verdad, y en qué medida es accesible? La cuestión es importante porque, si la verdad no existiera, se haría imposible delimitar la mentira.
Para responder a esta pregunta distinguiremos dos cosas: la realidad y la verdad.
La realidad es el objeto mismo del que se habla, y que según los casos es más o menos difícil de conocer; la verdad, por su parte, es una relación entre el conocimiento y la realidad. Llamamos conocimiento verdadero al que es más fiel posible en relación con la realidad considerada, es decir, al que permite efectuar previsiones verificables.
Podría objetarse que no es posible conocer una cosa por completo: cada elemento del universo está ligado a los demás, y para conocer tan sólo un elemento, teóricamente habría que conocer el universo entero y su historia. En otro sentido, se podría objetar que todo conocimiento es relativo, en la medida en que depende de la constitución del sujeto que conoce: dos seres diferentes no tienen exactamente la misma percepción de un mismo objeto.
Pero estas dos dificultades no son razón suficiente para renunciar a la idea de verdad y caer así en el relativismo.
De hecho, para desenvolvernos en la vida no necesitamos conocer por entero una cosa. […]
Ahora bien, para inducir a alguien al error y modificar así su conducta, tampoco hace falta suministrarle una representación enteramente falsa de la situación; basta con engañarle acerca de un número limitado de puntos.
[…] Cierto es que cuanta mayor complejidad presenta un fenómeno, más difícil es conocerlo y más numerosas serán las interpretaciones a que dará lugar por parte de personas diferentes. Pero cuando un objeto está claramente delimitado en el tiempo y en el espacio, es posible adquirir un conocimiento preciso de algunas de sus características y formular una descripción verídica de él.
* * *
En otro lugar, del mismo libro, escribe algo también muy importante para el asunto del que nos ocupamos:
La mentira —poniendo aparte las mentiras piadosas— es, en efecto, un arma. Arma que pueden emplear ya sea los débiles, ya sea los fuertes y, en ambos casos, a título defensivo u ofensivo. Pero siempre consiste en colocar al adversario en un estado de debilidad relativa. Hoy en día la organización de la propaganda y la publicidad se halla en manos de profesionales, y cuando éstos recurren a la mentira vuelcan en ello toda su competencia, Así pues, si uno quiere defenderse de la mentira, tiene que conocer sus procedimientos…
3 Esperamos que se comprenda a qué tipo de intereses nos referimos y que son indeseables para el entendimiento y resolución de la crisis en Venezuela. Los y las venezolanas todas, y los pueblos latinoamericanos y del mundo tienen o deben tener intereses en el asunto, intereses relacionados con la democracia, el bienestar, la igualdad, el desarrollo, etcétera. Se podrá comprender así que los intereses de los ciudadanos no son los mismos que los de los gobiernos, las grandes empresas y el imperio.
4 En otro lado escribimos al respecto que siempre hay quien cree que no hay que “politizar” las cosas, como si las cosas de por sí no fueran políticas, Se nos pide que no hagamos política mientras quienes dicen no “politizar” las cosas lo hacen como si su proceder fuera algo “natural” que transcurre quién sabe dónde pero fuera de esa esfera perversa en la que se desarrolla la política, en un espacio del éter o en un pliegue del espacio-tiempo en donde se generó sin influencia de nada ni de nadie y sus efectos, repercusiones y consecuencias en el plano simbólico y social no afectan a nadie ni a nada y si lo hacen debemos aceptarlo como algo válido, natural, aceptable y hasta obligatorio.
5 Al final de estas notas, si de algo sirve, la Introducción de Las venas abiertas de América Latina:
Ciento veinte millones de niños en el centro de la tormenta.
La división internacional del trabajo consiste en que unos países se especializan en ganar y otros en perder. Nuestra comarca del mundo, que hoy llamamos América Latina, fue precoz: se especializó en perder desde los remotos tiempos en que los europeos del Renacimiento se abalanzaron a través del mar y le hundieron los dientes en la garganta. Pasaron los siglos y América Latina perfeccionó sus funciones. Éste ya no es el reino de las maravillas donde la realidad derrotaba a la fábula y la imaginación era humillada por los trofeos de la conquista, los yacimientos de oro y las montañas de plata. Pero la región sigue trabajando de sirvienta. Continúa existiendo al servicio de las necesidades ajenas, como fuente y reserva del petróleo y el hierro, el cobre y la carne, las frutas y el café, las materias primas y los alimentos con destino a los países ricos que ganan, consumiéndolos, mucho más de lo que América Latina gana produciéndolos. Son mucho más altos los impuestos que cobran los compradores que los precios que reciben los vendedores; y al fin y al cabo, como declaró en julio de 1968 Covey T. Oliver, coordinador de la Alianza para el Progreso, «hablar de precios justos en la actualidad es un concepto medieval. Estamos en plena época de la libre comercialización…».
Cuanta más libertad se otorga a los negocios, más cárceles se hace necesario construir para quienes padecen los negocios. Nuestros sistemas de inquisidores y verdugos no sólo funcionan para el mercado externo dominante; proporcionan también caudalosos manantiales de ganancias que fluyen de los empréstitos y las inversiones extranjeras en los mercados internos dominados. «Se ha oído hablar de concesiones hechas por América Latina al capital extranjero, pero no de concesiones hechas por los Estados Unidos al capital de otros países… Es que nosotros no damos concesiones», advertía, allá por 1913, el presidente norteamericano Woodrow Wilson. Él estaba seguro: «Un país –decía– es poseído y dominado por el capital que en él se haya invertido». Y tenía razón. Por el camino hasta perdimos el derecho de llamarnos americanos, aunque los haitianos y los cubanos ya habían asomado a la historia, como pueblos nuevos, un siglo antes de que los peregrinos del Mayflower se establecieran en las costas de Plymouth. Ahora América es, para el mundo, nada más que los Estados Unidos: nosotros habitamos, a lo sumo, una sub América, una América de segunda clase, de nebulosa identificación.
Es América Latina, la región de las venas abiertas. Desde el descubrimiento hasta nuestros días, todo se ha trasmutado siempre en capital europeo o, más tarde, norteamericano, y como tal se ha acumulado y se acumula en los lejanos centros de poder. Todo: la tierra, sus frutos y sus profundidades ricas en minerales, los hombres y su capacidad de trabajo y de consumo, los recursos naturales y los recursos humanos. El modo de producción y la estructura de clases de cada lugar han sido sucesivamente determinados, desde fuera, por su incorporación al engranaje universal del capitalismo. A cada cual se le ha asignado una función, siempre en beneficio del desarrollo de la metrópoli extranjera de turno, y se ha hecho infinita la cadena de las dependencias sucesivas, que tiene mucho más de dos eslabones, y que por cierto también comprende, dentro de América Latina, la opresión de los países pequeños por sus vecinos mayores y, fronteras adentro de cada país, la explotación que las grandes ciudades y los puertos ejercen sobre sus fuentes internas de víveres y mano de obra. (Hace cuatro siglos, ya habían nacido dieciséis de las veinte ciudades latinoamericanas más pobladas de la actualidad.)
Para quienes conciben la historia como una competencia, el atraso y la miseria de América Latina no son otra cosa que el resultado de su fracaso. Perdimos; otros ganaron. Pero ocurre que quienes ganaron, ganaron gracias a que nosotros perdimos: la historia del subdesarrollo de América Latina integra, como se ha dicho, la historia del desarrollo del capitalismo mundial. Nuestra derrota estuvo siempre implícita en la victoria ajena; nuestra riqueza ha generado siempre nuestra pobreza para alimentar la prosperidad de otros: los imperios y sus caporales nativos. En la alquimia colonial y neocolonial el oro se trasfigura en chatarra, y los alimentos se convierten en veneno. Potosí, Zacatecas y Ouro Preto cayeron en picada desde la cumbre de los esplendores de los metales preciosos al profundo agujero de los socavones vacíos, y la ruina fue el destino de la pampa chilena del salitre y de la selva amazónica del caucho; el nordeste azucarero de Brasil, los bosques argentinos del quebracho o ciertos pueblos petroleros del lago de Maracaibo tienen dolorosas razones para creer en la mortalidad de las fortunas que la naturaleza otorga y el imperialismo usurpa. La lluvia que irriga a los centros del poder imperialista ahoga los vastos suburbios del sistema. Del mismo modo, y simétricamente, el bienestar de nuestras clases dominantes ―dominantes hacia dentro, dominadas desde fuera― es la maldición de nuestras multitudes condenadas a una vida de bestias de carga.
La brecha se extiende. Hacia mediados del siglo anterior, el nivel de vida de los países ricos del mundo excedía en un cincuenta por ciento el nivel de los países pobres. El desarrollo desarrolla la desigualdad: Richard Nixon anunció, en abril de 1969, en su discurso ante la OEA, que a fines del siglo veinte el ingreso per cápita en Estados Unidos será quince veces más alto que el ingreso en América Latina. La fuerza del conjunto del sistema imperialista descansa en la necesaria desigualdad de las partes que lo forman, y esa desigualdad asume magnitudes cada vez más dramáticas. Los países opresores se hacen cada vez más ricos en términos absolutos, pero mucho más en términos relativos, por el dinamismo de la disparidad creciente. El capitalismo central puede darse el lujo de crear y creer sus propios mitos de opulencia, pero los mitos no se comen, y bien lo saben los países pobres que constituyen el vasto capitalismo periférico. El ingreso promedio de un ciudadano norteamericano es siete veces mayor que el de un latinoamericano y aumenta a un ritmo diez veces más intenso. Y los promedios engañan, por los insondables abismos que se abren, al sur del río Bravo, entre los muchos pobres y los pocos ricos de la región. En la cúspide, en efecto, seis millones de latinoamericanos acaparan, según las Naciones Unidas, el mismo ingreso que ciento cuarenta millones de personas ubicadas en la base de la pirámide social. Hay sesenta millones de campesinos cuya fortuna asciende a veinticinco centavos de dólar por día; en el otro extremo los proxenetas de la desdicha se dan el lujo de acumular cinco mil millones de dólares en sus cuentas privadas de Suiza o Estados Unidos, y derrochan en la ostentación y el lujo estéril ―ofensa y desafío― y en las inversiones improductivas, que constituyen nada menos que la mitad de la inversión total, los capitales que América Latina podría destinar a la reposición, ampliación y creación de fuentes de producción y de trabajo. Incorporadas desde siempre a la constelación del poder imperialista, nuestras clases dominantes no tienen el menor interés en averiguar si el patriotismo podría resultar más rentable que la traición o si la mendicidad es la única forma posible de la política internacional. Se hipoteca la soberanía porque «no hay otro camino»; las coartadas de la oligarquía confunden interesadamente la impotencia de una clase social con el presunto vacío de destino de cada nación.
Josué de Castro declara: «Yo, que he recibido un premio internacional de la paz, pienso que, infelizmente, no hay otra solución que la violencia para América Latina». Ciento veinte millones de niños se agitan en el centro de esta tormenta. La población de América Latina crece como ninguna otra; en medio siglo se triplicó con creces. Cada minuto muere un niño de enfermedad o de hambre, pero en el año 2000 habrá seiscientos cincuenta millones de latinoamericanos, y la mitad tendrá menos de quince años de edad: una bomba de tiempo. Entre los doscientos ochenta millones de latinoamericanos hay, a fines de 1970, cincuenta millones de desocupados o subocupados y cerca de cien millones de analfabetos; la mitad de los latinoamericanos vive apiñada en viviendas insalubres. Los tres mayores mercados de América Latina –Argentina, Brasil y México– no alcanzan a igualar, sumados, la capacidad de consumo de Francia o de Alemania occidental, aunque la población reunida de nuestros tres grandes excede largamente a la de cualquier país europeo. América Latina produce hoy día, en relación con la población, menos alimentos que antes de la última guerra mundial, y sus exportaciones per cápita han disminuido tres veces, a precios constantes, desde la víspera de la crisis de 1929.
El sistema es muy racional desde el punto de vista de sus dueños extranjeros y de nuestra burguesía de comisionistas, que ha vendido el alma al Diablo a un precio que hubiera avergonzado a Fausto. Pero el sistema es tan irracional para todos los demás, que cuanto más se desarrolla más agudiza sus desequilibrios y sus tensiones, sus contradicciones ardientes. Hasta la industrialización, dependiente y tardía, que cómodamente coexiste con el latifundio y las estructuras de la desigualdad, contribuye a sembrar la desocupación en vez de ayudar a resolverla; se extiende la pobreza y se concentra la riqueza en esta región que cuenta con inmensas legiones de brazos caídos que se multiplican sin descanso. Nuevas fábricas se instalan en los polos privilegiados de desarrollo ―San Pablo, Buenos Aires, Ciudad de México― pero menos mano de obra se necesita cada vez.
El sistema no ha previsto esta pequeña molestia: lo que sobra es gente. Y la gente se reproduce. Se hace el amor con entusiasmo y sin precauciones. Cada vez queda más gente a la vera del camino, sin trabajo en el campo, donde el latifundio reina con sus gigantescos eriales, y sin trabajo en la ciudad, donde reinan las máquinas: el sistema vomita hombres. Las misiones norteamericanas esterilizan masivamente mujeres y siembran píldoras, diafragmas, espirales, preservativos y almanaques marcados, pero cosechan niños; porfiadamente, los niños latinoamericanos continúan naciendo, reivindicando su derecho natural a obtener un sitio bajo el sol en estas tierras espléndidas que podrían brindar a todos lo que a casi todos niegan.
A principios de noviembre de 1968, Richard Nixon comprobó en voz alta que la Alianza para el Progreso había cumplido siete años de vida y, sin embargo, se habían agravado la desnutrición y la escasez de alimentos en América Latina. Pocos meses antes, en abril, George W. Ball escribía en Life: «Por lo menos durante las próximas décadas, el descontento de las naciones más pobres no significará una amenaza de destrucción del mundo. Por vergonzoso que sea, el mundo ha vivido, durante generaciones, dos tercios pobre y un tercio rico. Por injusto que sea, es limitado el poder de los países pobres». Ball había encabezado la delegación de los Estados Unidos a la Primera Conferencia de Comercio y Desarrollo en Ginebra, y había votado contra nueve de los doce principios generales aprobados por la conferencia con el fin de aliviar las desventajas de los países subdesarrollados en el comercio internacional.
Son secretas las matanzas de la miseria en América Latina; cada año estallan, silenciosamente, sin estrépito alguno, tres bombas de Hiroshima sobre estos pueblos que tienen la costumbre de sufrir con los dientes apretados. Esta violencia sistemática, no aparente pero real, va en aumento: sus crímenes no se difunden en la crónica roja, sino en las estadísticas de la FAO. Ball dice que la impunidad es todavía posible, porque los pobres no pueden desencadenar la guerra mundial, pero el Imperio se preocupa: incapaz de multiplicar los panes, hace lo posible por suprimir a los comensales. «Combata la pobreza, ¡mate a un mendigo!», garabateó un maestro del humor negro sobre un muro de la ciudad de La Paz. ¿Qué se proponen los herederos de Malthus sino matar a todos los próximos mendigos antes de que nazcan? Robert McNamara, el presidente del Banco Mundial que había sido presidente de la Ford y secretario de Defensa, afirma que la explosión demográfica constituye el mayor obstáculo para el progreso de América Latina y anuncia que el Banco Mundial otorgará prioridad, en sus préstamos, a los países que apliquen planes para el control de la natalidad. McNamara comprueba con lástima que los cerebros de los pobres piensan un veinticinco por ciento menos, y los tecnócratas del Banco Mundial (que ya nacieron) hacen zumbar las computadoras y generan complicadísimos trabalenguas sobre las ventajas de no nacer: «Si un país en desarrollo que tiene una renta media per cápita de 150 a 200 dólares anuales logra reducir su fertilidad en un 50 por ciento en un período de 25 años, al cabo de 30 años su renta per cápita será superior por lo menos en un 40 por ciento al nivel que hubiera alcanzado de lo contrario, y dos veces más elevada al cabo de 60 años», asegura uno de los documentos del organismo. Se ha hecho célebre la frase de Lyndon Johnson: «Cinco dólares invertidos contra el crecimiento de la población son más eficaces que cien dólares invertidos en el crecimiento económico». Dwight Eisenhower pronosticó que si los habitantes de la tierra seguían multiplicándose al mismo ritmo no sólo se agudizaría el peligro de la revolución, sino que además se produciría «una degradación del nivel de vida de todos los pueblos, el nuestro inclusive».
Los Estados Unidos no sufren, fronteras adentro, el problema de la explosión de la natalidad, pero se preocupan como nadie por difundir e imponer, en los cuatro puntos cardinales, la planificación familiar. No sólo el gobierno; también Rockefeller y la Fundación Ford padecen pesadillas con millones de niños que avanzan, como langostas, desde los horizontes del Tercer Mundo. Platón y Aristóteles se habían ocupado del tema antes que Malthus y McNamara; sin embargo, en nuestros tiempos, toda esta ofensiva universal cumple una función bien definida: se propone justificar la muy desigual distribución de la renta entre los países y entre las clases sociales, convencer a los pobres de que la pobreza es el resultado de los hijos que no se evitan y poner un dique al avance de la furia de las masas en movimiento y rebelión. Los dispositivos intrauterinos compiten con las bombas y la metralla, en el sudeste asiático, en el esfuerzo por detener el crecimiento de la población de Vietnam. En América Latina resulta más higiénico y eficaz matar a los guerrilleros en los úteros que en las sierras o en las calles. Diversas misiones norteamericanas han esterilizado a millares de mujeres en la Amazonia, pese a que ésta es la zona habitable más desierta del planeta. En la mayor parte de los países latinoamericanos, la gente no sobra: falta. Brasil tiene 38 veces menos habitantes por kilómetro cuadrado que Bélgica; Paraguay, 49 veces menos que Inglaterra; Perú, 32 veces menos que Japón. Haití y El Salvador, hormigueros humanos de América Latina, tienen una densidad de población menor que la de Italia. Los pretextos invocados ofenden la inteligencia; las intenciones reales encienden la indignación. Al fin y al cabo, no menos de la mitad de los territorios de Bolivia, Brasil, Chile, Ecuador, Paraguay y Venezuela está habitada por nadie. Ninguna población latinoamericana crece menos que la del Uruguay, país de viejos, y sin embargo ninguna otra nación ha sido tan castigada, en los años recientes, por una crisis que parece arrastrarla al último círculo de los infiernos. Uruguay está vacío y sus praderas fértiles podrían dar de comer a una población infinitamente mayor que la que hoy padece, sobre su suelo, tantas penurias.
Hace más de un siglo, un canciller de Guatemala había sentenciado proféticamente: «Sería curioso que del seno mismo de los Estados Unidos, de donde nos viene el mal, naciese también el remedio». Muerta y enterrada la Alianza para el Progreso, el Imperio propone ahora, con más pánico que generosidad, resolver los problemas de América Latina eliminando de antemano a los latinoamericanos. En Washington tienen ya motivos para sospechar que los pueblos pobres no prefieren ser pobres. Pero no se puede querer el fin sin querer los medios: quienes niegan la liberación de América Latina, niegan también nuestro único renacimiento posible, y de paso absuelven a las estructuras en vigencia. Los jóvenes se multiplican, se levantan, escuchan: ¿qué les ofrece la voz del sistema? El sistema habla un lenguaje surrealista: propone evitar los nacimientos en estas tierras vacías; opina que faltan capitales en países donde los capitales sobran pero se desperdician; denomina ayuda a la ortopedia deformante de los empréstitos y al drenaje de riquezas que las inversiones extranjeras provocan; convoca a los latifundistas a realizar la reforma agraria y a la oligarquía a poner en práctica la justicia social. La lucha de clases no existe ―se decreta― más que por culpa de los agentes foráneos que la encienden, pero en cambio existen las clases sociales, y a la opresión de unas por otras se la denomina el estilo occidental de vida. Las expediciones criminales de los marines tienen por objeto restablecer el orden y la paz social, y las dictaduras adictas a Washington fundan en las cárceles el estado de derecho y prohíben las huelgas y aniquilan los sindicatos para proteger la libertad de trabajo.
¿Tenemos todo prohibido, salvo cruzarnos de brazos? La pobreza no está escrita en los astros; el subdesarrollo no es el fruto de un oscuro designio de Dios. Corren años de revolución, tiempos de redención. Las clases dominantes ponen las barbas en remojo, y a la vez anuncian el infierno para todos. En cierto modo, la derecha tiene razón cuando se identifica a sí misma con la tranquilidad y el orden: es el orden, en efecto, de la cotidiana humillación de las mayorías, pero orden al fin: la tranquilidad de que la injusticia siga siendo injusta y el hambre hambrienta. Si el futuro se transforma en una caja de sorpresas, el conservador grita, con toda razón: «Me han traicionado». Y los ideólogos de la impotencia, los esclavos que se miran a sí mismos con los ojos del amo, no demoran en hacer escuchar sus clamores. El águila de bronce del Maine, derribada el día de la victoria de la revolución cubana, yace ahora abandonada, con las alas rotas, bajo un portal del barrio viejo de La Habana. Desde Cuba en adelante, también otros países han iniciado por distintas vías y con distintos medios la experiencia del cambio: la perpetuación del actual orden de cosas es la perpetuación del crimen.
Los fantasmas de todas las revoluciones estranguladas o traicionadas a lo largo de la torturada historia latinoamericana se asoman en las nuevas experiencias, así como los tiempos presentes habían sido presentidos y engendrados por las contradicciones del pasado. La historia es un profeta con la mirada vuelta hacia atrás: por lo que fue, y contra lo que fue, anuncia lo que será. Por eso en este libro, que quiere ofrecer una historia del saqueo y a la vez contar cómo funcionan los mecanismos actuales del despojo, aparecen los conquistadores en las carabelas y, cerca, los tecnócratas en los jets, Hernán Cortés y los infantes de marina, los corregidores del reino y las misiones del Fondo Monetario Internacional, los dividendos de los traficantes de esclavos y las ganancias de la General Motors. También los héroes derrotados y las revoluciones de nuestros días, las infamias y las esperanzas muertas y resurrectas: los sacrificios fecundos. Cuando Alexander von Humboldt investigó las costumbres de los antiguos habitantes indígenas de las mesetas de Bogotá, supo que los indios llamaban quihica a las víctimas de las ceremonias rituales. Quihica significaba puerta: la muerte de cada elegido abría un nuevo ciclo de ciento ochenta y cinco lunas.

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